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“No impongas a nadie lo que tu mismo no puedas soportar”.
Publio Siro (siglo I a.C-?); poeta dramático romano.
Luto nacional
A un año del fraude electoral del FSLN, en conjunto con el Consejo Supremo Electoral (CSE), todavía los nicaragüenses demócratas nos seguimos preguntando ¿y dónde está mi voto?, pregunta que el CSE junto a sus compañeros del FSLN nunca han contestado, sabiendo que habían dado un golpe de Estado a la población que votó en su mayoría por los demócratas.
Es imperdonable, cómo magistrados liberales se alinearon al orteguismo, traicionando a la Patria y a su pueblo que urge de paz, tranquilidad y sobre todo prosperidad para mejorar las vidas de muchos nicaragüenses que están en la miseria, la pobreza y el desempleo que este gobierno sandinista viene trayendo desde que asumió el poder en el 2006.
Y es que podemos decir que Nicaragua está de luto nacional, no desde el fraude electoral municipal, sino a raíz que Daniel Ortega Saavedra subió al poder aprovechando la división liberal y de todos los demócratas. Es por eso que Nicaragua hoy más que nunca debe de estar unida, marchar por la democracia y no dejarse amedrentar por las turbas orteguistas que tratan de meter el miedo, el odio y la discordia en las familias nicaragüenses. Es por eso que hay que salir a las calles y decirle a Daniel Ortega que no está por encima de la ley y que a todo chancho le llega su sábado.
Ezequiel Pérez
Incongruencia
Lo que nos está ocurriendo a los nicaragüenses es realmente algo indescriptible. Lo comentamos quienes escribimos para el Diario de los Nicaragüenses; lo comentan quienes no pueden, por alguna razón, acceder al medio y lo comentan también quienes tienen miedo de hacerlo públicamente y se conforman con las críticas en las mesas de tragos o en los sitios de reunión de parques y aceras.
Pero, desde hace mucho tiempo, es hora de cambiar. Nuestras críticas son leídas y felicitadas por muchos lectores, que ven en ellas una luz al final del túnel y claro, eso reconforta. Pero lo grave del asunto es que el sujeto de la crítica no se da por aludido, o no lee lo que el pueblo le dice y reclama, o simplemente lo tira al bote de la basura, agregando un me vale…
Cualquier mandatario con una pizca de vergüenza u honestidad se preocuparía al darse cuenta de los justos reclamos de su pueblo. Mientras las autoridades competentes declaran inhabitable un barrio que está siendo tragado por el Lago Xolotlán y todo un pueblo se debate entre la más dura situación que hemos enfrentado los nicaragüenses en la historia, (porque lo de Somoza fue una jugarreta comparado con esto), un “presidente” que “ganó” las elecciones con un 38 por ciento, gracias a otro de su misma promoción, se da el lujo de habitar en una mansión de más de una manzana de terreno, con todas las comodidades que sólo un jeque árabe podría darse, envía a sus hijos a estudiar al extranjero, (porque aquí la educación no sirve), gasta millones de dólares en rótulos autoaduladores y tarimas repletas de carísimas flores, cuenta con una flota de modestos Mercedes Benz, es dueño de los más lucrativos negocios establecidos en el país, y prepara a los suyos para celebrar con toda pompa el atropello cometido en contra del pueblo honesto en las pasadas elecciones municipales, etc., y en sus discursos se autoproclama pobre. Y sólo en esto último es donde el individuo tiene razón.
Porque él es un pobre hombre. Nicaragua merece vivir bien. Nicaragua es digna de lo mejor y eso, nos lo han arrebatado. ¿Qué esperamos para recuperarlo?
Ramón Pineda
El Muro de Berlín
Fui testigo de la ignominia. Fue en la madrugada de un domingo, cuando obreros de Berlín Oriental empezaron a construir el muro de la vergüenza, vigilados por cordones de la Policía y del Ejército Popular, con sus armas preparadas para sofocar toda resistencia o evitar todo intento de fuga del paraíso socialista. Frente a ellos la gente lanzaba gritos de impotencia; muchos sofocaban el fuego de su ira con lágrimas.
Después de levantar el muro que trinchaba la ciudad en dos, despedazando comunas, parroquias y barrios, vendrían las torres de vigilancia que aposentaban, día y noche, guardianes armados hasta los dientes, y también los reflectores, los perros caza-hombres y las minas…
En las primeras horas y días siguientes mucha gente se arrojaba desde sus habitaciones, ahora “fronterizas”, hacia el territorio de Berlín Occidental, con grave riesgo de sus vidas. Después tampoco eso sería posible, porque las puertas y ventanas fueron poco a poco emparedadas. Pero la desesperación acicateaba la imaginación y así se fabricaron los más inverosímiles instrumentos de fuga. Muchos consiguieron de este modo llegar al Berlín libre; otros fueron descubiertos y asesinados alevosamente.
Con el Muro de Berlín se completaba la férrea fortificación del gigantesco campo de concentración que fue la “República Democrática de Alemania”. En efecto, la mal llamada “República Democrática de Alemania” no fue otra cosa que una colosal mazmorra en la que pervivían millones de seres humanos, condenados a prisión perpetua por haber incurrido en el crimen de habitar en lo que había sido la zona y el sector soviéticos.
La RDA fue uno de los laboratorios del bloque soviético en el que se cultivaba el nuevo homúnculo socialista, bajo la celosa vigilancia del todopoderoso Estado. Los representantes del proletariado —sobre la base de las fórmulas de la ciencia marxista— prescribían soberanamente lo que se debía pensar, creer o sentir. Toda disidencia era considerada como un horrendo crimen. A fin de prevenir cualquier descarrío se multiplicaban los órganos de control. Los cientos de kilómetros de actas de la Seguridad del Estado ponen de manifiesto que el Estado totalitario penetraba hasta los más profundos pliegues de la conciencia de sus ciudadanos.
En el plano económico, la promesa de superar las deficiencias del capitalismo y de la economía de mercado social, desembocó en la creación de una frondosa burocracia estatal, opulenta, que administraba soberbiamente la pobreza de los proletarios liberados.
Ayer 9 de noviembre se cumplieron 20 años desde que el muro, casi milagrosamente, sin una gota de sangre, desapareció de la faz de la tierra. Berlín y Alemania toda han vuelto a ser territorios libres y respetados en el concierto de naciones europeas.
El ejemplo de Alemania debería servir de escarmiento a los que en nuestra América se obstinan en proponer como modelo a sociedades en las que la ley suprema es la voz de mando de caudillos fanatizados por las ideas inhumanas del marxismo-leninismo.
José Leopoldo Decamilli
Un buen nicaragüense
Es doloroso decir adiós a los amigos en este lugar, y decirlo a su padre es más. Pero teniendo fe en la resurrección del último día, Dios da fuerza y esperanza.
El pasado 11 de octubre del año en curso cumplió cuatro años de haber dejado físicamente este mundo el eminente doctor Justo Pastor Zamora Herdocia, ironía de la vida porque precisamente ésa fue la fecha de su natalicio.
Leemos en el Apocalipsis de San Juan: Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor, que, ya descansan de sus trabajos porque sus obras le acompañan. El doctor Zamora Herdocia, quien en el campo de la medicina se desempeñó con mucho atino, fue un insigne médico y un gran humanista.
El buen amigo, ingeniero Enrique Zamora Llanes, me comentaba que su padre dejó a sus descendientes la herencia de ser hombres y mujeres de bien, abonando de esa forma ser personas comprometidas con la bienandanza de nuestro país, desde sus profesiones.
Mi difunto tío, el ortopedista Alejandro Borgen, me refería en una ocasión que, de igual forma, el doctor Zamora siempre estuvo dispuesto a compartir sus vastos conocimientos con otros colegas que estaban realizando sus primeros pasos en esta especialidad, en el extinto hospital El Retiro.
Este galeno aun enfermo ejercía su profesión, siempre fue la estrella que guió a la familia, compuesta por su señora esposa, Carmencita Llanes, y sus hijos Enrique, Roberto, Lorena y Martha. Su ejemplo estará siempre presente en las personas que tuvimos la fortuna de conocerle.
Rindo mis humildes oraciones al Creador para que este buen nicaragüense viva en la espiritualidad feliz.
Aníbal Gallegos Borgen