Todo festival de poesía es forcejeo social y todo forcejeo social desvirtúa toda nobleza de espíritu que es la esencia de la poesía. Los que buscan la respetabilidad social y poder deberían dedicarse a otra actividad y no a la literatura. Pues asfixian el ambiente poético con ese fétido olor a “ángel en mal estado”, como dijo el gran poeta Roque Dalton. Por eso me tiene sin cuidado que le otorguen el Premio Nobel a Ernesto Cardenal, porque de todos modos nunca se lo otorgaron a los mejores poetas y escritores.
La prueba está que J. L. Borges, Rubén Darío, Ezra Pound, James Joyce, Kafka, Ibsen, García Lorca, René Char, Antonin Artaud, Julio Cortázar, Antonio Machado, Luis Cernuda, Alfonso Reyes, Roberto Bolaño, Macedonio Fernández, Virgilio Piñera, Lezama Lima, Reinaldo Arenas, Roberto Urroz, Alejandra Pizarnik, Olga Orozco, Nicanor Parra, Roque Dalton, y otros, nunca fueron galardonados. Todos ellos mucho más innovadores que Cardenal, puesto que él se copió de Ezra Pound, en vez de dedicarse a traducirlo. Es una vergüenza para la Academia Sueca, que de literatura no sabe nada. En efecto, esos grandes innovadores nunca necesitaron ser galardonados puesto que son líderes literarios.
El gran escritor chileno Roberto Bolaño nos dice: “Siempre quise ser un escritor político, de izquierda, claro está, pero los escritores políticos de izquierda me parecían infames Latinoamérica, entre sus muchas desgracias, también ha contado con un plantel de escritores de izquierda verdaderamente miserables. Quiero decir miserables como escritores. Y ahora tiendo a pensar que también fueron miserables como hombres”.
Desde luego que haber sido ministro de Daniel Ortega durante toda la década infame de los años ochenta, significa que Ernesto Cardenal —cuyo ego es una especie de purulencia espiritual, en estado crónico de descomposición— no solamente haya sido miserable como poeta, sino también como hombre y, por lo tanto, debería ser juzgado por complicidad en crímenes de guerra.
La gran escritora norteamericana Anaïs Nin nos dice: “Cómo asesinar a un escritor. Él escribe un libro espontáneo. Lo hacemos venir. Le pedimos que escriba algo sobre pedido, algo como el último best seller, La Tierra China . Después algunos libros forzados, él se vuelve impotente. La falsedad lo esteriliza. Me pregunto cuántos buenos autores americanos han sido asesinados de esa manera. El segundo método es cubrirlos de oro. El dinero les hace desviar el camino son empujados en situaciones falsas, desarraigadas. Ellos son emocionalmente disecados” (traducido del francés por el autor de este artículo).
Anaïs Nin no fue solamente una verdadera innovadora en literatura erótica en 1940, sino también una grande intelectual y conocedora profunda del cine como arte. Su caricatura, Gioconda Belli, probablemente sea más leída, pero eso siempre ha sido así. Los plagiadores siempre salen ganando y Ernesto Cardenal es más popular que su maestro Ezra Pound y mucho menos innovador que Carlos Martínez Rivas y Alfonso Cortés. A Cardenal se le pidió que escriba como revolucionario de almanaque hasta que esterilizó su poesía, ya de por sí retórica. No lo cubrieron de oro, pero sí de poder y gloria política.
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