El terror atómico

Esta semana se conmemoró el 62 aniversario de los bombardeos atómicos que sufrieron las poblaciones japonesas de Hiroshima, el 6 de agosto de 1945, y Nagasaki, tres días después. Se estima que aquellas bombas atómicas generaron al estallar una fuerza de calor de más de un millón de grados y mataron de inmediato a más o menos cuatrocientas mil personas. Hasta hoy, mucha gente de aquellos lugares sigue sufriendo daños debido a las mutaciones genéticas causadas por la radiación atómica.

Por otra parte, a pesar que ya transcurrieron 62 años de aquella hecatombe todavía se discute acerca de cuál fue el verdadero motivo que tuvo Estados Unidos para lanzar las dos bombas atómicas que causaron tanta mortandad humana y destrucción material.

La justificación que dio Estados Unidos fue que esa era la única manera de obligar a los porfiados japoneses a rendirse y poner fin a la guerra con Japón, que de otra manera hubiese continuado y causado la muertes de hasta un millón más de combatientes estadounidenses. Y al respecto cabe señalar que a comienzos de julio de este año, el Ministro de Defensa de Japón, Fumio Kyuma, tuvo que renunciar a ese alto cargo por el escándalo que provocó al insinuar públicamente que los ataques atómicos de Estados Unidos contra Hiroshima y Nagasaki, “pudieron haber estado justificados”.

La otra interpretación del motivo que habría tenido el presidente estadounidense Harry Truman, para ordenar el lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki, es que, en realidad, Estados Unidos quería probar la bomba impactándola en un blanco material y humano determinado, pues hasta entonces únicamente se conocía el efecto que podía tener dicha bomba, en ensayos de laboratorio y con una explosión —la primera de la historia atómica— que se efectuó en el desierto de Nevada el 16 de julio de ese mismo año de 1945.

Pero independientemente de cuál fuera la verdadera razón que tuviera el presidente Truman para ordenar la destrucción y mortandad de Hiroshima y Nagasaki, a partir de entonces se desencadenó una alucinante competencia atómica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, al extremo de que se llegó a decir que la tercera guerra mundial sería atómica, pero la siguiente se tendría que librar con garrotes y piedras, como peleaban los cavernícolas.

Después de las tragedias de Hiroshima y Nagasaki otros países desarrollados comenzaron a producir sus propias armas atómicas, pero debido a su proliferación tuvieron que firmar tratados de limitación y control del armamento nuclear. Y a pesar de que las grandes potencias atómicas nunca quisieron destruir sus arsenales nucleares ni renunciar a seguir produciéndolas, los tratados internacionales de no proliferación del arma atómica ayudaron al mundo a vivir durante muchos años en un ambiente de relativa confianza y seguridad.

Pero ahora la amenaza atómica se cierne de nuevo sobre la humanidad, debido al renacimiento del hegemonismo de algunas grandes potencias y sobre todo porque otros Estados agresivos y proterroristas, como Corea del Norte e Irán —que ha amenazado con barrer de la tierra al Estado y la población de Israel—, están empeñados en fabricar y usar el arma atómica.

De manera que la humanidad no se ha librado y al parecer está lejos de librarse de la amenaza atómica. Pero no sólo de las armas nucleares, sino también de las plantas atómicas construidas con fines pacíficos, las que ya sea por negligencia o fatalidad podrían sufrir accidentes que causarían daños horrorosos a la gente y al entorno natural. Tal fue, precisamente, el caso de la planta atómica de Chernobyl, en la antigua Unión Soviética, que por un accidente ocurrido el 26 de abril de 1986 liberó una fuerza radiactiva doscientas veces mayor que las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. El accidente de Chernobyl mató a más de 200 mil personas y centenares de miles más siguen hasta hoy sufriendo sus dañinos efectos.

Y ahora hasta la pequeña, atrasada y empobrecida Nicaragua —que probablemente nunca tendrá tecnología atómica, ni para fines pacíficos ni con propósitos militares—, sin embargo está siendo llevada a una situación de alto riesgo, al hermanarse el gobierno de Daniel Ortega con regímenes extremistas y peligrosos como el de Irán.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí