A cinco pasos del cielo

*El autor es sacerdote católico El Salmo 26 nos invita a proclamar con fuerza que “El Señor es mi luz y mi salvación”. Podemos distinguir cinco clases de luz que nos llevan, en el caminar, hacia la Casa del Padre. La primera. La luz natural. Creada por Dios, disipa la oscuridad y hace radiante lo […]

*El autor es sacerdote católico

El Salmo 26 nos invita a proclamar con fuerza que “El Señor es mi luz y mi salvación”.

Podemos distinguir cinco clases de luz que nos llevan, en el caminar, hacia la Casa del Padre.

La primera. La luz natural. Creada por Dios, disipa la oscuridad y hace radiante lo que ha salido de sus manos (Génesis 1,3).

La segunda. La luz de nuestros ojos. Con ella podemos ver las maravillas del Universo, el rostro de las personas, los colores. Los que no tienen esta capacidad son los ciegos físicos. Pero hay una ceguera tenebrosa, y es la ceguera espiritual. Es cuando voluntariamente cerramos los ojos del alma, para no ver el sufrimiento, la humillación y las condiciones infrahumanas en que viven miles de nicaragüenses, en extrema miseria, en donde hasta un plato de arroz se convierte en un espléndido banquete, desprotegidos y llagados los empobrecidos enfermos, sin esperanza, a merced de “una limosna”, muchas veces hasta dada con desdén. Allí sí que está Jesús sufriente. Que no me vengan con cuentos de pescadores, muchos que se llaman devotos cristianos, y son incapaces de compartir lo que tienen, porque cuando hay que tocarse el bolsillo prefieren hacer promesas vanas y rezos inútiles, que aborrece el Señor, porque si no amamos a nuestro hermano al que vemos, hipócritas somos, si decimos que amamos a Dios, al que no podemos ver.

Pobres de los ladrones, los saqueadores de todo nivel, que se pavonean y hasta se burlan, no solamente de las leyes humanas, sino de la misma ley de Dios, que es Amarlo a Él y al prójimo. Un día llegará el tiempo de la cosecha y la cizaña será echada en el horno que nunca se apaga.

La tercera. La luz de la razón. Con ella podemos discernir entre lo que es el bien y el mal. Es el ser creado a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1, 27).

La cuarta. La luz de la fe. De personas comunes y corrientes nos convertimos en Hijos de Dios, la fe en Dios, aunque sea del tamaño de un grano de mostaza, (Mateo 17,20 ), es capaz de hacer que movamos montañas. Por la fe, los profetas siguieron la voz del Señor y obedecieron su Palabra. Miles se dejaron martirizar en los primeros siglos del cristianismo y en el mundo de hoy para proclamar que Jesús esta vivo y es la luz que disipa las tinieblas del pecado y quien somete todo poder del mal. Por la fe, ayudados del Espíritu Santo, seremos valientes, como San Lorenzo, San Maximiliano Kolke, y millones de obedientes a Jesucristo, resistiendo las cautivadoras, pero diabólicas palabras de Satanás, que nos ofrece la grandeza temporal, que se marchita y muere, a cambio de perder el alma. Decimos, con San Pablo: “Ante el conocimiento de Cristo, todo lo considero basura”. (Filipenses 3, 8).

La quinta. La luz de la gloria. En la transfiguración, el Señor le muestra a Pedro, Santiago y Juan, su esplendor, antes de su padecimiento en la Cruz. Es el desafío del creyente. El configurarnos con Cristo, para que un día, en la eternidad, con Dios, lo podamos ver cara a cara. Es el cielo, la Jerusalén celestial, a la que todos estamos llamados, pero tenemos que ganar esa corona de gloria, viviendo en santidad.

Es tiempo de Cuaresma, de ir hacia el gran encuentro con Jesús. ¡Es el camino hacia el cielo!

Religión y Fe

Puede interesarte

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí