Julio Portocarrero Arancibia

¿Cuál Soberanía Económica?

Por Francisco Xavier Aguirre Sacasa

Últimamente en sus discursos a militantes sandinistas, el presidente Ortega se ha referido a la necesidad que Nicaragua tiene que recuperar su “soberanía económica”. Incluso, este objetivo aparece en la “exposición de motivos” como una de las justificaciones para la fallida propuesta de la Ley de Concertación Tributaria que pretendía sacarle al bolsillo de las empresas micro, pequeñas, medianas y grandes de Nicaragua aproximadamente US$$90 millones en impuestos adicionales en 2010 y US$$120 millones más en 2011.

Por el discurso del Presidente, deduzco que se opone a la ayuda internacional porque suele ser acompañada por condicionalidad relacionada con temas de gobernabilidad, y esto lo incomoda porque lo ve como injerencismo. No hay muchos temas en que coincidir con nuestro Presidente, pero la necesidad de reducir nuestra dependencia de la ayuda internacional es uno de ellos. La pregunta que hay que hacerse es ¿cuán realista es este objetivo con el actual gobierno?

Primero, definamos el problema. La falta de independencia económica de un país se estriba en una asimetría entre sus exportaciones e importaciones. Cuando un país exporta más de lo que importa, no necesita ayuda y se podría decir que es independiente o solvente económicamente. Por el contrario, cuando las importaciones son mayores que las exportaciones, es dependiente.

Ahora bien, países en vía de desarrollo casi siempre tienen una balanza comercial negativa e importan capital. En teoría, este capital importado debería de entrar principalmente como inversión privada para financiar proyectos que permitirían al país desarrollarse. Pero en la práctica, mucho de esa inyección de capital entra en la forma de ayuda de donantes que trae consigo condiciones.

A través de las décadas, esta condicionalidad ha venido evolucionando. Inicialmente, como la ayuda era principalmente para proyectos, las condiciones tenían que ver con la viabilidad económica, financiera y técnica de éstos. Pero con la evolución de la “industria” de la ayuda, la condicionalidad ha venido cambiando. En las décadas de los setenta y ochenta, por ejemplo, se comenzó a enriquecer a la agenda de desarrollo con consideraciones de igualdad de género y la protección del medio ambiente.

Más recientemente, con la ayuda de fondos de rápido desembolsos —que no son atados a proyectos específicos (como la construcción de carreteras)— cobró mayor importancia la condicionalidad macroeconómico, que tiene como objetivo asegurar un buen marco macroeconómico y un buen clima de inversiones para asegurar que estos fondos se utilizarían con máximo efecto. Y, finalmente, el tema de la buena gobernabilidad apareció cuando los donantes se preguntaban por qué algunos países pobres —principalmente en África— no despegaban a pesar de aportes masivos de ayuda económica. La respuesta era que el talón de Aquiles de estos países era su corrupción, su poca institucionalidad, sus débiles sistemas judiciales y su falta de transparencia. De allí nace la condicionalidad ligada a la gobernabilidad.

Volviendo a Nicaragua, siempre hemos sido un país importador de capital. Pero entre 1950 y 1975, esa dependencia se fue minimizando hasta llegar a niveles muy bajos. Durante ese cuarto de siglo, nuestras exportaciones llegaron a cubrir el 90% de nuestras importaciones, nuestra economía creció 2,5 veces más rápidamente que la norteamericana, nuestro ingreso per cápita llegó a ser el segundo más alto de Centro América, y nuestras exportaciones per cápita eran entre las más altas de Latinoamérica. Gracias a un manejo bueno de la economía y a un programa sólido de inversión pública, ése fue el período de mayor reducción de pobreza y de mejor bienestar social de nuestra historia. Como consecuencia de esta feliz condición económica, extranjeros hasta inmigraban a Nicaragua a buscar empleo por las oportunidades que ofrecía.

Todo eso acabó con la revolución sandinista. Durante esos años, políticas económicas marxistas, un pésimo clima de inversión y una descomposición de la armonía y cohesión interna que toda nación precisa, nuestra economía colapsó. Y a partir de esos años, Nicaragua pasó a ser el segundo país más pobre de Latinoamérica y el país más dependiente de ayuda externa del continente. Es más, el daño causado por la revolución fue tan grande —el hoyo en que caímos tan profundo— que Nicaragua ha figurado desde 1980 hasta el presente consistentemente como uno de los cinco países más dependientes de ayuda externa del mundo. Según la edición 2008 de los “Indicadores Mundiales de Desarrollo” del Banco Mundial, continuamos en el “top five” con un nivel de ayuda per cápita de US$$132. ¡Esta cifra es más de dos veces más alta que la recibida por Haití!

Desde los años ochenta, Nicaragua consistentemente ha importado dos o más veces lo que exporta, y aunque nuestra dependencia se ha reducido algo con las exportaciones de zona franca, esta tendencia se revirtió en 2009 por la caída de las exportaciones de nuestras maquilas por la recesión estadounidense.

Con el acelerado retroceso en gobernabilidad y en el clima de inversión que Nicaragua ha vivido desde 2007, las perspectivas del país han empeorado. La confianza —ingrediente crucial para el desarrollo— se está envaneciendo, la pobreza se ha acentuado y cada vez más se habla de Nicaragua como un estado fracasado. Nuestro país está inmerso en un círculo vicioso cuyas causas principales son internas, no externas. En este contexto, ¿de qué “soberanía económica” nos está hablando el presidente?


El autor es diputado del PLC y miembro de la Comisión Económica

 

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