Este domingo 21 de febrero se realizará el cambio de comandante en jefe del Ejército de Nicaragua, cargo que ejerció en los últimos cinco años el general Omar Halleslevens y lo desempeñará durante el próximo quinquenio el general Julio César Avilés.
La de este 21 de febrero es apenas la cuarta transferencia del mando del Ejército, desde que dejó de ser una fuerza armada partidista, del FSLN —y por lo tanto se llamaba Ejército Popular Sandinista (EPS)— y se transformó por mandato constitucional en una institución militar profesional, apolítica, apartidista y no deliberante, denominada Ejército de Nicaragua.
En las tres ocasiones anteriores el cambio de mando militar se realizó a la luz del día, bajo el resplandeciente sol nicaragüense, sin generar temor en la sociedad, ni incertidumbre ni desconfianza. Pero en esta ocasión es diferente, el cambio de mando del Ejército se llevará a cabo en la oscuridad de la noche y en medio de temores, incertidumbres y desconfianzas por el rumbo que lleva el país y por la suerte de las instituciones nacionales, incluida la militar.
Es que en el plan de Daniel Ortega y del FSLN para restaurar la dictadura, el Ejército debe tener sin duda una función muy importante que cumplir. Al menos así es en las mentes febriles de Ortega y quienes lo acompañan en esta nueva aventura del poder total. Ciertamente, en el documento secreto sobre la “segunda revolución sandinista”, el cual fue filtrado el año pasado al conocimiento público, se establece que: “Es importante ganar adeptos en las filas de las Fuerzas Armadas que apoyen al sandinismo haciéndolos comprender que de esa manera están asegurando y protegiendo los intereses del pueblo, sus inversiones e intereses entre hermanos sandinistas revolucionarios”.
En ese siniestro plan se plantea el objetivo de: “Transformar las instituciones del Estado en bastiones inexpugnables del sandinismo ( ), incluyendo a las Fuerzas Armadas, Policía y Ejército, vinculándolos directamente con el partido y sus organizaciones del Poder Ciudadano”. Agrega que “se tiene que volver a hacer sentir entre el pueblo a las fuerzas armadas del poder ciudadano, para lo cual hay que: I. Implementar jornadas revolucionarias nacionales donde participen juntos, sin ninguna delación, militantes, militares y policías junto al pueblo. II. Romper el vínculo que pueda existir de los miembros de las Fuerzas Armadas con la derecha y adoctrinarlos en nuevos conceptos revolucionarios, bajo la cooperación de nuestros hermanos venezolanos y cubanos”.
Cabe señalar que este plan estratégico totalitario tiene una gran similitud con el célebre “documento de las 72 horas”, que aprobó la Dirección Nacional del FSLN en una encerrona realizada durante los días 20, 21 y 22 de septiembre de 1979. En aquel documento se establecieron los lineamientos fundamentales de la revolución totalitaria de orientación comunista, mientras que a sus aliados tácticos y compañeros de viaje, y a la comunidad democrática internacional, les harían creer durante el tiempo que fuese posible, que el supuesto gobierno de reconstrucción nacional se sostenía en los principios del pluralismo político, la economía mixta y el no alineamiento mundial.
Sin embargo, el hecho de que en el plan de la “segunda revolución sandinista” —o sea para restablecer la dictadura— se hable de “ganar adeptos” entre los militares, de convencerlos para que “rompan vínculos con la derecha”, y de “adoctrinarlos en nuevos conceptos revolucionarios”, significa que el Ejército no está dominado por Ortega y el FSLN, que los militares mantienen —al menos hasta ahora— su fidelidad al mandato constitucional del profesionalismo, la apoliticidad y el apartidismo, que por cierto mucho beneficio les proporcionaron durante el período de los gobiernos democráticos.
Es muy importante señalar que al Ejército y a los militares nadie les está pidiendo ni les debería pedir que intervengan en política, ni siquiera a favor de los demócratas y en defensa de las instituciones democráticas. No son ésas sus funciones. Lo que se les pide y se espera de ellos es que no intervengan en contra de la democracia, que no se conviertan en instrumento de Daniel Ortega y el FSLN ni respalden su proyecto de restaurar la dictadura en Nicaragua.
Precisamente, si el Ejército cuenta actualmente con la mayor credibilidad social y la población le dispensa a los militares un alto grado de confianza, es por el profesionalismo, la apoliticidad y el apartidismo que la institución castrense ha demostrado hasta ahora. Obligaciones que esperamos las siga demostrando bajo el liderazgo de su nuevo comandante en jefe.
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