¡Pobrecito el hombre de la hamaca!

El hombre bajó de su caballo, lo amarró en el naranjo, se quitó el sombrero, y apartó con la mano el sudor de la cara, pues había terminado su jornal de la mañana. Desde ahí, vio a su patrón acostado en la hamaca, apaciguada vida, leyendo y releyendo uno de sus libros… “Esa oliva se haga luego raja y se queme, que aun no queden de ella las cenizas, y esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa única…”

A Isidro Rodríguez Silva, Octavio Robleto y Socorro Bonilla Castellón

El hombre bajó de su caballo, lo amarró en el naranjo, se quitó el sombrero, y apartó con la mano el sudor de la cara, pues había terminado su jornal de la mañana. Desde ahí, vio a su patrón acostado en la hamaca, apaciguada vida, leyendo y releyendo uno de sus libros… “Esa oliva se haga luego raja y se queme, que aun no queden de ella las cenizas, y esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa única…”

Quiso gritarle un improperio y despertarlo, pero no le gustaba interrumpirlo cuando aparentaba una muerte apacible, un sueño tranquilo, tirado en la hamaca. Más bien, sintió lástima y pena del hombre que pasaba el día entero leyendo y releyendo como si no hiciera otra cosa en la vida… “Y se haga para ello otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Darío, que la disputó para guardar en ella las obras de Homero”.

Lo vio otra vez y sintió repugnancia y desprecio, porque desperdiciaba el tiempo en absoluta miseria. Quiso echarle un balde con agua fría y que despertara de su eterna pereza, sin vergüenza. Lanzarle un verbo y otros aromas que le recordaran a la madre en su grandeza, plañidera, protectora y alcahueta: levantate hijo de la gran bandida y busca qué hacer en esta vida, que en la otra te saldrá la venada careta… Pero no se lo dijo y con arrechura se los tragó en sus adentro y le creció la panza de enojo… “Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una, porque él por sí es muy bueno; y la otra, porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal”.

Se acercó a su patrona que estaba en la cocina probando la carne y las verduras en el fogón, donde a ratos hervía un caldo de arroz con pollo, y le dijo con preocupación:

—¡Doña Socorro, pobrecito ese hombre, su marido, todo el día pasa acostado en la hamaca, leyendo y releyendo, como si estuviera enfermo!

“Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonísimas y de grande artificio; las razones, cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del habla, con mucha propiedad y entendimiento. Digo, pues, salvo vuestro buen proceder, señor maese Nicolás, que éste y ‘Amadís de Gaula’ queden libres del fuego, y todos los demás, sin hacer más cala y carta, perezcan…”  

Cuando doña Socorro salió al patio, no quería creer lo que miraba. Octavio, su marido, ahora se había acostado encima del caballo, boca arriba, como si estuviera en la hamaca. Y ahí seguía leyendo y releyendo el libro que lo había encantado.

La Prensa Literaria

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