El día que me preguntaron si conocía Wiwilí creo que hasta me brillaron los ojos. A pesar de que nunca había puesto un pie ahí, tenía una imagen creada que debía confirmar. El Wiwilí que me imaginaba era aquél que mis profesores de primaria decían que estaba rodeado de montañas cubiertas de pino. Naturaleza abundante. Muchos ríos. El momento había llegado, pronto estaría a 300 kilómetros de la capital, navegando por el famoso Río Coco.
Aceptando la invitación del movimiento Rock Nica Ecológico, un grupo de 17 personas partimos un viernes a las 10:00 de la mañana hacia Wiwilí. Cuando llegamos a nuestro destino ya era de noche. Las calles de este Wiwilí, el que está del lado de Nueva Segovia, se iluminaban con la luz tenue de las casas. El otro Wiwilí está del lado de Jinotega, le llaman Jinoteguita. Lo único que los divide es el río.
Esa noche, después de la primera parte de la tarea de sensibilización sobre la situación ambiental, un par de vídeos proyectados sobre el manejo de la basura y el cuido de la naturaleza, algunas mazurquitas y unos cuantos sones nicas interpretados por los músicos en una escuelita, donde los esperaba un público de más de 200 personas, nos fuimos a acampar en la ribera del Río Coco en una extensa costa de piedras y tierra.
Pero fue hasta el amanecer que logramos ver el Wiwilí de ahora. Después de más de sesenta años de explotación maderera en la zona, ya no hay bosque, sólo un montón de cerros cafés, del color de la tierra. El panorama es impactante. El nivel del río estaba tan bajo que los lugareños podían cruzarlo a pie o en bicicleta. Las quemas agrícolas han aportado un matiz negro cenizo sobre las montañas. Ya no queda nada de aquel Wiwilí verde, descrito por mis maestros de primaria. Aquel Wiwilí donde el general Augusto C. Sandino estableció las primeras cooperativas de campesinos desmovilizados, allá por 1933; y escarbando más en el tiempo, aquel Río Coco caudaloso, por el que se dice transitaron piratas en busca de oro.
La tarea de sensibilización de los rockeros ecológicos se extendió hasta el poblado del cerro Banacito. Para poder llegar hasta ahí debíamos tomar un cayuco y navegar por lo que queda del Río Coco. Por esos días de fines del verano, el caudal se encuentra en su nivel más bajo, tanto así, que para lograr embarcarnos tuvimos que trasladarnos en vehículos hasta un punto llamado Las Piedras. Luego de casi una hora de camino, llegamos. Se negociaron las tarifas y se encendieron los motores que al final del viaje creí innecesarios.
En un extremo del cayuco dos hombres ayudados con un par de palos hacían que el bote esquivara las piedras y los innumerables bancos de arena que tiene el río. Pero los dos hombres no fueron del todo suficientes. El bote quedó pegado más de diez veces y la tripulación debió bajar y empujarlo hasta alcanzar un sitio con un caudal considerable, para encender nuevamente el motor y tratar de continuar.
En el Wiwilí de ahora sólo quedan algunos árboles que de seguro pronto serán derribados. Donde antes hubo agua y bosque en abundancia, ahora sólo hay piedras, cerros pelones y mucho polvo. Pero lejos de asombrarme, platicando con un poblador de Banacito, ese paisaje triste ya es algo normal para la gente del lugar y se consuelan con decir que es verano y que “cuando entra el invierno el río vuelve a crecer”.
Cuando la gente se acostumbra a vivir en determinadas condiciones, todo le parece normal. Creo que eso ha ocurrido aquí. La gente se ha acostumbrado a vivir de la tala de árboles y la venta de leña, pero no ha aprendido a regenerar el bosque. Ahora no tienen árboles que cortar. La tierra que queman en cada período de cosecha también está dolida. Tampoco les quedan muchos ríos. Y aún así, eso les parece normal.
Se dice que la explotación de la madera en esa zona inició en la década de 1940. Han pasado casi setenta años y el paisaje ha cambiado drásticamente.
En la capital ya han caído las primeras lluvias. Quizás por aquella zona de Wiwilí haya ocurrido lo mismo. Quizás el “majestuoso Río Coco” esté volviendo a cubrir con sus aguas la ancha costa de tierra y piedras. Hasta ahora ésa es la única esperanza de los habitantes del Wiwilí de Nueva Segovia.