Por Bayardo Quinto Núnez
Resignación feliz
Señora su hijo está muerto, pero haremos todo lo posible por salvarle la vida en la otra muerte, le dijo Olga a la madre. Está bien doña Olga, contestó la mamá. Esta prolongación de la vida, entiendo que es una resignación feliz , pues un finado puede lograr la felicidad con su situación irreparable, pero un vivo nunca podría resignarse a ser enterrado vivo, expresó Olga. Tal vez la inminencia lo haga salir del letargo cuando se desplace en su propio sudor, agua viscosa, espesa como lo hizo en el útero antes de nacer, entonces, es posible esté vivo ¿Pero cómo darnos cuenta? Inquirió la mamá. Que sea feliz en la vida y en la muerte, asintieron ambas conversantes.
Párpados doblegados
En la ciudad el olor a violeta trató de serenarse bruscamente ante la silente noche y aullidos de perros. El cielo iniciaba a verse por la ventana abierta que merodeaba en la sombría habitación, y el tiempo infinito e imprescriptible tenía la impresión física que estaba solo sobre el aire y el viento y al borde del crepúsculo se detuvo unos instantes y el frío se intensificó haciendo sentirse en las arterias del espacio, entonces, la noche que ya iba a ser de mañana tembló de terror, en la irrevocable seriedad y soledad del tiempo que tiene su propio idioma, vida, angustia, bondades, como gémelo del ser humano, le comentaba Aracely a Zayda. Pero su memoria siempre es fijada en una sola imagen, la gemelidad, de seguro llenaba esa amargura mortal, pero ambos párpados caían doblegados en la sola y fijada imagen del tiempo, concluyó Zayda.
Bendita amargura
Hortensia siempre era asediada por su estampa bella, y aunque se le había derrumbado su belleza y su saliva se le había vuelto espesa, continuaba siendo una dama atractiva. En una ocasión Hortensia se preguntó: “Del cuerpo a la voluntad han pasado días y años y tengo deseos, siento asco”. Su nueva vida había logrado el propósito y estaba satisfecha, a disfrutar a plenitud, pues Hortensia no era la misma de antes, todo había quedado en el pasado. Bendita amargura te fuiste. Pero te vencí. Amén, se dijo para su adentros Hortensia.
Espérese un poquito
Terminó la homilía del santísimo en la parroquia de la Asunción de la ciudad de Masaya, eran las 8:15 minutos de la mañana, cuando de pronto un señor ciego que todos los jueves se coloca en la puerta principal de la parroquia, solicitando le den una limosna para sobrevivir, buscó como marcharse. Atravesó parte del parque y al pasó le salió un señor en silla de ruedas y le dijo: “Espérese un poquito, le ayudaré a cruzar la calle”. En efecto, lo condujo hasta la acera del otro lado de la calle y dialogaban: “Que linda es la vida, hay que saberla disfrutar estemos a como estemos”. Le dijo el de la silla de ruedas. Si hombre tienes razón le contestó el ciego. Que gesto más hermoso de esos dos minusválidos, comentaban dos personas que los observaban y nosotros que estamos bien de salud los pasamos inadvertidos, qué inclemencia, verdad.
Ver en la versión impresa las paginas: 2