No interesa seguir diciendo que Domingo Acevedo Chavarría (“Cara de Piedra”) fue el asesino material que descargó los tiros de la escopeta contra la humanidad del doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, aquella trágica mañana del martes diez de enero de 1978, mientras se dirigía a su oficina central de LA PRENSA.
Eso ya es extemporáneo por la velocidad del tiempo y el desarrollo de los acontecimientos. Lo que importa ahora es: ¿Quiénes fueron los autores intelectuales que financiaron el asesinato contra el hombre que con su pensamiento y su pluma quiso que se estableciera en nuestra sociedad un sistema de justicia social que aún no ha llegado? A lo mejor se hallan dentro del país desplazándose en lujosos vehículos.
Es del interés público conocer a los acompañantes de Acevedo Chavarría que en el carro fatídico siguieron al doctor Chamorro para ultimarlo cobardemente, y causarle a Nicaragua un golpe impactante que le produjo duros efectos. Esa interrogante se mantiene activa cruzando el territorio nacional por sus cuatro puntos; tiene vigencia y no puede borrarse porque el asesinato que acaba físicamente con los grandes hombres queda marcado en la historia, y no puede ser abolido de ella.
Por fidelidad a la historia, antes que la Guardia Nacional saliera en persecución de los combatientes de Olama y Mollejones donde figuraba el doctor Chamorro, Somoza, el dictador, a quien no tengo por qué defender, les dijo categóricamente a los oficiales Gustavo Guillén y Carlos Malespín: “Ustedes me responden por la vida de Pedro Joaquín”. Eso era seguramente para exonerarse de grandes responsabilidades, independientemente de que como tirano desde que regresó de la academia de West Point se manchara las manos de sangre como lo hizo con los hermanos Adolfo y Luis Báez Bone, en abril de 1954.
En aquella contienda bélica de Olama y Mollejones, en junio de 1959, el doctor Chamorro no pereció, salió ileso. Y fue juzgado por un Consejo de Guerra que lo condenó a a confinamiento en San Carlos, de donde se fugó posteriormente a Costa Rica, donde escribió su interesante libro: Estirpe Sangrienta: Los Somoza .
Después que el doctor Chamorro regresara a su añorada Nicaragua, un día de tantos, un grupo de amigos, de ésos que en mesas de tragos se consideraban ser opositores, increparon al ilustre escritor respecto a su rendición revoltosa, a lo que él les replicó: “No han tenido la oportunidad de rendirse, quienes jamás tienen el valor para rebelarse”. En este caso la historia es clara y precisa, y no podemos pasar por encima de ella, atribuyéndole a otras tipificaciones criminales. Los autores intelectuales que concibieron la idea de mandar a eliminar al doctor Chamorro, algún día o en algún tiempo tienen que ser descubiertos, porque nada puede perdurar en el silencio, y los hechos por muy “misteriosos” que parezcan siempre son esclarecidos con infalible sentencia para establecer la verdad.
La sangre de los justos no puede correr en vano, y se vuelve acusadora para señalar a los legítimos culpables que han segado una vida útil; una existencia que se dirigió por la honestidad, y la hizo propia para defender a los que no tienen la palabra, o se les niega para no ser escuchados. El doctor Chamorro fue conciso y enérgico en sus sinceras posturas. Valiente hasta la última prueba, y honrado en sus decisiones para dar por la Patria lo que se siente por ella cuando los males la aquejan. Su recuerdo ilumina a la República, y la orienta por otros derroteros que son factibles para encontrar la auténtica democracia donde surjan valores nuevos que puedan construir una Nicaragua limpia de odios, y libre de venganza.
El autor es Periodista de Somoto
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