Fue una especie de deja vu incómodo. La segunda entrega de Las Crónicas de Narnia me produjo el mismo efecto que la primera y tengo que ser honesto: no me acostumbro a ver en pantalla a adolescentes pasando por el filo de su espada a los malos en aras de la liberación de un reino mágico. No me gustó ese aspecto de la primera, con todo y la novedad, y al ver la secuela me di cuenta que la sensación no ha cambiado.
La trama es simple. Los cuatro reyes de Narnia viven con normalidad en el Londres de la Segunda Guerra Mundial. Sólo ha pasado un año desde que el mágico ropero los transportó por primera vez a Narnia. Pero en este reino ha transcurrido un milenio. Era de esperarse que en ese lapso las cosas no serían igual a como las habían dejado. Por eso son llamados nuevamente para salvar al reino de la extinción y de paso ayudar al príncipe, con el que se nombra la película recuperar su trono arrebatado por su conspirador tío.
Desconozco la literatura narniana surgida de la mente de C.S. Lewis, pero lo que se ve en pantalla no transmite esa sensación épica que convertirá en clásicos del cine fantástico las tres entregas de El Señor de los Anillos que dirigió Peter Jackson.
Algunos aspectos de la película son rescatables positivamente, como la actuación del reparto en general. Personalmente me resultó refrescante ver al actor mexicano Damián Alcazar (La Ley de Herodes) como un intrigante y oportunista villano. A la vez, esta segunda entrega del mundo de Narnia exhibe algunos personajes particularmente perturbadores, como un ratón que luego de burlarse por la cara de sorpresa de sus enemigos al verlo en la primera línea de batalla, les rebana el cuello.
Pero no se asusten ni piensen que van a tener que tapar los ojos de los niños que lleguen a ver esta cinta. Los estudios Disney se preocuparon por estos detalles. Decenas mueren en esta cinta víctimas de golpes de espadas, hachas, mazos, flechas y cuanta arma blanca se le ocurra. Pero el espectador lo más que verá serán unas gotas y algunas manchas de sangre.
Debido a que esta película no busca que la señalen de afectar las mentes del público adolescente al cual va dirigida, omite mostrar heridas y expresiones de dolor o sufrimiento. La verdadera magia en esta cinta radica precisamente en mostrar la guerra como juego para niños, justificada para salvar una fantasía, minimizando la trágica realidad de que en cualquier conflicto bélico nadie resulta ganando.