La meta de toda escuela y de toda verdadera universidad es equipar a los estudiantes con herramientas que les ayuden a pensar con creatividad e independencia pero no hacer de ellos pericos que repitan consignas o monos que imiten los gestos de los políticos en el Gobierno. Esto último es lo que Hugo Chávez pretende hacer en Venezuela a través de la ideologización de la educación. La práctica no tiene nada de nuevo ni de creativo. Los viejos regímenes del extinto bloque socialista hicieron lo mismo a principios del siglo pasado. Y también Cuba y el nefasto gobierno sandinista de los ochenta en Nicaragua, en el cual se enseñaba a niños pequeños a sumar y restar utilizando dibujos de fusiles AK 47. La meta de fondo era utilizar la educación para hacer propaganda política a favor de un proyecto político, inculcar su ideología y garantizar su perpetuidad. Marx decía: “Los hombres, que conforman sus relaciones sociales de acuerdo a su método material de producción, también conforman ideas y categorías. Es decir, la expresión abstracta, ideal de esas relaciones sociales”. Sobre este principio, el Estado marxista convirtió el sistema educativo en su instrumento de reproducción ideológica. Era, pues, de esperar que Chávez invocara la filosofía de la educación marxista para fomentar la perpetuidad de su régimen y de su persona en el poder. Así como Fidel Castro ha manipulado el sistema educativo de su país a su favor desde que asaltó el poder político hace casi medio siglo, Hugo Chávez hará exactamente lo mismo porque es una caja de resonancia del dictador cubano. Por lo demás, el resto del discurso chavista sobre “educación liberadora” y bla, bla, bla son puras pamplinas.
El Ministro de Educación, Adán Chávez, hermano de Hugo Chávez (a propósito del nepotismo como forma de corrupción), dijo que los nuevos libros de texto “ayudarán a educar al nuevo ciudadano”. ¿Suena familiar lo de “nuevo”? Desde luego que el proyecto de lavado de cerebro que Chávez pretende imponer en Venezuela ha encontrado alguna resistencia. Sin embargo, es muy poco lo que los dueños de centros privados pueden hacer ante un dictador dispuesto a utilizar todos los medios coercitivos a su alcance para doblegar a los que se opongan. A finales de septiembre, desde su programa Aló, Presidente, Chávez amenazó a directores de escuelas y rectores de universidades con mandarlos a la cárcel si se “se ponen muy bravos y se resisten”. “Escuela que no cumpla, ¡nacionalícese! Universidad que no cumpla, ¡nacionalícese!”, arengó Chávez quien, además, anunció que el proyecto se echará a andar a finales del presente año escolar y que habrá inspectores que visitarán escuelas y universidades para garantizar que se cumpla con los lineamientos oficialistas.
El autoritario Presidente de Venezuela justifica esta medida argumentando que el papel del Estado como regulador de la educación es algo aceptado universalmente. Pero en esto también es manipulador porque su afirmación es sólo parcialmente correcta. Es verdad que hay necesidad de que el Estado regule la educación para que se mantengan buenos niveles de calidad y se prevengan o corrijan abusos. Ciertamente que la educación privada en América Latina ha dejado mucho que desear en los últimos años. Muchas instituciones educativas funcionan simplemente como negocios cuya meta principal es hacer dinero. En consecuencia, aumentan arbitraria y desproporcionadamente los aranceles, solicitan cuotas especiales para un sinnúmero de actividades extracurriculares, fomentan la corrupción en el sentido de que hay profesores que venden notas e, incluso, diplomas. A nivel superior proliferan “universidades de garaje” o “de patio”. Alguien alquila una casa de varios cuartos, pone un rótulo al frente y comienza a recibir estudiantes sin contar con una biblioteca ni con profesores calificados. Anomalías como estas, desde luego que deben ser reguladas por el Estado pero esto no tiene absolutamente nada que ver con utilizar el sistema educativo como plataforma político-ideológica.
El “nuevo ciudadano” que pretende fabricar Hugo Chávez con sus “nuevos textos escolares” es un mito, una falacia, una expresión reincidente de la soberbia humana, pues, el mandatario venezolano implícitamente pretende erigirse él mismo como paradigma, como modelo. Pero, ¿exactamente qué parte de su carácter o de su comportamiento quisiera Chávez que imitaran los niños y jóvenes venezolanos?