- Todas las tradiciones que se tejen sobre iconos, creyentes, curas y beatas de la Jinotega del siglo pasado, se agitan en la prodigiosa memoria de Rómulo Eduardo Hernández Zelaya, que las cuenta sin escatimar dosis de picardía, humor y gotitas de limón
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Cuenta “Lalo” (Rómulo Eduardo), que a mediados del siglo XVII el santo cura español José Arce envió a un grupo de católicos —entre ellos varios indígenas conversos—, a Guatemala, con el encargo de traer de la Capitanía General dos imágenes que había encargado para la parroquia de Jinotega.
La delegación partió a través de la zona de Petén, no sin antes recibir las recomendaciones del cura en torno a que conservaran la castidad y la piedad cristiana durante todo el viaje, pues ambas imágenes, la del Señor de los Milagros y la Sangre de Cristo, eran muy meticulosas y podían castigar a los pecadores con las penas del infierno.
Pero “El Cachudo” metió sus manos, y si todo fue correcto durante la ida, al regresar con las imágenes cargadas en hombros, a una pareja de indígenas se les ocurrió tener un lance de amor clandestino en uno de los tantos lugares de pernocta.
¿Y qué pasó, entonces?
Se descubrió el pecado y los pecadores quedaron de inmediato convertidos en dos mojones de piedra a la orilla del camino. Por mucho tiempo se rezaron muchas misas de desagravio para ambas imágenes que pertenecían a la Catedral, aunque no sé por qué la Sangre de Cristo fue a parar a la iglesia de Los Ángeles.
MILAGROS EN TIEMPOS DE GUERRA
Otro portento del Señor de los Milagros ocurrió en 1884 en plena guerra constitucionalista. Todos los hombres se habían ido a luchar y aquí sólo mujeres y ocho hombres quedaron. Aprovechando eso, los indios matagalpas bajaron de sus montañas e invadieron el pueblo. Aquellas mujeres, un montón de viejas, y a los ocho hombres se les ocurrió sacar en procesión a la imagen allá por la salida. Dicen que ahí vieron la visión de un general que venía montado en caballo blanco y con un gran ejército. Pero los indios no mostraron ningún temor, se apoderaron de la imagen y le pegaron fuego, pero las llamas respetaron la imagen y como testimonio del hecho quedaron algunas partes de su cuerpo chamuscadas. El propósito de los indios era destruir la imagen, prueba de ello es que al retirarse de ese lugar le tiraron una bomba de mecate, pero la bomba no explotó.
LOS “VOLUNTARIOS” DE “CHAPALETA”
Eran tiempos de reclutamientos forzados, si miraban que alguien, como este chigüín mío, podía agarrar el chopo, pues iba de viaje, se lo llevaban. Aquí había un hombre que se llamaba Nazario Palacios que por apodo le decían “Chapaleta”, era el cazador de esclavos y reclutador de “voluntarios a la fuerza”. Pues ocurrió que los indios matagalpas lo capturaron porque decían que era brujo, lo llevaron al lugar ahora conocido como La Centroamérica, y lo quemaron.
¿Y qué pasó con el Señor de los Milagros?
Estaba quemado del pegue de los brazos y por aquí otro poquito. Después de aquellos sucesos se encargó al pintor Antioco González que lo retocara, éste llevó la imagen a una poza, que después fue llamada Poza de los Milagros. Ahí sumergía la imagen para sacarle la pintura, pues en esos tiempos no había diluyentes, pero por mucho que metía la imagen en el agua, el Señor salía remojado pero intacto.
Unos viejitos de aquella época, entre ellos el abuelo de “Los Pichones”, el papá don Julio García y el viejito Indalecio García, se fueron de madrugada adonde el retocador que vivía en la Avenida Somoto. Llegaron cuando don Antioco sacaba la escultura del agua y la quedaba viendo como hipnotizado, después dijo que la imagen le había dicho desde lo más recóndito que no la retocara.
LA JUANA “PATA DE GALLINA”
La historia se vuelve más interesante cuando en 1910 hizo su aparición el cometa Halley y se desataron unos aguaceros torrenciales que desbordaron el río, cuyas aguas entraron hasta donde está el obelisco del parque del poeta Alegría. Dicen que los fieles sacaron la imagen al encuentro de la corriente, que se detuvo en ese lugar.
¿Dicen que aquí hubo un cura profeta?
Era el padre Reyes. Se paraba en el púlpito y decía: “Mujeres, pónganse con Dios porque pronto llegarán los machos (los gringos), aprendan inglés, vienen también los pájaros de lata, vienen los barcos de acero y las carretas sin bueyes. Es decir, el padre anunciaba la guerra y otra intervención de los gringos en Nicaragua.
Jinotega parió a la primera mujer paracaidista nicaragüense, aquí los gringos instalaron en 1928 una escuela de paracaidismo. La mujer era una prostituta a la que le decían “Juana Pata de Gallina”, trabajaba en el prostíbulo de la “Mama Pina”, donde los gringos llegaban a hartarse guaro. Pues resulta que la Juana se metió con uno de la Constabularia que practicaba paracaidismo y ya bien bola se subió con él al avión. Cuando iban a tirarse, el hombre se acobardó, entonces ella le dijo: “Pasame esas carajadas hijo de p…, te voy a enseñar que una mujer también tiene güevos”. Se puso los arneses, se echó otro gran trago de guaro y se tiró, por dicha aterrizó bien. Eso fue en 1928, Juana Montenegro se llamaba y era una buena trabajadora social.
¿Quién era ese famoso escultor guatemalteco que tallaba esas imágenes?
Se llamaba Julio Duval. La Inmaculada, que tiene el tamaño de una mujer normal, la trajo de España el padre Ernesto Oyanguren en 1908 junto con el Señor de la Caída. Esa Virgen vino por El Realejo, fueron a traerla don Pedro Pablo Hernández y otro señor que era hijo del padre José Ramón Pineda, otro delegado fue don Víctor Castro, y otro don Domingo Picado. Venía la imagen embalada en una caja que ellos abrieron en el lugar llamado Las Canteras, donde la bendijeron y le celebraron una misa el ocho de diciembre de 1908. En ese lugar hubo una gran alegría.
EQUÍVOCO CON EL SEÑOR DE LA CAÍDA
El Jesús Flagelado vino en el 1910, lo trajo el padre Juan de Dios Zelaya; a esa imagen todos le llaman El Flagelado, pero en realidad se trata del Señor de la Caída. Vino de España y su traída a Jinotega fue toda una odisea. Lo fue a traer don Roberto Vindell, al que le decíamos “El Negro”, llevó este señor cinco yuntas de bueyes de las que dos se desnucaron en aquellos caminos horribles. El cajón que contenía al Jesús era enorme, y considérelo por el tamaño que tiene la imagen.
¿Y Jesús el Nazareno?
Ese Nazareno era de un señor que se llamaba don Benjamín Agüero. Este señor era platero que así le decían a los joyeros en aquélla época. Tuvo un fin trágico, había ordenado cavar un pozo en su casa y como el pozo todavía no tenía brocal, el viejito, que era medio lelo, se fue de cabeza y se desnucó.
Yo me crié en una época donde había gente con más de cien años de edad. Entre esa gente conocí a una viejita parienta mía por el Blandón, que fue testigo de la erupción del Cosigüina. Se llamaba Josefa Valle Blandón y era hija de don Andrés Altamirano que era el dueño de la propiedad donde está el cementerio.
LA ERUPCIÓN DEL COSIGÜINA
Doña Chepita Blandón me contaba que su casita se hundió por el peso de la ceniza que había lanzado el Cosigüina, los pozos los tapaban con cueros duros para que no se contaminara el agua, los animales se morían al tomar agua de los ríos, las fieras salían de la montaña buscando alimento, los árboles y cosechas se secaron y hubo hambruna.
¿Qué otras hazañas cumplieron las imágenes de este pueblo?
Durante la peste del cólera, allá por 1887, al padre Reyes se le ocurrió sacar en procesión a La Santa Agonía. La gente se moría porque no habían excusados ni inodoros y las moscas contaminaban todas las cosas. Casi no quedaba gente en Jinotega cuando al padre Reyes se le ocurrió sacar la imagen, y hasta ahí llegó la peste.
Me cuentan que en ese tiempo había aquí una familia a la que le decían “Los Muertos Andando”, porque en la pasada del cementerio habían hecho una fosa común y algunos miembros de esa familia, que fueron lanzados ahí creyéndolos muertos, salieron por la noche caminando como fantasmas.
SAN JUDAS EL PROLÍFICO
¿Por qué no te buscan los curas para que escribás estas historias?
Al padre “Chico” ya se las he contado, me he sentado a platicarle, porque ellos no saben esas cosas. Ahí hay una Purísima que fue hecha por un señor que se llamaba Jorge González, fue la primera Purísima que hubo aquí. El pobre viejito pasó ayunando cuarenta días con sus noches para que Dios lo iluminara y le dijera cómo hacerla.
El San Judas Tadeo tiene una historia curiosa, un hermano del coronel Guillermo Noguera se casó con una señora judía y la gente decía que por judía no paría. Se le ocurrió al señor donar la imagen de San Judas y tras rogativas el santo hizo el milagro, y la señora comenzó a parir un poco de hijos.
San Antonio de Padua fue regalado por un viejito al que le decían “Cuajada”, se llamaba Apolinar Zelaya. Las cuajadas valían entonces quince centavos, él fue recogiendo, ahorrando, y así pudo comprar el San Antonio que es bastante grande.
¿Aquí nunca ha aparecido algún santo o alguna Virgen?
Por ahí andaba una vieja que decía que miraba una lluvia de estrellas y, ¿sabe qué era? Un rosario, de aquellos luminosos que lanzaba destellos de color verde. La gente y el padre Douglas iban a ver el milagro y todas las viejas beatas llegaban a cantar en la oscuridad que era cuando sucedía el milagro.