Por Elías Aguirre
“Mas a los temerosos e incrédulos, a los abominables y homicidas, a los fornicarios y hechiceros y a los idólatras, y a todos los mentirosos, su parte será en el lago ardiendo con fuego y azufre, que es la muerte segunda” Sí Hermano, si usted no se preocupa por buscar cómo salvar su alma, segurito que va a arder en el fuego eterno. ¿Acaso nunca ha oído decir que cuando el diablo anda cerca huele a azufre? ¡Mire!, hasta la mismísima Biblia lo dice, en Apocalipsis veintiuno ocho, vea: ¡azufre!, ¡azufre!, ¿oyó bien?, ¡lago de fuego y azufre!
Alfonso se notaba muy aturdido al escuchar aquellas palabras que parecían absolutas, cuando brotaban, en tono amenazante, de la boca del hermano y reverendo Eugenio Flores Paz, cuyo dedo índice, en el fragor de la conversación, apuntaba intermitentemente a Alfonso, quien sentía recibir una puñalada de cuando en cuando.
-Pues fíjese usted hermanó, que debe ser horroroso chamuscarse en el infierno. Si a su casa se le prende fuego y no halla cómo escaparse, simplemente moriría achicharrado y su agonía sería rapidísima; pim pam y te fuiste tiste. Pero en el infierno no hermano. Allí su agonía va a ser eterna. Usted va a sentir que se quema, pero ese dolor nunca se le va a quitar, y para rematar, dicen que el diablo echa más carbón donde están ardiendo las almas de los más malos, en las ollas más grandes. Y ni cómo se vaya a tirar un pedo allí, porque si no, se le priende más el fuego.
Alfonso empezaba a sudar helado. Las manos le temblaban un poco y a cada momento se le formaban torozones en la garganta. Su frente morena perlaba un sudor copioso y tenía la inevitable sensación de que se transpiraba; pero no decía nada. Seguía escuchado aquel sermón, para él salomónico, que frecuentemente se transformaba en azarosa arenga.
-Hermanito, no crea que conseguir la gloria es fácil. Usted tiene que ponerse las pilas. Con estas prédicas que yo le estoy dando seguro que va a salir adelante. No se preocupe, todo comienzo es difícil. Pero en estos dos días que llevamos hablando de las cosas de El Señor y el infierno, ya estoy viendo progreso en usted. En nuestra congregación nada es imposible, toda alma que llega allí se salva. Nosotros sacamos demonios, entierros, sapos de las barrigas de las personas que fueron hechizadas, desembrujamos casas y un montón de cosas que después se va a dar cuenta cuando empiece a visitar nuestra iglesia.
Mientras el hermano Eugenio Flores Paz seguía con su prédica, Alfonso comenzó a hacerse un examen de conciencia. La voz del evangelizador estaba fuera de la atención de su pensamiento. “Yo soy el hombre más chancho que puede haber”, decía hacia sus adentros. Recordó de golpe las borracheras que solía darse con sus amigos; aquellas lujurias con las putas del Mercado Oriental los viernes, luego de salir de su trabajo en un tramo de reparación de zapatos; su devoción a Santo Domingo y sus largas caminatas de rodillas hasta las Sierritas, en concepto de pago de promesas por favores y milagros recibidos. Recordó que tenía la manía de tomar lo que no es suyo, cuando las cosas están a su alcance y nadie lo mira, algo que reflexionó, sufre desde chiquito; la mala vida que le daba a su madre y el sufrimiento que le causó a la pobre vieja cada vez que se fumaba su cigarro de marihuana; la puñalada que le metió a un ladrón que le quería robar su pañoleta que llevaba puesta en la cabeza. Pensó en todas aquellas mentiras que había dicho, de lo cual tenía toda la certeza de que eran incontables. En fin, pensó en casi todo lo que había hecho en su malograda juventud y que según él, son dignas de castigo.
Unas lágrimas se asomaban a sus ojos ya un poco rojos. El ceño fruncido y sus labios arqueados sugerían un aire de arrepentimiento. De pronto volvió a centrar su atención en el hermano Eugenio Flores Paz, que desde hace rato no dejaba de hablar.
-Además, si no hace el esfuerzo por bautizarse pronto, puede ser que se lo lleve el diablo, porque el bautismo es el principio de la salvación de nuestras almas. ¡Ése es el primer paso!
Alfonso no tenía palabras para argumentar ni refutar lo que aquel hombre le decía, sólo sentía en su corazón un complejo de culpa inverosímil.
Luego que se hubo ido el evangelizador, Alfonso decidió no volverlo a recibir más en su casa, estaba seguro que era inútil. Se convenció que sus pecados no tenían perdón. Estaba seguro que ni la absolución del Papa podría salvarlo. Una profunda depresión se apoderó de él. Frecuentemente soñaba que ardía en el infierno y un pestilente olor a carne asada no se apartaba de su mente día y noche.
-No hay vuelta de hoja, el diablo ya me tiene ganado desde antes de nacer. Esto se repetía Alfonso a cada momento.
Un día decidió colgarse de un palo de mango en el patio de su casa. Los vecinos lo hallaron tilinte con la lengua salida. Nadie supo por qué se suicidó y Alfonso nunca se dio cuenta, porque nadie le dijo, que la Biblia habla en sentido figurado.
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