En la búsqueda de datos a través de los medios de comunicación escritos o en las instituciones, no se me permitió, en este caso, identificar en cuanto a accidentes de tránsito, quiénes “participan más”: ¿Los motociclistas, los taxistas o los buseros?
De aquí surgió la interrogante: ¿Quién sería el termómetro para “medir la temperatura” de quién se lleva las palmas?
Una opción: la propia televisión, la cual más allá de informarnos nos ilustra sanguinaria y visualmente, con el despertar, los hechos acaecidos en la noche anterior y la madrugada del día presente: choques o accidentes, personas asaltadas, etc.
Lo usual: motos que coinciden en un mismo punto con taxis y alguno que otro bus, donde en ese momento desagradable posiblemente concluya la historia del más desprotegido.
Sin embargo, el relato de hoy le corresponde a un señor taxista, quien se considera a sí mismo un as del volante, con décadas de experiencia y sin ningún accidente en su trayectoria, según nos hubo de relatar en los 15 minutos que duró la travesía por las calles de nuestra capital.
El fin de semana —tras la tarea histórica de hacer las compras para el hogar— le sentí a mi vehículo un ruidito y pensé “ el lunes al taller” y así fue.
Viaje con la muerte
A eso de las 3:00 p.m., el mecánico me regresó la llamada indicándome que ya podía pasar por el taller.
Pedí permiso en el trabajo, me despojé de mis “alhajas”, predispuesto por el asalto reciente a dos compañeros de trabajo.
En la entrada le solicité a los cuidadores que anotaran la placa del taxi, como otra medida de seguridad (toda un odisea preparatoria para 15 minutos de viaje), y comenzó en ese instante mi viaje con ¡la muerte!
El tránsito resultaba pesado: largas filas a la espera de los cambios de luces en los semáforos, respetados por unos y por el conductor con el que viajaba ese día.
¡NO! Yendo como “copiloto”, lo que hice al no existir cinturón de seguridad fue presionar mi cuerpo contra el asiento, tomé el asa próximo al techo con fuerza tal, como si colgase debajo de mí un precipicio.
El vidrio delantero no me permitía ver con claridad, ya que el mismo estaba astillado, cómo los objetos animados y no animados se desplazaban a una velocidad feroz, en dirección contraria, aunque el velocímetro del taxi no funcionaba.
No respetaba filas de autos, simplemente pasaba al carril en dirección contraria por espacio de unos 200 metros; para acortar distancias se metía por vericuetos increíbles. Traté de dialogar con él en varias ocasiones, para tratar de distraerlo con la plática y que así bajara el “ritmo” ¿Cuánto tiempo al volante? ¿Conoce por lo visto bien la ciudad? Pero nada logré, resultó infructuoso.
Inclusive, el señor me confesó que podía ir un poco más deprisa, si se lo pedía. Felizmente la carrera llegó a su fin. Sólo para mi tranquilidad, 24 horas después monitoreaba la “tele” y no aparecía ningún accidente de taxis. Estimados señores de la Policía, ¡ayúdennos a mantenernos vivos!
Ver en la versión impresa las páginas: 10 B