Ernesto González Valdés

Queda claro que al joven no se le puede llevar de la mano y dejarlo a la entrada de su recinto ¿Quién aconseja a los estudiantes en la universidad? Hace un buen rato quería escribir acerca de este tema, que aunque lo he tratado desde otros puntos de vista, realmente me preocupa siempre, dada la […]

Queda claro que al joven no se le puede llevar de la mano y dejarlo a la entrada de su recinto

¿Quién aconseja a los estudiantes en la universidad?

Hace un buen rato quería escribir acerca de este tema, que aunque lo he tratado desde otros puntos de vista, realmente me preocupa siempre, dada la necesidad de atender a nuestros estudiantes (y no sólo en la universidad, a pesar del título de la columna de hoy), de orientarlos, qué hay que hacer, por qué no lo haces, cuáles fueron tus resultados, qué criterios vertiste ante el problema presentado, etc.

Lo anterior implica que nuestros jóvenes actuales ¿andan desorientados? Son muchas las ocasiones en que los padres y madres alcahuetas solemos “chinear” a nuestros hijos, no dándonos cuenta de que crecen y un buen día debemos soltar “la rienda”, a pesar de que aún no son suficientemente maduros y responsables.

El hecho de graduarse del bachillerato en muchos casos con 16 ó 17 años, casi “tiernos”, y salir a un mundo más complejo, ausentes de uniformes, de un bus que ya no los lleva y los trae, de papá o mamá que ya no los deja en la escuela bien temprano, ni los pasa recogiendo.

Por otra parte, suele debilitarse el seguimiento de los padres al hijo; no le preguntan cómo va con sus resultados académicos, culturales o deportivos. Muéstrame el boletín de notas (que no existe un boletín como tal, pero sí al menos un historial o expediente académico que puede solicitarse en el registro de la universidad), a qué hora llegas a casa, por qué tienes que regresar a la universidad en la tarde. Todo esto y más prácticamente se pierde, lo cual provoca que el estudiante pase a “la orfandad”.

La problemática está en qué hacer y cómo hacerlo. Queda claro que al joven no se le puede llevar de la mano y dejarlo a la entrada de la universidad, como suele hacerse tradicionalmente en el instituto, y de paso también muy común acercarse al docente guía, para que le indique cómo va en las clases, al menos en pocos minutos.

En nuestras universidades no suele establecerse profesores guías, fundamentalmente para que orienten al estudiantado, además de darle seguimiento al comportamiento de sus resultados académicos, participación en las actividades deportivas y culturales, y otras; lo que es un punto en contra que debilita la formación en valores, por supuesto de lograrse en los subsistemas de educación anteriores (enseñanza básica y media), sumándole a lo anterior el bastión donde educar en valores y que le corresponde fundamentalmente a la familia.

Por todo lo dicho, sería un gravísimo horror el considerar que nuestros estudiantes arriban al recinto universitario de forma impecable, en cuanto a conducta, disciplina, actitud hacia el estudio, valores académicos, etc.

Hay universidades que suelen solucionar —al menos parcialmente— la atención al estudiante, cuando tiene problemas (quién no los tiene cuando entra a la universidad por primera vez, como si fuese el personaje de Caperucita Roja en el bosque) con un departamento de consejería estudiantil. La duda: ¿dará abasto?

No obstante, independientemente de la edad del joven, y no sólo para los nuevos, sino incluso para aquéllos que están por licenciarse, los padres y madres deberán conocer de forma sistemática el comportamiento de sus hijos, más cerca o menos lejos, no importa, y que en la medida en que reflejen sensatez, responsabilidad, buenos resultados, entonces “las riendas” podrán ser un tanto estiradas.

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