El mundo y en particular los nicaragüenses hemos recibido con alegría y esperanzas el advenimiento del Año Nuevo, un ciclo de tiempo en nuestra vida concebido por el Supremo Creador en el que interviene la variedad y contraste de las cuatro estaciones, las cuales entre sí determinan visiblemente desde el principio el indicador que mide interminable e infaliblemente el movimiento unidireccional de nuestra tierra.
En este sentido tan divino y natural, el hombre en el camino de la historia creó para su propia orientación el registro de los años —Génesis: 1: 11,24 y 8: 3-5— efectuándose el primero en el tiempo de Noé desde donde partiría luego una serie de reordenamiento y reformas que se inician desde el antiguo Egipto con la enmienda llamada Metónico en honor de Meton, un matemático griego del siglo V a. C.
Más tarde en el tiempo del Éxodo de Egipto, los hebreos dispusieron una segunda reforma dividiendo el año ya establecido en dos momentos. Uno, llamado el Año sagrado y el otro el año Seglar. Según el historiador Josefo del siglo I d. C., el año sagrado se iniciaba en la primavera y se dedicaba a la observancia religiosa y el año seglar original se iniciaba en el otoño y estaba dedicado al comercio y a otros asuntos relacionados con la vida del pueblo en general. En el año religioso se realizaban las tres celebraciones más importantes a saber: La celebración de la Pascua el 14 de nisán, La fiesta del Pentecostés que recordaba el día en que Moisés recibió de Dios las Tablas de la Ley y la fiesta de la Recolección que coincidía con la cosecha general del término del año.
El tiempo con sus divisiones anuales tan insondable como el espacio mismo corriendo sobre una sola dirección avanza hasta arribar al año de 1582, cuando el calendario juliano introducido por Julio César en el año 46 a. C. registró una diferencia de 10 días completos de desfase que se ajustó nuevamente para coincidir con el tiempo presente. Por eso el papa Gregorio XIII introdujo una leve revisión que instituye por bula papal del mismo año el Calendario Gregoriano, el cual hoy día es la base ya sea en sentido histórico o deductivo para desarrollo de las actividades de la mayor parte del mundo.
Al profundizar en la historia del tiempo con sus cambios, sería conveniente meditar sobre lo que queremos y por qué lo queremos. Que la alegría y el entusiasmo que nos causa cada Año Nuevo sea tanto como ayer una ocasión para celebrar, pero también para cambiar.
El 2010 debe ser un tiempo para pensar, entre otros, que el pasado es solamente historia y que el futuro fluye hacia nosotros con esperanzas, que los errores cometidos en el tiempo de ayer no impliquen en nuestro ánimo obligatoriamente un fracaso para el presente. El Supremo Creador y artífice del tiempo nos invita a revisar nuestra propia humanidad; la ausencia de valores, nuestras convicciones, creencias, conocimientos, percepciones, actitudes en general, no hacerlo como un cumplido de la personalidad o como una curiosidad, sino mirando hacia la grandeza del espíritu y a la prosperidad de la nación frente a la injusticia social que promueve las dificultades económicas, políticas, sociales, ambientales y culturales.
La cultura es un acto de formación y reformación cíclica o continua que al practicarla constituye una acción de generoso comportamiento humano que, incidiendo en las buenas relaciones de los unos con los otros, promueve la libertad individual y el respeto a los derechos colectivos de cada quien, fundamentos precisos para alcanzar la paz, la felicidad y un futuro sustentable.
Que el tiempo del 2010 sea pues el ciclo que determine felizmente el indicador que nos lleve a lograr la anhelada prosperidad y entonces desde la verde colina que adorna el paisaje de lagos y volcanes, digamos a Nicaragua con fe y alegría: “Eres el corazón que parpadea en la luz de los volcanes, la fuente Castalia donde apacienta el canto de la alondra y el cenzontle. Eres el azul infinito de mis sueños, la geografía amada donde se dilata el Tiempo de mis amores”.
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