- Comentario de Sergio Ramírez durante la presentación del libro de Edgard Rodríguez
En el panteón de héroes legendarios de Nicaragua los deportistas son mayoría, y los demás, para merecer un lugar entre los elegidos, tienen que probarse como verdaderos atletas del espíritu. No hay héroe sin leyenda, y para acomodarse en el pedestal es necesario cubrirse con el manto mítico de las hazañas, que ya no se sabe si son verdad o mentiras.
Siempre oí hablar en mi infancia a mis tíos músicos, que eran también fanáticos beisboleros, del juego que el “Chino” Meléndez le había lanzado a los Dodgers de Brooklyn, sin que le sacaran la bola nunca del cuadro, una hazaña sin un cuándo y un dónde, pero es que a veces la leyenda no necesita de semejantes exactitudes. O la vez que el “Ratón” Mojica pulverizó con sus puños de dinamita pura a un tailandés que se llamaba Charchai Chanoy, si es así que se escribe, en una noche de luna en el Estadio Nacional en Managua, un coloso que agrietó el terremoto, pero no la historia de aquella proeza.
Y todo héroe, o toda heroína, tiene su día perfecto, que es su día de gloria. El alba del 14 de septiembre de 1856, cuando Andrés Castro lanza una pedrada a cien millas por hora a la frente del filibustero invasor en los corrales de la Hacienda San Jacinto, o la tarde de agosto de 1762 cuando Rafaela Herrera hundió con un certero cañonazo la nave capitana de los ingleses en el río San Juan, defendiendo el castillo de la Inmaculada Concepción.
El libro de Edgard Rodríguez, Un Día Perfecto, trata precisamente de ese encuentro con el milagro, o con el destino de todos aquellos atletas elegidos por los dioses.
Sus crónicas, que toman cuerpo de entrevistas, son una lección de escogencia periodística para enseñar al lector las claves necesarias para entender la trama del destino, que es lo que no vemos porque está en el revés del bordado de la vida. Y uno puede leerlas acercándose al misterio sin el que no es posible explicar el prodigio.
La tarde del 28 de julio de 1991, cuando Denis Martínez iba a lanzar su juego perfecto contra los Dodgers en Los Ángeles, un taxi misterioso lo esperaba al pie de las escalinatas de la iglesia de San Antonio de Padua adonde había ido a oír misa, y tenía poco tiempo para llegar al estadio. Un Juego Perfecto, 23 temporadas en las Grandes Ligas, 245 juegos ganados, el récord mayor para un jugador latino. Y la pintura de Rubén Darío presidiendo la sala de su casa en Kendal, “con la esperanza de agarrarle algo”, lo que sólo confirma que tanto como el deporte rey, Darío es un vicio nacional.
La mañana del 23 de noviembre de 1974, el día en que habría de derrotar a Rubén “El Púas” Rubén Olivares en el Fórum de Inglewood, Alexis Argüello despertó con el recuerdo de la vez lejana de su adolescencia en que había soñado en que se iba en un túnel a una velocidad escalofriante, y al final había un luz divina que lo redimía del abismo. Después agregaría dos coronas más en su carrera de gloria, salvado del vicio no pocas veces, igual que Denis Martínez, porque el heroísmo se hace también con voluntad capaz de enfrentar los descalabros de la disipación.
Vicente Padilla, el campesino criado en la finca el Gancho de la Mona en Chinandega, de la miseria al milagro de la prosperidad forjada a puro brazo, que enseña como dueño de una flota de vehículos, un Hummer, un Infiniti y un Lamborghini de 250 mil dólares, y tampoco deja de ser perseguido por los demonios del alcohol. O Porfirio “El Guajiro” Altamirano, el otro campesino analfabeto de la comarca de Wiscanal, cercana a Ciudad Darío, que llegó demasiado viejo a las Grandes Ligas a vestir el uniforme de Filadelfia, por culpa de un empecinamiento patriótico de no perderlo para la Selección Nacional. Demasiado viejo quiere decir, a los 28 años, no la edad anciana que tenían Claro Douany, el jonronero de los Monjes Grises del Marianao, y Conrado Marrero, “El Guajiro del Laberinto”, cuando vinieron a jugar a la liga profesional en los años cincuenta del siglo pasado, bien pasados los 40 años.
Y la crónica de Marvin Benard, el big leaguer costeño, asombroso escuchar a un héroe que se baja del pedestal para decir, hablando de su fin en el big show: “Yo más bien me fui, las estrellas son las que se retiran… nunca perdí la perspectiva que era uno de esos peloteritos firmados por mil dólares para que jueguen uno o dos años y luego salgan del beisbol…”
O la de Rosendo Álvarez, otro elegido del destino, después de 20 horas de vuelo hacinado en un cuarto caluroso y maloliente de Sa Kaew, en Tailandia, con cinco nicaragüenses más, la víspera en que va a enfrentarse a Chana Porpaion, y logra dormir porque le ceden la única cama, y también él recordaba la voz que cuando niño salía de la oscuridad como un relámpago para decirle que sería grande. Y derrotó a su rival y ganó la corona mundial de las 105 libras aquel 2 de diciembre de 1995, al otro lado del mundo.
Michele Richardson, medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984, en los 800 metros libres de natación, que no pudo competir a nombre del equipo olímpico de Nicaragua, prácticamente inexistente, porque algún burócrata, en un país donde en las delegaciones deportivas internacionales hay siempre más burócratas que atletas, se negó a inscribirla. Y nos dice ella que la natación le arrebató la infancia. Es decir, la gloria le arrebató las muñecas.
Muchas historias que nadie debe perderse. La de Ricardo Mayorga, entrevistado por Edgard en su suite del hotel MGM de Las Vegas, dispuesto a noquear a Oscar De la Hoya, más con la boca que con los puños. “Loco, pero no pendejo”, dice de sí mismo. Pantallas gigantescas en lo alto de los edificios de los hoteles y casinos, donde se proclama su gloria entre cascadas de luces. Camisetas con su efigie, su efigie en la televisión. Loco, pero no pendejo, vulgarazo, de lo que se excusa: “Es como que le hubieran pedido a Rubén Darío que fuera bueno a los vergazos”, dice, en la mejor de las crónicas, quizás, de este libro. Otra vez, Rubén Darío. Y no lo salvó ni la poesía ni lo salvó la prosa, para caer masacrado en la lona en el sexto asalto aquel 6 de mayo del 2006 que no olvidará jamás. Ni nosotros tampoco, gracias a este espléndido libro que parece escrito por un novelista que aquí, sin embargo, no necesita inventar nada.
La vida inventa por él.