El pueblo nicaragüense se ha distinguido por sorprender al mundo en más de una ocasión. Lo hizo hace 30 años cuando derrotó heroicamente, con las armas y un levantamiento popular, la dictadura de la familia Somoza. Volvió hacerlo exactamente una década después, con heroísmo cívico para instalar la democracia en las elecciones de 1990. En esa ocasión dimos un ejemplo de madurez política que impactó a nivel mundial.
Mi madre, Violeta Chamorro, como Presidenta Electa de Nicaragua, lo primero que dijo fue: “Aquí nadie ha perdido. Aquí todos hemos ganado una Democracia. Ni vencedores, ni vencidos. Mi gobierno significa reconciliación”. Fue admirable cuando se tiró al ruedo contra el continuismo de Daniel Ortega, sin ponerle atención a la fuerza bruta de su contrincante disfrazado de “gallo ennavajado”. Su misión era lograr el establecimiento de la democracia y las libertades públicas en cumplimiento de un mandato de mi padre que decía y dice: “Nicaragua Volverá a ser República”.
Y efectivamente, ese 25 de febrero nació una república democrática, con una candidata ganadora proclamando su victoria como reconciliación y, un Daniel Ortega, candidato perdedor reconociendo su derrota como el triunfo de la democracia. La victoria había sido de todos y la totalidad de un país significa pueblo. Con eco de gloria recorrieron el mundo esas dos definiciones del triunfo electoral. Nicaragüenses de todas partes saltaban de alegría, por el ejemplo de civilidad que parecía reservado solo a nuestra vecina Costa Rica.
Lo que pasó ese día lo describe Violeta Chamorro en su discurso de inauguración como el nacimiento de una república que “se gestó en el silencio más hondo del alma nicaragüense: de la conciencia”. Fue una decisión colectiva que se mantuvo escondida hasta que llegó la oportunidad del cambio. Sucedió así, porque el pueblo como unidad es noble, intuye el engaño, sabe buscar con instinto infalible la verdad y no hay propaganda por muy bien hecha que sea, ni regalos que lo compren o desorienten.
Diez años de adoctrinamiento sandinista con un paquete AFA en una mano y la amenaza en la otra, quedaron atrás en el momento que la población salió a votar. El nicaragüense tuvo confianza en las elecciones porque sabía que su voto estaba doblemente garantizado. Primero, porque había suficiente observación internacional y no se lo podían robar y segundo, porque una mujer valiente se comprometió a defender y cuidar la decisión ciudadana de por quién votar.
Meses antes de la votación estábamos como estamos hoy, en que toda esperanza se desvanece ante un poder que se presenta inconmovible frente a la opinión pública y las demandas de la comunidad internacional, despreocupado por el futuro y aparentemente invencible. En el pasado armado hasta los dientes por la Unión Soviética y ahora del dinero de Chávez. El pueblo parecía estar en silencio o mejor dicho no tenía posibilidad de expresarse porque su expresión estaba condicionada a una tarjeta de racionamiento.
Muchos creían que ese silencio era resignación definitiva sin posibilidad de salvarnos. Cada violación a la ley, atropello a los derechos humanos, abuso de los bienes del Estado, devaluación o subida de precio venía con la pregunta: ¿cuando se irá a levantar el pueblo y salir a las calles? Esa interrogante, sin embargo, tuvo una repuesta contundente, tan pronto se le dio al nicaragüense la oportunidad de expresarse en libertad el 25 de febrero de 1990 con su voto secreto y respetado.
Hoy como ayer, el futuro de Nicaragua está en ese pueblo que vemos todos los días, regado por las calles pero que aún en medio de su pobreza piensa; almacena rencor si lo ofenden y gratitud cuando le dan cariño. Pasa por profundos silencios que engañan a cualquiera y a última hora sorprende, como sorprendió a Somoza y Ortega, quienes creyeron tenerlo a su lado sin darse cuenta que la unidad popular es una fuerza contra cualquier tipo de dictadura.
Hace 30 años esa unidad tomó las armas y nos liberó de una dictadura, pero esta no vino con libertades públicas, ni Estado de Derecho. Diez años después ejerció su derecho a votar libremente y sólo así pasamos de la dictadura a la democracia, al restablecimiento de los derechos ciudadanos que garantiza la elección de un Presidente, como fue Violeta Chamorro, legitimada por la voluntad popular. La reelección o el fraude significaría no solo un Presidente sin legitimidad, sino un rompimiento total con el espíritu de democracia que tanto nos ha costado establecer. El turno es del pueblo, otra vez como hace veinte años.
La autora es periodista
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