La gente lucha como puede, pero lucha

La manifestación cívica —política pero no partidista— que se realizó el domingo pasado en Masaya, con el propósito de mantener viva la protesta contra el fraude electoral perpetrado en los comicios municipales del año pasado, demostró que no es cierto lo que se dice en algunos medios acerca de que los demócratas nicaragüenses no luchan como deberían luchar sino que están esperando tranquilamente que la comunidad democrática internacional les resuelva el problema del fraude manteniendo la presión al gobierno de Daniel Ortega con la suspensión parcial de la ayuda económica externa.

En realidad, sin haber sido multitudinaria, la marcha cívica de Masaya fue suficientemente numerosa y representativa de los diversos sectores políticos y sociales democráticos de Nicaragua, que no aceptan que los votos robados con el fraude electoral están robados para siempre. Por el contrario, la ciudadanía democrática insiste —ya sea de manera abierta o a sotto voce—, en la exigencia cívica de que se revoque el fraude de noviembre pasado y que se respete la voluntad popular electoral.

Para protestar contra el régimen autoritario de Daniel Ortega que está tratando de restaurar la dictadura en Nicaragua, no es necesario el desborde de la gente en las calles, ni desencadenar la violencia política, ni provocar una ingobernabilidad caótica en el país. Como tampoco hace falta que turbas de pandilleros y fanáticos orteguistas garroteen, apedreen, mortereen o que hasta maten a manifestantes pacíficos, para advertir que en Nicaragua se está imponiendo un régimen dictatorial, enemigo de la libertad y la democracia; y para saber que, si no se le detiene a tiempo, más adelante tendrá que ser derrocado de cualquier manera, pagando un precio muy alto, como ya se ha debido pagar en un pasado todavía muy reciente como para poder olvidarlo.

Todas las mediciones de opinión política pública demuestran que los nicaragüenses que quieren vivir en libertad y ser gobernados de manera democrática, son mucho más numerosos que aquellos que apoyan al gobierno orteguista y por ese misterio de la naturaleza humana que hace irracionales a muchas personas, quieren que se restablezca la dictadura en Nicaragua. Las cuatro elecciones nacionales realizadas en el país desde 1990 hasta 2006, demostraron convincentemente que los nicaragüenses demócratas son muchos más que los partidarios del autoritarismo orteguista. Y lo mismo han demostrado las otras elecciones que se han realizado en el país en ese mismo período, o sea las regionales y municipales.

Ciertamente, si Daniel Ortega pudo ganar la elección presidencial del 2006 a pesar de que su votación en las urnas fue otra vez minoritaria, eso fue posible sólo por la traición a la democracia que cometieron los que pactaron con el FSLN para reformar la Constitución y bajar el umbral electoral al 35 por ciento, a cambio de asegurar su participación minoritaria en el disfrute del botín del Estado; y además, ganó Ortega a pesar de que su votación fue sólo 38 por ciento, porque, como inevitable consecuencia del mismo pacto, las fuerzas democráticas en general y los liberales en particular se dividieron, y éstos presentaron dos candidatos presidenciales a las elecciones del 2006, en las que entre ambos sumaron muchos más votos que los conseguidos por Ortega.

Por otra parte, el año pasado, el FSLN de Daniel Ortega se apoderó de tres cuartas partes de todas las alcaldías del país, pero a la brava, no como resultado de la voluntad popular electoral sino por el escandaloso fraude mediante el cual fue invertido el resultado real de las votaciones; es decir, porque la cantidad de votos que los electores emitieron a favor de los candidatos democráticos, el Consejo Supremo Electoral se la adjudicó a los orteguistas; y al revés, los votos minoritarios que recibió el FSLN fueron asignados a la Alianza PLC.

La ciudadanía democrática de Nicaragua se encuentra por ahora en una situación que algunos sociólogos denominan como de “inconformidad larvada”. O sea que la gente está insatisfecha, pero aún no convierte esa inconformidad en acciones materiales de protesta. Sin embargo, con toda seguridad que tarde o temprano esa inconformidad larvada se convertirá en acción directa contra el régimen autoritario, fraudulento y corrupto. Así fue cuando el somocismo, lo mismo ocurrió con la primera dictadura sandinista, y será igual con la nueva dictadura, todavía en cierne, de Daniel Ortega.

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