- Arquitecto, restaurador, pintor y artista gráfico. Se inicia en la típica tradición artesanal oaxaqueña y ahora expone en el Convento San Francisco, de Granada, hasta el próximo 16 de enero, en una muestra de seres míticos y mágicos
Carnaval interminable
Luis Carlos Emerich
Rolando Rojas interpreta literalmente algunas de las metáforas recurrentes en la pintura oaxaqueña, es decir, conforma con tierra verdadera lo que fue simulación de texturas terrosas, asume la superficie pictórica como un plano matérico, prescinde de toda ilusión de profundidad que no sea puramente cromática, despoja la imagen de implicaciones simbólicas para resaltar su cotidianidad y su inmediatez, sintetiza la figura humana como un módulo repetitivo, de identidad tan mutable como lo requieran sus sinuosas funciones, y deja que el fuerte colorido (donde predominan el azul añil, los sienas y los rojos quemados tan irrehusables como la propia idiosincrasia) proyecte anímicamente su intención lúdica, celebratoria, de lo rural como una suerte de carnaval interminable.
Su pintura está proponiendo un ideal bucólico, una poética pastoril cuya aparente ingenuidad no logra encubrir sus componentes eróticos, puesto que el ritmo es su motivación principal.
El deseo visible
Rita Eder
El mundo oaxaqueño, por lo menos en pintura, aparece como una ecuación de correspondencias en el que las formas y los conceptos se tocan, se replican y se alcanzan en el juego, en el humor y en la expectativa del deseo visible, en la inestabilidad y en la energía de sus composiciones.
Rojas cultiva el color y la fábula, las langostas y libélulas de largas y delgadas patas se mueven entre áreas y formas sólidas, interferidas por la gracia y el salto de insectos de incisivas colas y elaborados plumajes. Arquitecto primero, sus cuadros tienen un orden constructivo que permite desarrollar composiciones en grandes formatos, difíciles, por cierto, en la medida en que presentan problemas de acabado y colocan sobre la mesa la problemática de las tensiones entre forma y lugar.
La pintura de Rolando Rojas presenta tres retos a resolver: por un lado, la relación entre lo mítico y lo cotidiano; por otro lado, las tensiones entre lo orgánico y lo constructivo y, finalmente, su voluntad de transformar vocabularios establecidos en el ámbito de la pintura oaxaqueña, cuyo éxito de mercado plantea la necesidad de reinventarse antes de transformarse en academia. Ante este problema, el interés o explotación de lo temático se traslada a innovaciones y propuestas en términos de soporte, tamaño e implicaciones teóricas de la verticalidad-horizontalidad.
El espejo, el artista, el enigma
Fernando Solana Olivares
La obra pictórica de rolando Rojas corresponde a una dualidad paradójica en la que la representación directa, el mostrar, se funde con su contrario, el ocultamiento de la abstracción, y da origen a una iconografía fantástica donde el único predominio es el de la imaginación estética: no es del todo como el mundo se percibe externamente, pero tampoco deja de ser el mundo como se percibe desde el exterior.
En su sorprendente obra parece sobresalir una nueva lectura de alfabeto visual típico de mucha de la pintura oaxaqueña de nuestros días, como si fuera una ruptura producida desde el corazón de la cromática, la técnica y la morfología que la han distinguido hasta ahora.
Con la obra de Rolando Rojas se anuncia un cambio en géneros pictóricos cuya insistente repetición amenazaba convertirlos en un complaciente y lucrativo costumbrismo. Es una forma de advertir la llegada de otro momento, la posmodernidad, donde todo debe mezclarse con todo: el espejo, el artista, el enigma y la solución.