Los nicaragüenses de las Regiones Autónomas de la Costa Atlántica —o Caribe— de Nicaragua se han regocijado con una elección que ha sido muy importante, desde el punto de vista histórico, cultural y sentimental. Nos referimos a la elección de Miss Nicaragua, que se realizó el sábado pasado en Managua y en la cual el honroso título de este año le correspondió precisamente a una muchacha afrodescendiente, la señorita Scharlette Alllen. Éste es sin duda un triunfo que todos los costeños han celebrado con mucho júbilo, pues por primera vez una beldad del Caribe de Nicaragua representará al país en el certamen mundial de belleza femenina.
En contraste, con las elecciones políticas que se realizarán este domingo 7 de marzo en las dos regiones del Atlántico habrá muy poco o nada que celebrar. Ciertamente, ¿qué de bueno, esperanzador y emocionante podría esperarse de unas elecciones en las que los votos serán contados por las mismas personas que perpetraron el gran fraude electoral en los comicios municipales del 9 de noviembre de 2008, el cual, según los historiadores ha sido el más descarado en toda la historia nacional?
La elección de los Consejos de 45 miembros en cada una de las dos Regiones Autónomas del Atlántico —los que posteriormente elegirán al gobernador regional—, debería ser motivo de entusiasmo ciudadano y un medio para enaltecer la diversidad étnica del Caribe nicaragüense. La elección popular de las autoridades de representación y gobierno, en todas partes esel acto fundacional de la democracia que se renueva y enriquece constantemente. Pero actualmente no es eso lo que ocurre en Nicaragua, ni en la Costa Caribe en particular, mucho menos en circunstancias en las que no hay ninguna garantía de que el voto ciudadano será respetado, cuando no se ha permitido la observación electoral independiente, cuando las votaciones son organizadas y el escrutinio será realizado por las mismas personas que perpetraron el gran fraude electoral de noviembre de 2008.
Las elecciones regionales de este domingo 7 de marzo serán las cuartas desde que se instituyó la autonomía de las dos regiones del Atlántico. Pero estos comicios, que deberían ser un mecanismo de fortalecimiento de la autonomía y la democracia, han perdido significación por la frustración de las expectativas autonómicas, por el incumplimiento de las promesas de buen gobierno y la contaminación que los políticos tradicionales del Pacífico y Centro del país han llevado a la Costa Atlántica.
A eso se debe que en el Caribe nicaragüense el abstencionismo electoral sea el más alto del país. Tal como se ha analizado en los reportajes especiales sobre la Costa, publicados por LA PRENSA en la presente semana, si en las primeras elecciones regionales que se realizaron en 1996, un 74 por ciento de los ciudadanos costeños con derecho al voto ejerció el sufragio, en las elecciones anteriores el índice de participación bajó hasta 42 por ciento y el próximo domingo se espera que baje aún más.
En general los problemas de la población costeña son los mismos de todos los nicaragüenses que viven en las demás regiones del país. A propósito de las elecciones regionales del próximo domingo, el joven miskito Samuel Calixtro declaró a LA PRENSA: “Yo quiero candidatos que amen a la Costa, que tengan en su perspectiva a las comunidades y no se amen tanto a sí mismos, porque veo cómo los que dicen que nos representan sólo nos buscan para las campañas”. Pero ese reclamo es el mismo que hacen los ciudadanos de Matagalpa y de Rivas, de Managua y de Chinandega, de Chontales o de Carazo, y en fin de todo el país. La aspiración de los costeños es, esencialmente, igual que la de todos los demás nicaragüenses, sin perjuicio de las características propias de cada región y de la Costa en particular, que se derivan de la diversidad étnica y otras peculiaridades que definen la denominada identidad costeña.
Del mismo modo, la suerte de los ciudadanos costeños es en términos generales idéntica a la de todos los demás nicaragüenses. De manera que la conquista de la verdadera república, el establecimiento de una auténtica democracia de y para todos los nicaragüenses, es condición para el florecimiento de las autonomías de la Costa Atlántica y garantía a la vez de que no sólo el Caribe sino todo el país, pueda desarrollar su gran potencial y realizar su rica diversidad.
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