¿Quién es mi prójimo?

“Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo puedo ayudar” (Benedicto XVI) ¡Qué sencilla y que cierta es esta definición del prójimo expresada por el Papa Benedicto! A Jesús un maestro de la Ley le preguntó en cierta ocasión: “¿Quién es mi prójimo?”. Pero él no le contestó la pregunta como […]

“Mi prójimo es cualquiera que tenga necesidad de mí y que yo puedo ayudar”

(Benedicto XVI)

¡Qué sencilla y que cierta es esta definición del prójimo expresada por el Papa Benedicto!

A Jesús un maestro de la Ley le preguntó en cierta ocasión: “¿Quién es mi prójimo?”. Pero él no le contestó la pregunta como era de esperarse, sino que le propuso una parábola maravillosa para enseñarnos al maestro de la Ley y a nosotros los cristianos cómo debemos comportarnos con el prójimo necesitado: la parábola del Buen Samaritano.

Con el prójimo necesitado no cabe la indiferencia del sacerdote y el levita, sólo la actitud de compasión activa del buen samaritano. ¿Qué es lo que marca la diferencia entre éste y aquellos dos hombres de la Iglesia? Que los dos primeros se niegan a bajar de su cabalgadura, mientras que el tercero sí lo hace para auxiliar al enemigo que se encuentra en desventaja y desprotegido. El buen samaritano sabe que la vida del hombre asaltado en el camino puede cambiar si él, a pesar de ser samaritano y el otro judío, se baja de la cabalgadura para ayudarle.

Una pregunta muy sencilla y directa: si de ti depende que tu prójimo pueda comer este día, ¿por qué no hacer algo por él? Una jovencita de 19 años me platicó que una amiga de ella “andaba en malos pasos” y terminaba concluyendo: “Mi familia me aconseja no andar con ella porque expongo mi reputación, pero si yo no le ayudo a salvarse, ¿quién lo va a hacer?”. Los buenos samaritanos escasean en nuestra sociedad competitiva y vanidosa, amante del confort y de ocupar los primeros puestos. ¡Cuántas lágrimas ahorraríamos al mundo y cuántas sonrisas le proporcionaríamos si nos decidiéramos a ser buenos samaritanos!

Jesús, con la parábola del buen samaritano, nos exhorta a situar el amor por encima de la ley, pues “la letra mata y el espíritu vivifica”, que amemos a Dios por encima de todo, “sobre todas las cosas” y al prójimo como a nosotros mismos, más aún, como Cristo nos ama a nosotros, a pesar de nuestras imperfecciones y pecados. A este propósito no he podido olvidar el caso de una joven que traicionó al marido y más tarde se arrepintió de ello, pero le fue imposible reintegrarse a su comunidad parroquial por la condena y las criticas constantes de la gente de la Iglesia, quizás más piadosa… el mundo actual no tiene necesidad ni de indiferentes ni de asaltantes y bandidos, pero sí de muchos seres compasivos que sepan levantar al hombre caído, laven sus heridas y lo conduzca hacia el camino de su curación, de su liberación integral: samaritanos que tengan la bondad de bajar de la cabalgadura del interés personal, del “yo” para montarse en la cabalgadura del “nosotros”.

Religión y Fe

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