Naturaleza. Escultura en bajo relieve. Miguel Ángel Abarca.LA PRENSA/U.MOLINA.

La Serpiente Egipcia

A las diosas impúdicas Hathora en pose analítica recorría visualmente la geografía de aquel ofidio humano, listo al acecho y a la vez suplicante del magma ardiente viviendo entre las piernas de Hathora. La cobra “encantada” emergía en lenta y enigmática danza desde su cesta refugio y cautiverio, acoplándose a la exótica melodía de una […]

  • A las diosas impúdicas

Hathora en pose analítica recorría visualmente la geografía de aquel ofidio humano, listo al acecho y a la vez suplicante del magma ardiente viviendo entre las piernas de Hathora. La cobra “encantada” emergía en lenta y enigmática danza desde su cesta refugio y cautiverio, acoplándose a la exótica melodía de una flauta traída por los vientos de Lejano Oriente.

Hathora, diosa de los Placeres Sangrados, se ensimismaba observándolo, mientras se remontaba a aquellos días ya casi olvidados donde ocurrieron los primeros encuentros con este tipo de criaturas.

La primera vez el susto fue escaso, pues pensó que era un choricito de Viena embutido lo que le quería enseñar su primo, pero la posición geográfica del choricito le dio sospechas y se fue corriendo. (La sorpresiva existencia de este producto alimenticio en las civilizaciones del Viejo Mundo fue confirmada muchos siglos después por estudiosos mitólogos).

Luego vino el desconcierto, cuando un vecinito le anunció con evidencia fidedigna que algunas víboras podían ser barbudas, pues él había visto la de su papá, el dios Amún.

En el segundo encuentro no logró verla ni confirmar lo de la barba, pues sólo sintió un objeto duro y animado que le rozaba la pierna mientras bailaba Eclipse total del corazón en una fiesta quinceañera, de aquellas que, para su descontento, terminaban a las ocho de la noche.

La curiosidad se acrecentaba cimentándose en teorías matemáticas, físicas y bioquímicas del desempeño de dicho reptil, por lo que decidieron entre sus amigas más cercanas que cuantificaría y calificaría los encuentros venideros con estos seres, y deshacerse por lo tanto de cualquier dato empírico.

El anonadamiento le quitó el sueño cuando, contra toda explicación lógica, Isis le informó que las serpientes podían no sólo amansarse, sino saborearse, como las manzanas acarameladas que vendían en la entrada del templo Solar de Nyuserra Ini en Abusir, durante la época de ferias.

Entre algunos reportes memorables estaba el de aquella que en vez de serpiente parecía elefante, no sólo por lo robusta, sino también por lo tosca y falta de gracia.

O las “Pantene”, a como se les bautizó a aquellas que no duraban en el ataque más de 3 minutos, en honor al tratamiento acondicionador del mismo nombre. (Razón por la cual todas las estatuas y jeroglíficos egipcios tienen el cabello lustroso y bien peinado).

También estaban las “Gonzo”, similares a la nariz de dicho carácter en Plaza Sésamo; éstas podían ser izquierdistas o de derecha, por lo que se les denominaba Gonzo proletarias o Gonzo Club Social. Una de las más traumáticas de encontrar eran las “Baby Mennen”, que contradecían la errónea teoría de que “como es el niño es el juguete”, o cualquier otra teoría asociada con el tamaño del calzado. Uno de los elementos premonitorios y sospechosos del potencial encuentro con una de las “Baby Mennen” era el intenso y exagerado uso de apéndices accesorios, tales como manos y lenguas. Por lo cual se hizo regla pasarles control de calidad al primer indicio de sospechas.

Este control riguroso también se les aplicaba a las “Anoréxicas”, cuyo descubrimiento contribuyó a destruir el famoso mito adjudicado a las víboras africanas. El desencanto era mayor si se cazaba una de las “Hechizas”, que aparentaban una cosa, pero se sentían como otra.

Uno de los encuentros más satisfactorios era con las “cerraduras Yale” —éstas calzaban perfectas, hechas a la medida—, o con las “Eveready” (pilas del conejito), que no importaba ni la hora, ni cuántas horas. Si por suerte se encontraba una combinación de las dos anteriores, era necesario introducirla en el registro de la fama. La información recopilada era analizada y computada, pues en más de una ocasión, debido a la escasez de especímenes, era necesario re-usar y compartir estas criaturas.

Por fin, saliendo de su ensimismamiento, Hathora escuchó que en un lenguaje extranjero la serpiente egipcia clamaba su nombre. Hathora, sonriendo mientras se acercaba a la portentosa silueta erecta, consideró que la altitud, cuello, cabeza y estirpe de la misma, la convertían en aceptable trofeo de cacería, y por lo tanto la consideró merecedora de penetrar en los oscuros placeres de su selva en llamas; total, si no era a platicar que iban.

La Prensa Literaria

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