Sin duda que Nicaragua es el país de las sequías. Tenemos sequía natural, o sea escasez de agua por falta de lluvias suficientes, por incapacidad del suelo agostado para retener el agua que cae de las nubes y por agotamiento o contaminación de los acuíferos. Pero también hay en el país sequía de capacidad, eficiencia y honestidad gubernamental; de transparencia en los poderes públicos; de justicia y seguridad jurídica y ciudadana; de oportunidades para trabajar y hacer negocios; de libertad y garantías democráticas. En fin, tenemos sequía de prácticamente todo lo que necesita un país para crecer y prosperar, pero hay abundancia de todo lo malo que mantiene a una sociedad en el atraso, la pobreza y la sumisión a caudillos autoritarios y corruptos.
Es obvio que de la falta de lluvias no tienen culpa los gobernantes. Pero sí son culpables —por su irresponsabilidad, soberbia autoritaria y corrupción— de no aplicar las medidas necesarias para enfrentar la sequía e impedir sus consecuencias más dolorosas, como son las hambrunas.
A principios de este año, cuando LA PRENSA comenzó a informar que la sequía amenaza con hambruna a la población de diversas zonas del país, los funcionarios del régimen de Daniel Ortega reaccionaron con su peculiar arrogancia. Negaron que hubiera sequía y mucho menos peligro de hambruna en ninguna parte del país. A pesar de que los reportes de LA PRENSA se fundaron en informaciones de la Unión Nacional de Agricultores y Ganaderos (UNAG) y del organismo español cooperante Acción contra el Hambre en Centroamérica, las autoridades orteguistas repitieron el estribillo de que tales noticias eran una conspiración de LA PRENSA para desacreditar al gobierno de Daniel Ortega. Como si éste no se desacreditara a sí mismo con sus hechos y necesitara que otros lo desacrediten con palabras.
Pero por fin, a regañadientes, el régimen orteguista reconoció públicamente el problema en una conferencia de prensa del ministro de Agricultura, realizada el 22 de enero del año en curso, de la que excluyó de manera deliberada a este Diario. El ministro anunció entonces, que iba a conformar equipos técnicos “para evaluar el impacto del fenómeno climático de El Niño en varios municipios del país”, o sea, como lo informamos en nuestra edición del 23 de enero, “seis meses después que el Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (Ineter) confirmara la presencia del fenómeno de El Niño en Nicaragua, que causó la pérdida de por lo menos el 20 por ciento en la producción a nivel nacional correspondientes al ciclo 2009-2010”.
Sin embargo, en beneficio del régimen de Daniel Ortega debemos decir que no es el único que ha sido incapaz de enfrentar el problema de la sequía natural en Nicaragua en los últimos veinte años, aunque a todas luces ha sido el peor. Todos los gobiernos en este período, se han limitado a aplicar algunas medidas paliativas y pedir ayuda a los organismos internacionales para aliviar las crisis alimentarias provocadas por la sequía.
Los políticos gobernantes de Nicaragua han sido incapaces de aprender de los buenos ejemplos que hay en el mundo, de países que con menos recursos, y en condiciones naturales más adversas que las nuestras, tienen una floreciente agricultura y la palabra hambruna no existe en sus diccionarios. Tal es el caso, por ejemplo, de Israel, país desértico y de escasos recursos hídricos que por la gran capacidad de trabajo de su gente y la ingeniosidad de sus gobernantes para enfrentar y resolver las dificultades de toda clase —como el uso de la moderna tecnología del antiguo sistema de riego por goteo—, tiene actualmente una de las agriculturas más florecientes del mundo.
No es por casualidad que la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) destacó en un informe, divulgado a principios de este año, que la agricultura israelí “sobresale de las del resto del mundo”. Es que Israel con la mitad de su producción agrícola abastece la demanda nacional y el otro 50 por ciento lo exporta, a pesar de que cada vez es menos la cantidad de gente que se dedica a la agricultura y de que el consumo de agua en ese país es ahora sólo un tercio de lo que se consumía hace 20 años.
A países de trabajo, creatividad y producción floreciente, como Israel o Taiwán, es a los que nosotros deberíamos imitar, no a la desvencijada Cuba comunista del siglo pasado, ni a la arruinada y turbulenta Venezuela chavista del socialismo del siglo XXI.
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