Sergio Ramírez Mercado recrea el mundo de la delincuencia en su reciente novela, El cielo llora por mí.
Mafia, narcotráfico, delincuencia y crímenes son las historias que el inspector Dolores Morales y el inspector Lord Dixon tienen que armar a partir de la aparición de un yate abandonado en Laguna de Perlas, en el Caribe nicaragüense, una ballena grande, muy elegante, abandonada cerca de la comunidad de Raitipura, en la desembocadura del caño Awas Tingi.
Las únicas pistas para los detectives son un libro quemado y una camiseta ensangrentada, cien mil dólares y un vestido de novia.
A medida que los investigadores van descubriendo, hay asesinatos.
Managua también es uno de los personajes principales, vive y respira el mundo de las intrigas y aventuras de las mafias. Sus personajes se comunican con un lenguaje sencillo, callejero populacho, que le imprime un carácter más humano en la voz de doña Sofía, afanadora de la Policía.
Una novela policíaca donde el narcotráfico es el leit motiv, pero advierte, no es al estilo de Miami Vice, con balazos y persecuciones. Aquí lo interesante es la construcción cerebral de las hipótesis lógicas que los policías hacen acerca de los hechos con los pocos indicios que tienen, de manera que sea la realidad la que se empareje con las hipótesis.
Las novelas se alimentan de lo que su autor vive, lee e imagina. ¿De qué recursos se valió para crear esta historia policíaca donde aborda el mundo del narcotráfico?
Del nuevo escenario que se presenta en Nicaragua a partir del narcotráfico, que usa al territorio nacional como un puente natural para el trasiego de la droga desde Colombia hacia México; eso hace coincidir los intereses del cártel de Cali, el más activo y poderoso de Colombia, con el cártel del Golfo y el del Pacífico, en México. De modo que no es extraño imaginar la reunión clandestina de capos de esos cárteles aquí, para arreglar sus negocios, que es adonde va a dar la trama de El cielo llora por mí.
Las novelas siempre son retos, pero en ésta, ¿cuál fue su principal?
Articular las hipótesis sucesivas que mis personajes, el inspector Dolores Morales y el inspector Lord Dixon, auxiliados por doña Sofía y por Fanny, se van planteando para desenredar la madeja del caso que tienen entre manos. No puede fallar en darle congruencia a esas hipótesis que ellos formulan, no puede haber contradicciones, y tampoco puedo permitir que el lector se ponga un paso delante de mí, y que sepa lo que todavía no debe saber. Es un desafío constante, porque se trata de un caso que los policías y sus ayudantes resuelven primero en la cabeza.
Le han llamado la atención las historias de crímenes e investigaciones policíacas. Antes lo había hecho con Castigo Divino, ahora con El cielo llora por mí. ¿Qué distancia a una de la otra?
Que El cielo llora por mí es una novela policíaca de pies a cabezas, está concebida como tal, mientras Castigo Divino puede leerse de diferentes maneras. Pero aquí actúa una pareja de policías profesionales, que un día fueron guerrilleros, y frente a un mundo minado por la corrupción, se arman de sus viejos principios. Son extemporáneos, lo saben, y se defienden con humor negro, de ese humor negro de las novelas policíacas.
La muerte es casi siempre el pasajero de al lado. ¿Esta historia nos acerca en lo que se ha convertido Nicaragua sobre todo con la violencia en las calles, los robos, la impunidad y las violaciones a los derechos de las personas?
Managua actúa como personaje de esta novela, la Managua literaria que yo creo a partir de la Managua real; la mía es el espejo de la otra, la ciudad que aún sobrevive al terremoto que la reventó, la expulsó de su centro, la dispersó, y la volvió una urbe llena de miseria, de marginados y de falsos esplendores. Vicio, crimen, narcotráfico, todo anda subterráneo, pero también está en la superficie. Y la violencia reina sin corona, turbas, pandillas. Ésa es la Managua que el inspector Morales ama y padece.
Esta novela es la crónica de la Managua actual. La describe con sus avenidas y gente. ¿Qué reflexiones le originó conocer más la ciudad?
Es una ciudad que fotografío con la mirada cada día, luego cierro los ojos, y la reconstruyo en mi memoria y en mi imaginación. Cuando describo la ciudad en El cielo llora por mí, es como si utilizara una cámara de video al recorrer las calles, al meterme en sus vericuetos, en los barrios, en los pequeños hoteles, como el hotel Lulú, donde ocurre uno de los crímenes de la novela, la Carretera Sur, la Carretera Norte, las ruinas del viejo centro. Es la Managua viva, donde vivo.
Usa un lenguaje muy coloquial, muy nicaragüense. Sobre todo cuando personajes marginados salen a escena, es el caso de doña Sofía, afanadora de la Policía, que con su experiencia de la vida y observación llega a conocer sobre cómo descubrir los crímenes.
Gozo mucho reproduciendo ese lenguaje, que es el de todos. Siempre me ha resultado curioso que en Nicaragua todos usamos el mismo lenguaje, los mismos giros, las mismas groserías y malas palabras, el mismo tono un tanto gritón, no importa cuál sea la clase social. Eso no lo veríamos jamás en Perú o en Guatemala. Entonces el inspector Morales, su amante la Fanny, doña Sofía, la evangélica a muerte, usan todos el mismo lenguaje que vos y yo.
En la historia crea a un detective femenino. ¿Es una reivindicación de la mujer policía?
Doña Sofía es afanadora de la Dirección Antinarcóticos, y es una detective aficionada que se entrena leyendo novelas policíacas. A veces les gana en perspicacia y agudeza al inspector Morales y a Lord Dixon, que son los detectives profesionales, lo mismo que la Fanny, que también, a su modo, tiene una inteligencia natural para ver los crímenes. Pero hay un personaje que no es detective, pero sí policía de alto rango, La Monja, que es uno de los que construí con mejor gusto.
El inspector Dolores Morales, el viejo guerrillero convertido en policía que va tras los narcos, que perdió una pierna en la guerra y vive solo en una vieja casa, es un héroe anónimo. ¿Es un reconocimiento a esos policías que luchan contra la delincuencia?
Son policías de una vieja moral, te decía, que a muchos les parece ya obsoleta. Tienen ética. Y alguien podría preguntarle: ¿Y eso, con qué se come?. Hay muchos como él en la Policía. Todavía hay muchos como él, pero ya entran en la cincuentena, o salen de ella, una generación que se va acabando.
En este thriller son cuestionados los políticos y el poder. ¿Es una especie de protesta contra los corruptos?
Hay que preguntárselo al inspector Morales y a Lord Dixon, su compañero de aventuras. Ellos ven el poder de manera muy crítica, se burlan de los personajes del poder, de sus extravagancias, de su cursilería. Es a través del ojo de ellos que vemos al país moderno, el país de los pragmáticos, de los arribistas, de los jueces venales. Y de los que colaboran con los narcos, allí está el ejemplo de Giggo, ese personaje de la vieja burguesía, un decante aprovechado.
¿Cuál cree que es el gran reto de la novela policíaca o novela negra?
Luchar con el lector, como Jacob hizo con el ángel. Lucharon toda la noche, dice el Antiguo Testamento. Eso quiere decir que ninguno de los dos se durmió, y que la pelea fue tensa, ambos estuvieron alertas. Así es la lucha del escritor con el lector. Y peor. Porque si el lector se duerme, el escritor, aunque vele, pierde la partida. Si uno como escritor logra mantener desvelado al lector, triunfa.
¿Es doloroso ver a Nicaragua como un puente al narcotráfico?
Es doloroso, pero inevitable. Somos un puente natural, un puente maldito, pero lo somos. Lo importante es dar la pelea y no dejarse arrebatar el territorio ni las instituciones. Cuando los narcos se apoderan de un país, se apoderan de todo. Y allí es el sálvese quien pueda.
Con humor e ironía, Sergio Ramírez cuenta la historia de bandidos, narcos y policías a partir de una lancha abandonada en Awas Tingi en el Caribe nicaragüense