El hecho que un presidente sea muy popular —tan popular que la gente no quiera que se vaya— y que su gestión haya sido exitosa, no justifica su permanencia indefinida en el poder. Sin embargo, esa es la tendencia de muchos políticos no sólo en América Latina sino también en Rusia. El presidente Vladimir Putin dijo hace unas semanas que la propuesta de que él sea Primer Ministro, luego de concluir su período presidencial el próximo año, es “totalmente realista”. Y la verdad que jurídicamente hablando, esta posibilidad es totalmente realista. La Constitución rusa otorga al Presidente la facultad de nombrar al Primer Ministro, con la ratificación del Parlamento. El partido de Putin es mayoría en el Parlamento y él mismo es tan popular que sus deseos serán órdenes para los parlamentarios. El mes pasado Putin nombró como Primer Ministro a un viejo conocido suyo, Victor Zubkov. Se rumora que Zubkov será el candidato presidencial de Putin. El plan es que, una vez allí, Zubkov postule al actual presidente ruso como Primer Ministro para que siga dirigiendo desde esa posición los hilos del destino de la Rusia. Concluido el período presidencial de Zubkov (2008-2012) —o cualquier otro pelele— Putin optaría de nuevo a la Presidencia, pues la Constitución rusa prohíbe más de dos reelecciones consecutivas pero no una tercera candidatura no consecutiva. Putin, incluso, podría optar a la Presidencia si el nuevo presidente renunciara por cualquier causa.
Esta aparente jugada del ex KGB en el Kremlin es vista con preocupación por Estados Unidos y los gobiernos europeos pues dejaría entrever que lo que mueve al actual Presidente ruso no es el bienestar de su país y el desarrollo de la democracia sino su ambición personal de poder y control. El consenso internacional es que la continuidad de Putin en el gobierno sería un traspié para el accidentado proceso de democratización en ese país. El presidente ruso dijo que no impulsaría una reforma constitucional para buscar una tercera reelección consecutiva; muchos creyeron en su buena fe pero es evidente que tenía una carta escondida debajo de la manga. Él sabía que no necesitaba reformar la Constitución para seguir mandando en Rusia y si concretiza sus pretensiones, pasará a la historia como un político autoritario más que habiendo probado las mieles del poder, se negó a renunciar a él y estuvo dispuesto a todo para conservarlo.
Hay quienes defienden las aspiraciones de Putin argumentando que Rusia necesita una figura fuerte como la de él para mantener la estabilidad política en el actual proceso de transición. Sin embargo, como han señalado muchos analistas, lo que garantiza la democracia no es la presencia de figuras caudillescas sino el establecimiento de instituciones sólidas, el imperio absoluto de la ley y el respeto a los derechos humanos. Putin podría morir hoy o mañana pero las instituciones —si son fuertes— permanecen. Por lo tanto, por amor a su Patria y al futuro de sus conciudadanos, el presidente ruso debería renunciar a sus aspiraciones personales y romper el eslabón que de otra forma lo uniría con las dictaduras que han imperado en Rusia desde los tiempos de los zares. Lo peor que le puede pasar a Putin —y a Rusia y a cualquier político— es creer que su país no puede salir adelante sin él. Lamentablemente, este presidente últimamente exhibe un autoritarismo notorio. Muchos de sus críticos han sido encarcelados y asesinados. Los medios de comunicación permanecen bajo continuo acoso e intimidación y su actitud hacia países vecinos ex miembros del bloque soviético es arrogante e, incluso, agresiva.
No es posible analizar la movida del presidente ruso sin relacionarla con las aspiraciones de otros “socialistas” en América Latina como Hugo Chávez y Daniel Ortega los cuales en vez de usar su gestión para sentar un ejemplo de desarrollo en democracia, viven obsesionados con el poder y buscan cualquier subterfugio que les permita seguir sentados en el trono. Es precisamente esto lo que está detrás de la intención de cambiar el sistema político nicaragüense por medio de reformas constitucionales. Mientras los políticos del mundo hacen malabares para seguir enquistados en el aparato gubernamental, los pobres siguen esperando que alguien se interese en ellos más allá de las consignas.