¡Matateco Dio Mispiales! ¡Que Dios los Bendiga!
¡Ah, estos mis muchachos del siglo XXI!
Parece que no entienden la bendición que les legamos desde el siglo XVII.
Si el Güegüense pudiera hablarnos, seguramente nos diría algo parecido.
Según los estudiosos, El Güegüense se clasifica como una comedia bailete, una obra de teatro callejera. Ha sido objeto de múltiples interpretaciones, desde la pura picaresca hasta expresión teatral subversiva del orden colonial. En lo que todos parecen estar de acuerdo es en su genialidad.
Tratando de entender la lógica de la obra, me pregunto: ¿Acusaríamos de doble cara, de hipocresía, a los caricaturistas de hoy por recurrir al humor, a la sátira, a figuras alegóricas, para expresar su mensaje sobre los acontecimientos contemporáneos? En una sociedad 100 por ciento analfabeta como lo era la nicaragüense del siglo XVI (los letrados eran una rarísima excepción), contando únicamente con recursos comunicativos directos, cara a cara, el teatro era un medio de comunicación excepcional, el cual para captar la atención de un público ambulante, debía igualmente recurrir al humor, la sátira, la chanza, a fin de transmitir su mensaje. Eso parece haberlo logrado magníficamente El Güegüense , al punto de haber logrado sobrevivir a tantos siglos de agitada historia nacional. ¿Las máscaras? Recurso propio del teatro de la época.
Por ello, permítanme disentir del tlatoani de las ciencias físicas, doctor Moisés Hassan, cuando titula su recién publicada obra testimonial La maldición del Güegüence , considerándolo raíz de la corrupción en nuestra cultura; igualmente del tlatoani del súper tiangue, don Carlos Mántica, cuando estima que la esencia del personaje es de un “cuecuense”, pícaro burlón. El doctor Hassan, por sus títulos académicos, y don Carlos, por sus excelentes estudios sobre El Güegüense , merecen mis mayores respetos. Son tlatoanis.
Como un arriero trabajador, que ha recorrido caminos de esta Nicaragua, con mi sombrero de sicólogo social, debo reiterar lo que he expresado en anteriores artículos publicados en estas páginas de opinión.
El argumento de la obra se basa en las desventuras de un viejo comerciante y sus hijos, indígenas y mestizos, que son llevados ante las autoridades coloniales para verificarles sus bienes, con la finalidad de “chuparles” lo que puedan y el acuerdo al que finalmente llegan, gracias a la ingeniosa defensa del Güegüense ante el poder autoritario y explotador.
En ágiles, humorísticos y simbólicos diálogos, plenos de dobles sentidos y con un magnífico dominio de los idiomas náhuatl y castellano, se burla de las autoridades, denuncia su incompetencia y corrupción, negociando finalmente una solución pacífica al conflicto.
En esta aventura, encuentro en el Güegüense los siguientes rasgos sicosociales:
-Emprendedor de recia personalidad, voluntad y audacia: viajaba comerciando desde Nicaragua hasta México, pasando por Guatemala y El Salvador. O sea que hacía largos recorridos viajando en macho, a pie, enfrentando los peligros y aventuras de una época en la que no existían los modernos medios de transporte y los caminos estaban dominados por bandas de salteadores.
-Valentía y coraje cívico: no es un individuo sumiso y doble cara, por el contrario, realiza una valiente denuncia contra la explotación. Señala cómo los “Señores principales” están en la “miseria” a consecuencia de sólo vivir en fiestas y derroches y que para costearse su estilo de vida exigen a los pobladores entregar ¡hasta la alcancía!
-Capacidad de supervivencia y versatilidad: ante épocas difíciles y de explotación, tiene que desarrollar múltiples habilidades y oficios. “Como este mi muchacho tiene tantos oficios, hasta las uñas las tiene llenas de oficios ha sido escultor, fundidor, repicador, piloto de alturas, carpintero ”.
-Sanidad mental: demostrada en su capacidad de reírse de sí mismo, de su tragedia, de burlarse de sus explotadores. Cuando lo citan para presentarse ante Tastuanes, el Alguacil Mayor ofrece enseñarle los modales necesarios en el cabildo, pidiéndole un “salario”, a lo que el Güegüense finge entenderle “pescado salado”; le aclara, “reales de plata” y pretende escuchar “redes de platos”; ante “pesos duros”, entiende “quesos duros”. A esta capacidad de saber sobrellevar repetidas situaciones difíciles, le llamamos hoy “resiliencia”.
-Hábil negociador y solucionador pacífico de conflictos: como solución, negocia el matrimonio entre su hijo don Forcico y doña Suche Malinche, hija del Gobernador, logrando de esta manera conciliar intereses que parecen irreconciliables, en una estrategia de ganar-ganar. Una estrategia interracial e intercultural. La estrategia posible para la época.
A mi entender, éste es el legado del Güegüense, ejemplo de emprendedor de recia personalidad y voluntad, audaz, valiente, con coraje cívico, habilidoso, artista, humorista, mentalmente saludable, negociador y solucionador pacífico de conflictos.
La bendición del Güegüense.
¡Matateco Dio Mispiales!
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