Oswald Cáceres Escorcia. (FOTOS LA PRENSA/CORTESÍA CÁCERES)

Las confesiones y añoranzas del pintor Oswaldo Cáceres

Era San Ramón en la década de los setenta como la típica aldea nica que permanece latente en el poema Del Trópico, de Rubén Darío y que se intuye, amanece coronada por cuatro arco iris, con el sol de oro que levanta el velo lechoso de la bruma y cien gallos anunciando a “kikiriquí” partido […]

  • Era San Ramón en la década de los setenta como la típica aldea nica que permanece latente en el poema Del Trópico, de Rubén Darío y que se intuye, amanece coronada por cuatro arco iris, con el sol de oro que levanta el velo lechoso de la bruma y cien gallos anunciando a “kikiriquí” partido la hora de empezar la diaria labor
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¿Hay momentos negros en la pintura?
Depende. Un punto negativo es que nunca vas a llegar a ser millonario y se complica cuando uno tiene familia e hijos que mantener. Más bien el triunfo consiste en hacerte millonario de satisfacciones cuando la gente logre valorar tu trabajo. En fin, es la pintura fuente de felicidad cuando llegás a comprender que estás haciendo lo que te gusta.
¿Que hay de tu vida sentimental?
Mi esposa Reina es un don de Dios porque la encontré en la Iglesia y del mismo templo surgió el amor. Tenemos cuatro hijos y parece que ninguno será pintor.
¿Por qué no has pintado todavía el retrato de tu esposa?
Soy tan celoso que no lo haría.

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En Galería Epikentro

Bajan de la cuesta cuatro burritos cargados de leña mientras el arriero camina adelante silbando un poema, van por la callejuela, pasan por la plaza, en tanto unas beatas de tapado negro entran presurosas a la iglesia. “Buenos días ñor cura”, dicen cantadito y el padrecito que está en la puerta del templo responde “buenas le dé Dios doña Sidomira”. Allá en el comando tres guardias platican mientras dos rollizas muchachas, bajo un cobertizo, palmean tortillas, seguro que ya han puesto el jarro sobre el fogón pues el noble aroma del café invade todo el pueblo.

Entre el verdor de las montañas cercanas y el azul de las lejanas, contemplando hasta el éxtasis pájaros de exóticos plumajes y los geranios, rosas, claveles y milflores que revientan como juegos pirotécnicos. Entre vaquitas lecheras de ojos amorosos, el rocío madrugador y el escándalo de gallinas indias “ponehuevos” nació el campesino Oswaldo Ramón Cáceres.

ORGULLO CAMPESINO

“No había nada de extraño que desde niño tratara de dibujar en un papel la belleza de mi lugar y las costumbres de sus gentes. En San Ramón, Matagalpa, pasé mi infancia y parte de mi adolescencia, sumando a todo eso que mis padres, ganaderos sencillos, poseían un matadero y una venta, ahí me relacionaba con los campesinos, asimilando sus valores de franqueza, sencillez, laboriosidad, alegría, hospitalidad y confianza en Dios”, explica nuestro personaje.

“Siempre hay un personaje milagroso que interviene en nuestras vidas, el mío fue Norman Palacios, quien me ayudó a entrar en las artes plásticas, las que ya no podría abandonar. En los momentos libres que me dejaba la escuela me iba a pintar al patio, pintaba en lo que me quedaba de la noche y también a las cuatro de la mañana que es la hora en que se levanta el día para los campesinos de mi pueblo”.

Oswaldo es “orgullosamente campesino” y así lo proclama. “Entre el campesinado y la naturaleza nació el don”. Pero es que también tiene porte y talante campesino: requeneto, más bajo que alto, sobre los robustos hombros emerge una noble y grande cabeza tolteca de pelos retorcidos. Rostro esculpido en piedra rústica, ojos pequeños, nariz grande, chata, y boca amplia de labios gruesos.

PINTURA SIN ARTIFICIO

Oswaldo Ramón Cáceres Escorcia es hoy uno de los principales exponentes de la plástica moderna nicaragüense. “En verdad uno comienza a sentir desde muy niño esa emoción estética que se encierra en toda la naturaleza, pero no sabe cómo expresarla, en esa búsqueda fui manchando las paredes, los papeles que encontraba, tratando de enfocar mis sentimientos de manera autodidacta, usando los procedimientos primitivos, pero soñando con llegar a usar métodos más técnicos.

“Por eso mis primeras pinturas buscaron el primitivismo pictórico, dibujaba lo que veía a mi alrededor, la montaña, la casita, los pajaritos, el ganado, los perros, la chocita, las fiestas patronales, pero todo eso de una manera empírica, que si un mérito tiene el primitivismo es su libertad, la espontaneidad, la naturalidad y la ausencia de artificios.

“Hubo una persona que entendió mis metas. Mi abuela, que en paz descanse. Ella me llevó a Matagalpa a conocer a la Pinita Arnesto, artista que daba clases de pintura, ella me ayudó y me enseñó nuevas técnicas en el tratamiento de los colores y moldeó mi estilo al punto que fue la influencia más fuerte que tuve en la época de mi adolescencia, porque ya tenía 14 ó 15 años”.

CAPACIDAD DE ASOMBRO

“La mayor parte de mi primaria y secundaria la pasé en el Colegio San Luis, de Matagalpa. Por la mañana asistía a las clases y en la tarde iba a recibir enseñanzas de pintura, posteriormente tenía que viajar 12 kilómetros hacia mi pueblo y al día siguiente regresar nuevamente al colegio”.

¿En qué consiste la sensibilidad artística?

Yo entiendo que es la capacidad de asombro. Los artistas somos gente de esa que comúnmente llamamos distraídos. Pero lejos de ser distraídos somos personas que apreciamos la naturaleza, personas quizás comunes, pero que adquieren niveles de humanismo más elevados que el ser común y corriente. Vemos una hoja de árbol en el piso y para nosotros esa hoja tiene miles de facetas que retan nuestra imaginación. La gente común mira esa hoja, la pisa y sigue su camino.

¿Cómo describirías pictóricamente a San Ramón?

En aquellos mis tiempos de niño y joven habían muchos árboles y animales silvestres. Cuando iba al río me bañaba de verdor, agua pura y aire fresco. Hace unos tres meses estuve allá y aquel río ni siquiera existe, los árboles andan secos y donde solíamos tirarnos al río han puesto un puente. El pueblo está más poblado pues ha crecido a un costo ecológico muy fuerte.

Guardo en mi memoria esa bruma lechosa de las mañanas, que te acompañan cuando te dirigías a buscar la taza de café caliente y oloroso. El baño obligado con el agua de un barril, tan helada que casi te daba un infarto al sentirla en el cuerpo. Y no olvido a la gente, sobre todo a los viejitos a los que saludabas y ellos te contestaban, ahora son generaciones nuevas las que viven ahí, incluso hay mucha gente “fuerana”.

DE SAN RAMÓN A MANAGUA

En 1986 Oswaldo Ramón llegó a Managua pensando que tendría mejores opciones para hacer el Servicio Militar Patriótico. Pensaba trabajar duro para ayudar a su madre y a sus cinco hermanas, puesto que su padre se había ido a Estados Unidos.

Fue en Managua que conoció, en forma providencial, a su amigo Norman Palacios que trabajaba en una fábrica de marcos y molduras y le consiguió ahí una “chamba”. “Ahí lijaba lo benditos marcos para después poderlos pintar, pero un día llegó la dueña del taller, doña María Garay, a la que pedí me diera oportunidad de pintar un cuadro. La señora aceptó y quedó encantada con mi obra.

“Pronto descubrí que ganaba más vendiendo mis cuadros que lijando marcos en ese taller, ya no hacía un cuadro cada dos semanas sino cuatro que vendía a cuarenta dólares cada uno. Así, en base a vender mis cuadros, me hice un sueldo fijo que era excelente para el joven de 16 años que era yo”.

Agrega que “un año después entré a la Unión Nicaragüense de Artistas Plásticos donde conocí a un artista mayor, Alejandro Canales. Ya como miembro de esa organización tanto Canales como Francisco Rueda me aconsejaron que le entrara a la pintura primitivista. Hice un primitivismo muy diferente, como tenía un poco de estudio, conocía algo de perspectiva y colorido, saqué una obra diferente y más depurada. Eso me ayudó a moverme un poquito más en el mercado, ya no vendía a cuarenta dólares el cuadro sino a quinientos. Ya después de eso no me quedaría mucho que contar, pues me agarró el Servicio Militar donde estuve dos años.

UNA CARTA DE AMOR

De aquel tiempo a esta parte entiendo que vas puliendo aún más tu personalidad artística en busca de una expresión total. ¿Has encontrado algo de eso?

Yo creo que todos los artistas van en busca de algo a través de sus obras. En eso tiene mucho que ver la sensibilidad y el ansia de innovar. Pero la pintura misma constituye un reto a la imaginación del artista y la imaginación no tiene límites. La búsqueda de la personalidad es un camino experimental interminable, yo comencé a pintar primitivismo, después pasé al regionalismo, posteriormente hice abstracto figurativo e hiperrealismo, en ese camino lo que cuenta es que la obra refleje nuestra persona y que tenga calidad. En esto es muy importante eliminar el conformismo.

Hacer, desbaratar y volver a empezar.

Exacto. A mí me sucede que trabajo por mucho tiempo en una obra supuestamente terminada, pero no quedo conforme con ella y sigo en mi búsqueda. En este caso lo mejor es volver a empezar hasta encontrar resultados satisfactorios.

¿Qué significa pintar para Oswaldo Cáceres?

Es como coger aire y empezar a rebuscar en los sentimientos más profundos que un humano pueda tener para expresarlos sobre un lienzo. Es un sentimiento que a veces, la misma obra te va entregando. Por ser expresión de sentimientos yo diría que es amor. A veces se me antoja que es un combate increíble contra una tela sobre la cual debés expresarte, igual que tratás de dar lo mejor cuando escribís una carta de amor.

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