Una institución sólida en Nicaragua es la crisis. Ya sea crisis institucionalizada o institucionalización de la crisis. Sin embargo, no son las instituciones las que están mal, sino, las personas.
Aunque hablemos de tener suficientes recursos humanos para revivir el CSE, la CSJ, la CGR, algunos candidatos “idóneos” que salen de partidos u organizaciones desencantan porque se trata de políticos fracasados, ex funcionarios desplazados y miembros de pequeños partidos que por mucha insistencia no son las personas que cambiarán la dirección de este maltrecho barco.
Recordemos que aquí cualquier político es un aspirante a presidente y amenaza con su “liderazgo” y espíritu de “servicio”, ¿pero cómo piensan hacer andar un Estado si probando un solo un poco de poder han hecho del servicio público un monstruo ineficiente que consume impuestos, un barril sin fondo como estómago de magistrado?
Deben haber muchas personas neutrales y honestas en las universidades, en las cámaras, en las asociaciones, en los centros de investigación, personas sin pasado, profesionales sin cola, dueños de empresas, de negocios, directores de organismos, gente que al menos piense y trabaje de verdad, pero el club de electores y elegibles es pequeño en la argolla autoritaria de la política criolla.
Sin embargo, en un país como Nicaragua, donde la democracia nos queda grande y olvidamos los principios, buscar a alguien idóneo podría demostrarnos que nadie puede tirar la primera piedra.
A veces tener un poco de poder ya sea en un pequeño club de tierra adentro, en el partido local o en el mismo trabajo, se convierte en la repetición del autoritarismo, el desatino y la manipulación que tanto criticamos a los caudillos como Daniel Ortega y Arnoldo Alemán.
Olvidamos que el sentido de la justicia empieza en casa cuando el marido decide ahorrarse la mitad de sus ingresos para la comida y escuela de sus hijos, en lugar de despilfarrar en alcohol, cigarrillos y vida nocturna.
Yo mismo he visto como pequeños proyectos en mi comunidad se hunden por culpa de las pugnas que personas y familias crean cuando el dinero entra, los contactos fluyen y la gloria de una tubería, un poste de luz o una escuela nueva, la reclaman abnegados redentores.
Son apenas algunos ejemplos, sigue un largo etcétera, porque el poder puede convertir en un infierno no sólo al monstruo estatal, también a pequeñas iglesias, fundaciones y grupos, dividir amigos, familias y generaciones.
En 20 años, el mismo tiempo que tuvimos nosotros para construir la democracia, el ejemplo de Chile es un golpe a nuestro orgullo y un mensaje para las élites. Allá, las capas medias de la sociedad eligieron a un multimillonario, mientras en Nicaragua no encontramos un empresario con moral suficiente para perfilarse ante una población a la que le han dejado la carga fiscal, después que el sector privado se acomodó con el Gobierno en un pacto contra trabajadores y desempleados.
Nadie nos ha educado para hacer uso del poder y nadie se ha interesado en repartir el poder en cuotas justas para que haya un equilibrio en esta sociedad endémica de pobreza, sobre todo pobreza moral. Caudillismo, bipartidismo y elitismo son la sepultura del pluralismo.
Tampoco creo que aspirar a ser presidente, magistrado, director o jefe de proyecto sea malo, las ambiciones personales son vitales en una sociedad que quiere prosperar. El problema es llegar arriba sin capacidad de cambio, equilibrio y progreso, repitiendo los vicios de siempre.
Sería bonito que aquellos arriba y aspirantes a estar en la silla grande con escritorio de roble, piensen en el poder como una oportunidad de trascender y no sólo como el jugoso cheque quincenal. La gran meta de un funcionario debería ser salir por la puerta principal sin avión y Mercedes Benz, pero demostrando lo que muy pocos tienen ahora: integridad.
Sería genial pensar que alguien quiere ser magistrado para demostrar que tiene principios, valores e inteligencia superiores para conseguir cambios que sus rivales no pueden, porque eso es poder ¿no?
El autor es periodista
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