El respeto a la vida privada no es sólo un derecho humano, sino un componente esencial para que podamos coexistir pacíficamente.
Y aun cuando todos hemos hecho cosas de las cuales no estamos orgullosos, nadie está interesado en andar exponiendo sus errores, y menos aún que sean expuestos por terceros, y no propiamente con buenos propósitos.
Eso ha llevado a establecer una frontera intangible, pero muy clara, entre vida pública y vida privada. El problema es que cada uno de nosotros es uno solo, con aciertos y con equivocaciones. Por tanto, no existe tal separación.
De ahí que el primero en respetar su propia intimidad tiene que ser la persona misma, de lo contrario, su vida privada conflictiva o desordenada terminará por afectar su actuación pública, que por lo general es a la que más atención se le presta.
¿Se debería, entonces, hablar públicamente de la demanda que por pensión alimenticia tiene el campeón mundial mínimo de la AMB, Román “Chocolatito” González, o se trata de una invasión a su privacidad?
Y pese a que deseo que Román le ponga interés a ese asunto y alcance una solución justa y definitiva, les aseguro que estos temas jamás me han atraído. Me gusta concentrarme más en el desempeño deportivo, que en lo que hacen los atletas al salir del campo.
Pero González no es sólo el formidable boxeador que nos gusta apreciar en sus actuaciones sobre el ring. Es también un papá con un problema que debe solucionar cuanto antes, a fin de que en el futuro pueda disponer de todas sus energías en procura de sus éxitos boxísticos.
Y ahora que expondrá su corona en Puebla, México, ojalá que Román salga bien parado, que se imponga con claridad a Iván Meneses y que pueda continuar con su cosecha de victorias, mientras lucha por convertirse en un ejemplo de verdad para las nuevas generaciones.
Respetar la vida privada de los demás debería ser una decisión de todos, pero nadie más que uno mismo está en la obligación de cuidarla, de otro modo, estamos expuestos a que nuestras malas acciones trasciendan y terminen afectándonos.
Pero respetar la vida privada de un personaje público no es ocultarle sus desaciertos. Eso más bien lo afecta.
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