- Desde hace un tiempo Ricardo Hausmann está obsesionado con la idea de diversificar las exportaciones. El economista venezolano, quien fuera Ministro de Coordinación y Planificación de su país a principios de los noventa, ha estado investigando los encadenamientos productivos de América Latina y asesorando a gobiernos como los de Colombia y Chile para diseñar estrategias que agreguen valor a los envíos. Desde Boston, donde dirige el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, habló con Felipe Aldunate M., director editorial de AméricaEconomía
Al analizar las 500 empresas más grandes de América Latina, vemos que nuestras economías siguen dominadas por materias primas y bienes no transables.
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¿Cómo puede hacer América Latina para producir bienes de países ricos?
Hay que entender cómo es el proceso de pasar de productos de nivel de país pobre a uno de país más rico. La experiencia muestra que los países pasan de un tipo de bien a otro que es cercano al que ya producen. Generan capacidades y competencias para producir un bien, las que luego pueden usar para producir otro alternativo. El problema es que no todos los productos tienen alternativas cercanas. Si pensamos que cada producto es un árbol, podemos hablar de un bosque. En él hay áreas en que los árboles están muy cerca unos de otros y áreas donde están más lejos. Y las empresas son como unos monos que viven en los árboles y les es más fácil saltar de uno a otro que esté cerca que a otro que quede muy lejos.
¿Y qué tan difícil es saltar de un árbol a otro en la región?
Uno de los problemas que tienen las materias primas es que tienden a tener pocos vecinos cercanos, por lo que se hace más difícil ese tránsito. Pensemos en dos industrias: la de los hornos microondas y la de los salmones. No puedo decir cuál es más tecnológica ni más sofisticada. Pero sí sé que es muy fácil moverse de los hornos microondas a otro tipo de electrónicos. Uno puede usar los mismos trabajadores, ingenieros, canales de distribución y la misma planta para producir televisores, línea blanca, planchas. Pero en el caso del salmón no es tan fácil moverse a otra industria porque tiene activos especializados. Y el mundo avanza gracias a esos saltos.
¿Cómo avanzar en ese bosque?
Si uno parte de un área más densa de este bosque es más fácil el progreso. México y Brasil son los mejor colocados. Les sigue Uruguay. Pero hay otros países que están relativamente mal ubicados, partiendo por los petroleros, porque el petróleo no tiene nada cerca. Sus activos son muy específicos… Es una infraestructura diseñada para que no tenga usos alternativos.
¿Las materias primas están condenadas?
En Finlandia se pasó de producir madera a producir máquinas para cortar madera y luego a máquinas de cortar con control numérico. Y de ahí saltaron a Nokia. El conocimiento se hizo cada vez más abstracto. En el caso del salmón podría ser pasar a las vacunas de salmón, y de ahí a vacunas de otro tipo. Se trata de saltos que son en cierto modo previsibles, de modo que hay que idear un ambiente que maximice la aparición de esas oportunidades.
¿Eso significa que es necesaria una política activa del Estado en este desarrollo?
Sí, pero hay una diferencia fundamental entre la política industrial que yo apoyaría y la tradicional. Esta supone un gran conocimiento del Gobierno sobre dónde están las oportunidades. Pero uno debe tener una estrategia que no parta por este supuesto. Esa información reside en el sector privado. El Gobierno tiene que tratar de eliminar los obstáculos donde el mercado identifique oportunidades para dar saltos. Estamos pensando en una arquitectura abierta, una conversación, en la cual el sector privado puede informar al Estado sobre dónde ve las oportunidades y dónde ve los obstáculos. Y el Estado debe tener los mecanismos para responder a esa información en un proceso de cooperación.
Las políticas industriales terminan ayudando a sectores ineficientes, a monopolios y a empresas con una controversial relación con el Estado.
La pregunta apunta realmente a cómo se hace una política industrial que sea legítima para el resto de la sociedad. Lo primero es que se enfoque a actividades exportadoras y no a favor de un competidor específico del mercado interno. Además, requiere principios, como el de la arquitectura abierta, en que el Gobierno debe estar dispuesto a hablar con la sociedad de acuerdo a cómo ella esté dispuesta a organizarse y no sólo con los grandes grupos, con los gremios organizados. En segundo lugar, el Gobierno debe mejorar los insumos que provee, debe mejorar su participación en áreas que son de su responsabilidad, como el derecho de propiedad, marcos regulatorios, sistemas de certificación, estándares, infraestructura específica, entrenamiento laboral, política de apoyo a las universidades…
¿Cómo se pueden mejorar esos insumos?
Cuando uno se encuentra en un sector exitoso es porque estas cosas se han resuelto. Para que Chile sea capaz de exportar fruta o pescado fresco, o carne de cerdo, tiene que haber un sistema de trazabilidad, una cadena logística en frío, tienen que funcionar bien los puertos y las aduanas, los permisos fitosanitarios, y los acuerdos comerciales… Hay muchas cosas que el Gobierno tiene que hacer bien para que una industria sea competitiva y exitosa. Cuando la exportación colombiana de flores se volvió un éxito en los setenta, hubo gente que trató de hacer lo mismo en Quito. Pero fracasaron. Lo reintentaron en los noventa y tuvieron éxito. ¿Por qué? Básicamente porque en los setenta el sector privado no pudo coordinarse con el público para resolver el problema del transporte aéreo de las flores. Cuando eso sí se pudo dar se generó una industria muy grande. Ahí uno se pregunta si lo que no existe no está porque esos insumos públicos específicos de la actividad productiva no fueron generados. Él mayor reto es el rediseño institucional del Estado para que se identifiquen esas oportunidades y esos obstáculos, y tenga los incentivos para resolverlos.
Usted hablaba del pecado original de América Latina, debido a la incapacidad de sus países de endeudarse en sus propias monedas, algo que hoy ya es común. ¿Nos hemos redimido?
En mis estudios, el tema del pecado original tenía menos que ver con políticas nacionales y más con algo del sistema internacional. El fenómeno actual no es el reflejo de políticas individuales que estén tomando los países, sino de algo que ocurre en los mercados financieros internacionales. Es como en el mercado del transporte aéreo. Si no hubiese economías de escala en las aerolíneas, todos los vuelos serían directos. Pero como nos movemos en una economía de escala hay hubs o centros de conexiones.
Con las monedas sucede lo mismo…
Chile puede comerciar con Corea, pero no hay ningún mercado donde puedas cambiar pesos por won coreanos. Chile comercia con Rusia, pero no hay ningún mercado donde puedas cambiar pesos por rublos. Tienes que hacer escala en otra moneda. Antes, el comercio, en la colocación de deuda, sólo se hacía en monedas hub. Y nadie emitía en monedas secundarias, porque era muy costoso, pues había que hacer dos transacciones. Y si uno está manejando un portafolio de bonos, las ganancias te las comerían los costos de entrar y salir del mercado cambiario a cada rato.
¿Y qué es lo que ha cambiado?
A nivel internacional estos mercados de monedas se han vuelto más líquidos y eficientes, lo que facilita el desarrollo de los mercados en monedas propias. Hoy es más eficiente para los que manejan dinero, para los que manejan hedge funds y fondos mutuos meterse en bonos en muchas monedas.
¿Es decir, el control de la inflación, la estabilidad macroeconómica, los superávits fiscales y la madurez macroeconómica de la región no tienen nada que ver con esto?
La gente siempre quiere llevarse el crédito por las cosas que pasan en el mundo. Pero en un paper en que estoy trabajando estamos encontrando que toda esa explicación se la lleva el fenómeno sistémico internacional y no fenómenos nacionales, pues eso está ocurriendo en todos los países independientemente de su marco político.
¿Eso significa que no es verdad que estemos mejor preparados para la próxima crisis?
Si hay algún retorno a la aversión al riesgo en los mercados, esto va a generar alguna turbulencia en América Latina, que esperamos no sea el mismo tipo de turbulencia que generó el pecado original. Lo que nos preocupaba antes con la deuda en dólares era que, típicamente, en las malas, se depreciaba el tipo de cambio, con lo que la deuda se hacía más cara precisamente cuando uno tenía menos capacidad de pagarla. Ahora, lo que va a pasar con la deuda en moneda nacional es que, en las malas, la gente no va a querer tenerla, con lo que se acentuaría más la depreciación cambiaria, y se dispararían las tasas de interés de largo plazo. Vamos a China. ¿Qué pasará con el principal consumidor de nuestras materias primas? Algunos apuestan a que se viene un fuerte ajuste luego de las Olimpiadas de Beijing.
No estoy de acuerdo. China es un país con un gigantesco superávit en cuentas corrientes y con una inflación de menos del 2 por ciento. No es un país que aumente su crecimiento ni su gasto a un ritmo insostenible ni que gaste más de lo que genera. Si las exportaciones de China se meten en problemas, una política de mercado interno sería plenamente financiable. Es muy fácil sostener el crecimiento chino sobre la base de la ampliación de la demanda interna y del uso de los infinitos recursos financieros que han acumulado. Me parece difícil que una economía se suicide lanzándose a un sótano. Hay una solución muy expansiva a este problema. El problema chino es un problema de exceso de ahorro y esos problemas nunca son graves.
Pero ¿los desbalances globales no son una amenaza?
La gente está muy preocupada por el déficit estadounidense. La convención dice que cuando un país acumula déficit durante mucho tiempo tendrá que dedicar ingresos a pagar deuda. En 1980, EE.UU. tenía una posición neta externa de US$400,000 millones y tenía ingresos financieros netos de US$30,000 millones, equivalente a un 8 por ciento de su posición. Y desde entonces acumuló un déficit en cuenta corriente de US$5.2 billones, con lo que llega a una posición financiera neta de menos US$ 4.8 billones. Si paga el 5 por ciento sobre ello, debiera tener un servicio neto de deuda externa de US$240,000 millones al año. Pero en 2006 EE.UU. no pagó ni un centavo por su posición financiera. ¿Cómo se explica? Las cuentas están mal sacadas porque no contabilizan bien la exportación de know-how y ciertos servicios que EE.UU. exporta cuando invierte.
Vale más el billón invertido…
Cuando haces la inversión directa extranjera, al billón debes sumar un plan de negocios, con una estrategia y un know-how, de modo que rinde más que el billón que pediste prestado. El déficit estadounidense está exagerado porque no considera este know-how y el superávit chino está exagerado porque no considera la importación de conocimientos. Esa es la base de mi optimismo. No se contabiliza lo que llamo dark matter o materia oscura. Si tú compras un título estadounidense, es más seguro que si ellos compraran un título brasileño o venezolano. En una operación como esa, en que gente de países más riesgosos intercambian sus activos con países menos riesgosos, hay un intercambio de servicio de seguro que está mal contabilizado. EE.UU. está exportando servicios de seguros que no se suman a las cuentas nacionales. El mundo está mucho menos desbalanceado de lo que muchos creen.