El presidente de las minorías de Nicaragua, noaprendió la lección que el pueblo le dio al final de su primer mandato: una derrota contundente y una supuesta lección para que no volviera a equivocarse con este pueblo tranquilo, “pacífico, pero no pendejo” como dice el Padre Eslaquit. Pero es un mentiroso compulsivo y un soberbio imperdonable, pues su soberbia castiga a miles de ciudadanos que no recibirán más los importantes beneficios de parte de la cooperación externa.
La mentira ha sido su arma política fundamental. Es como el diablo. Miente, calumnia, falsea y retuerce todo para su beneficio personal, familiar y grupal. Miente para dividir, como el Diablo (el que divide) o como Maquiavelo, quien legó a la humanidad su política de que no importan los medios sino el fin, independientemente de que los medios signifiquen violar, acallar a la violada; matar como a Carlos Guadamuz, y proteger al homicida; amenazar, robar, chantajear, sobornar, corromper; comulgar, casarse por la iglesia, pedir segundas oportunidades, comprar cardenales y sus hijos putativos o no putativos, etc.
La soberbia que le caracteriza ya volvió a aflorar en sus gestos, discursos, poses de gran líder y, lo peor, un narcisismo tan enfermizo que podemos verlo a la fuerza no solo en los grandes rótulos en calles y carreteras de toda Nicaragua, además en la propaganda oficial donde se pone (o lo pone su mujer) como uno de los héroes nacionales de Nicaragua —todos ya fallecidos— ni más ni menos que junto a Andrés Castro y Rubén Darío. No menciono a Carlos Fonseca, pues ése es el fundador de un partido, el FSLN, que es junto a liberales, conservadores, socialcristianos, etc., otro partido más en el espectro de organizaciones que son la garantía del pluralismo político y de la alternabilidad en el ejercicio del poder público.
Pero no son ni los dueños de la verdad, ni los depositarios de la justicia social, ni la revolución con que soñó Sandino. Es otro partido más, compuesto de hombres y mujeres de toda condición en esta viña del Señor. Donde coexisten viejos cuadros políticos admirables por sus testimonios junto a una gran masa de oportunistas y sinvergüenzas que se acercaron al Frente ahora en el poder, para sacar del botín del Estado todo lo que pueden, sin el menor remordimiento ante los ciudadanos que viven en condiciones de extrema pobreza, y todo ello en nombre de la solidaridad, el cristianismo y el socialismo, cuando son exactamente lo contrario: el egoísmo, el ateísmo y el mercantilismo más abyecto ahora en nombre del “pueblo presidente”.
¿Quién lo decidió y en base a qué méritos es ahora Daniel Ortega un héroe nacional?
¿Estamos los nicas ciegos, sordos y mudos ante tanto despropósito e irracionalidad?
En la cadena de los abusos de su poder esto solo se compara a las aberraciones de un Mugabe, un Stalin o un Kim Il Sung, todos ellos unidos en el común denominador del desprecio a los pueblos que mal gobernaron o siguen gobernando.
Y don Daniel no aprendió la lección más simple: “se puede engañar a todos poco tiempo, se puede engañar a algunos todo el tiempo, pero no se puede engañar a todos todo el tiempo”. John Fitzgerald Kennedy (1917-1963)
En esta estrategia de la mentira y el engaño, robarse las elecciones y a la vez poner a Robertito Rivas Reyes como una palomita de San Nicolás, y obligarnos a aceptar a los elegidos espuriamente como autoridades legítimas, es un tiro de gracia contra la democracia y sus instituciones.
Que tomen nota los incautos, los que decidieron “dar el beneficio de la duda” al loco Ortega, todos vamos a pagar caro esa estupidez humana, particularmente el gran sector privado nacional a quien les recuerdo aquí al filósofo griego Anáxagoras (500 A.C. 428 A.C):
“Si me engañas una vez, tuya es la culpa; si me engañas dos, es mía”.
El autor es Diputado suplente socialcristiano al PARLACEN
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