Me detuve a la orilla de la fuente en el centro del parque, tomé agua de la pila sucia y mohosa y me metí en ella a bañarme. De repente me salí con la ropa empapada y puse la pana con la que acababa de echarme agua a la vista de todos los que me estaban viendo y les pedí que echaran en ella dinero, lo que fuera la voluntad de cada quien, y yo a cambio les iba adivinar el pensamiento. La petición tuvo eco: la pana pronto se llenó de monedas. Procedí entonces a pedirle a uno de los presentes que por favor pensara en cualquier cosa que se le ocurriera, y ya le estaba diciendo a otro que pensara en un oficio que fuera común en los hogares cuando, de los alrededores del parque, el conductor de un taxi se detuvo, salió y se desplazó hacia donde yo estaba.
¿Usted es el candidato?, me dijo acercándoseme.
Yo lo quedé viendo.
Que si yo soy , ¿cómo dice que dijo?
El taxista retrocedió como si mis palabras lo hubieran empujado y salió corriendo por donde había entrado; y ya para entonces los dos hombres, a quienes les dije que pensaran estaban levantando la mano para que yo procediera a adivinarles sus pensamientos.
Sí, gritaron unos. Que les adivine ya.
Sí, gritaron otros. Para eso le llenamos la pana de monedas.
Yo no hallaba qué hacer. Los gritos y amenazas se iban incrementando contra mí. Pensé en escapar, pero el gentío me rodeaba cerrándome el paso y los mendigos y huelepegas ya comenzaban a lanzarme piedras. Dos policías se aparecieron de pronto y me quisieron sacar a la fuerza para que no me lincharan, pero yo habiendo cambiado de opinión no dejé que me sacaran: ciertamente, se me habían olvidado los trucos que había que hacer para adivinar los pensamientos y estaba haciendo un gran esfuerzo mental para recordarlos, aquellos trucos que me había enseñado El Mago para que les adivinara a mis compañeros del Batallón 80-11 en los momentos de descanso en la montaña.
La cosa es sencilla me decía El Mago. Siempre y cuando no te falle la memoria.
¿Y si me falla?
En ese caso me volvía a decir El Mago tenés que pensar en alguien cuyo olvido pudiera estar dañando más que el tuyo a la gente y decirles quién es o quiénes son.
¿Y eso para qué?
Para que no te linchen
Los policías no dejaban de ponerme nervioso con la necedad de que si no salía por las buenas me iban a sacar a las malas, pero yo que estuve muchos meses acostumbrado a tratar con gente de toda calaña y a que me lanzaran balas en vez de piedras en los enfrentamientos, por supuesto que nada me asustaba. Los policías querían cumplir con su deber, y estaba bien, pero yo no quería evitar ser linchado con la ayuda de ellos, sino con la ayuda de mi amigo El Mago. Era un capricho mío: si yo estaba fallando El Mago no fallaría. Mi confianza en él era absoluta. Él era el maestro y yo el aprendiz. Él me salvaría. Pero la cosa no era así por así. Necesitaba decirles quién era la gente por cuyo olvido estaban perdiendo más que una simple pana con monedas que me habían dado. ¿Quién, Dios mío, era esta gente? No podía dejar pasar el tiempo sin ton ni son. Una piedra bien dada en mi ser bastaría para mandarme al panteón. ¿Por favor qué gente?
De pronto mis ojos se fijaron en una propaganda política puesta en una manta con la figura de uno de los candidatos a las próximas elecciones y dije: aquí está lo que buscaba, gracias, Señor, que me has iluminado.
Señores y señoras dije entonces a los que me apedreaban a quien hay que linchar no es a mí, sino a los políticos que olvidaron el séptimo mandamiento de la ley de Dios: ¡No robarás!
Esperando ver qué reacción tenían estas palabras en mis agresores, guardé silencio, y al instante dejaron de apedrearme. Gracias, Mago, dije entonces: ya no me van a linchar. Pero en ese instante oì una voz.
Ahora dijo la voz para ser consecuente con tu discurso y no pasar por alto el mandamiento al que estás haciendo mención lanzale las monedas de la pana por encima de sus cabezas para que vean que sos honrado.
Y así lo hice:
Yo devuelvo lo que no es mío dije lanzándoles las monedas. No soy ladrón.
En eso estaba cuando apareció de nuevo el taxista.
Es el candidato ideal dijo señalándome con el dedo. ¿Lo elegimos como nuestro candidato?
Enseguida sentí que las mismas manos que antes me habían escapado de linchar me levantaron en hombros y me pasearon por las calles gritando.
¡Que viva el candidato!