- A principios del siglo pasado era costumbre entre los pobres regalar a sus hijos. Por lo general los entregaban a familias ricas que así resolvían problemas de servidumbre, pues los niños o niñas así adoptados pasaban a ser “hijos de casa” que equivale a decir “siervos de casa”. Para escapar de eso María de Jesús se casó a temprana edad
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La fe de bautismo de doña María de Jesús Ruiz, si acaso existió un día, quedó perdida entre las vivencias que ahora están ausentes de su mente. La memoria es como la frondosa copa de un árbol, durante la primavera esplendente de la vida rebosa en hojas, pero al llegar el otoño y el ocaso, se van perdiendo lentamente. Cada hoja que cae es un recuerdo que agoniza y muere.
Cuando tratamos de recordar lo olvidado —ya deshojados de recuerdos—, lo único que nos queda es pedir la ayuda y el testimonio de amigos y parientes que nos conocieron en tiempos mejores, pero en el caso de doña María de Jesús el recurso no vale, también esas personas pasaron a la categoría de “hojas muertas”, dejaron de existir hace mucho tiempo.
La hija menor de doña María de Jesús, Bernarda de Jesús Ríos Montano, poco sabe de la niñez de su madre. Sabe que quedó “mota” desde que era una niña de pocos años y que fue “entregada” a su tío don Zacarías Rivera que, según ellas, llevaba una vida muy inestable. “Ella nos cuenta que anduvieron rodando por diferentes lugares, primero vivieron allá por el lado de Teresa, después trataron en Tola, luego de pasar por otros lugares al fin vinieron a establecerse al Limón, en un barriecito que se llama Las Lajas.
“A don Zacarías no le interesó la partida de nacimiento de ella, de manera que es hoy y nunca se supo en qué fecha celebra su cumpleaños, en cuanto a la edad suponemos por cálculos y comparaciones que puede estar entre los 100 ó 102 años”.
NIÑA CENTENARIA
Para llegar hasta la vivienda de doña María de Jesús Ruiz recorrimos, en idas y vueltas, varios caseríos que están a la orilla del camino que baja a los poblados costeros del municipio rivense de Tola. “Por ahí, por la alameda de mangos, hay una doña María”, nos dijeron unos, pero al llegar al lugar, otros nos salían con otra dirección. “Esa doña María vive por el gancho de caminos que dejaron atrás, en una casita de bloques”.
Por fin la localizamos en el barrio Las Lajas, que en calidad de barrio sólo tiene unas pocas casitas humildes que intentan asomarse a la orilla del camino. Sol, piedra, polvo y algunos lodazales remanentes de los torrenciales pero esporádicos aguaceros, que han caído en esa región, son las constantes de esa ruta por la que se va a diversos puntos costeros del Pacífico, como Teonoste, El Astillero y Rancho Santa Ana, entre otros.
LA SEÑORA NEVADA
Al entrar a la casa de doña María de Jesús Ruiz su hija entra al aposento a anunciarnos. Sale y dice: “Ella está enferma, pero quiere que le hagan un tiempecito para arreglarse un poco”.
Ante nosotros, acostada en su cama está ella. Su cara delgada parece esculpida en blanco mármol, cejas bien delineadas, ojos claros, bellos pero tristes, nariz grande y delgada, boca regular de labios finos. De hilos de brillante plata son sus cabellos, que ella pretende ocultar envolviéndolos en un pañuelo blanco.
Si me hubieran avisado con tiempo que venían, al menos me hubieran encontrado sentada en una silla —dice con sonrojo.
No fue posible, pero hemos venido preguntando y casi nadie nos daba razón.
Es que casi no salgo, me caí y me quebré la pelvis y un brazo, quedé casi inerme en una silla. Por eso tal vez ya se ha olvidado de mí el vecindario.
Pero espero que ya esté en franca mejoría.
¡Ay señor! De repente me dan ganas de vivir, pero en otros momentos siento como que me estoy muriendo de viaje.
Bueno, pero esos son detalles, lo que cuenta es que está aquí alegrando a los que la quieren.
(Sonríe con resignación) Yo sé que mi hija me quiere mucho, pero yo me siento inútil, fíjese que no puedo dar paso. Y para colmo el pelo se me está cayendo. ¿No me ve arruinada?
No es así, yo la veo bonita y eso me hace pensar que tuvo muchos enamorados hasta hace algún tiempo.
(Vuelve a sonrojarse) A mi edad las tristezas tratan de vencer a las alegrías. Lo que pasa es que siempre he sido una mujer muy activa y me deprime verme postrada, ya quisiera irme de aquí. No quiero molestar ni que vean que me desplomo ante la tristeza.
MUERTOS POR EL OLVIDO
¿Qué recuerda de sus padres?
Casi nada, mi padre y mi madre murieron cuando yo estaba muy chiquita, quedamos solos yo, mi hermana y mi hermano. Pero desde aquel tiempo nadie tuvo el asomo de mencionar a mis padres, así que desde muy niña esos nombres no pertenecen a mi mente.
¿Por ese detalle tampoco sabe su edad?
¿Para que? Desde mis primeros tiempos no celebro cumpleaños, tampoco onomásticos. Lo que sé es que soy más vieja que el cerro. ¿Acaso cree que no se me nota? Yo ya soy una viejita.
Pero siempre bonita.
¿Qué soy bonita así como estoy? Vaya a saber, de todas maneras muchas gracias.
¿Pero usted está consciente que fue una joven muy linda?
Tal vez. Eso me decían mis enamorados, pero yo no era tonta para creerlo. Las mujeres bonitas son tan cuidadosas con el físico que hasta se vuelven tontas.
Me dicen que se casó muy joven.
Así es. Quería salir del mundo estricto que me impuso mi tío, por eso me casé muy jovencita, pero se me murió el marido.
Qué recuerda de ese marido, porque me han dicho que tuvo tres maridos.
De él recuerdo que era muy coqueto. Y yo era muy celosa. Pero sí, fue buen marido.
¿Y además de celosa qué otras prendas tuvo usted?
Ahora pienso que estaba equivocada cuando joven creía que no servía para nada. Pero sí, yo era útil en la casa. En esos tiempos se decía que la mujer era para estar dentro de la casa. Dentro de la casa te trataban como un olote inservible. Pero yo cocinaba, limpiaba, lavaba, planchaba, manejaba el hogar, criaba a mis hijos y si podía le servía a otra gente. Pero son pocos los recuerdos que tengo de ese tiempo.
QUERÍA SALIR DE LA JAULA
¿Fue usted una joven perequera?
Era una joven alegre pero no fui perequera. Ni quiera Dios, eso nunca me ha gustado. Pero quería ser independiente, quizá por eso me casé muy joven.
¿Nadie la aconsejaba?
Ay hijo, nadie. Pero es que era usual que las mujeres se fueran muy jóvenes con los hombres.
Pero usted se casó tres veces y quedó tres veces viuda. ¿No le hacían la broma de que tenía el bazo blanco?
Je, je, je. Esas son locuras. Ellos se murieron por distintos azares de la vida.
¿Cuántos hijos tuvo
No me acuerdo le digo, tuve como seis o siete.
Y nietos ¿cuántos tuvo?
Se me pierden en la memoria… No sé.
(Interviene doña Bernarda Montano, la hija) Tiene como cincuenta nietos, también bisnietos y creo que hasta choznos. Tenía un hermano y una hermana que también fueron entregados. Ya esos murieron y ella es la que sobrevive. Por ahí anda una bisnieta de 13 años y yo creo que cuando se case le va a dar otros tataranietos, después que se casen los tataranietos ya no hay nada, dejan de ser familiares.
Ella tuvo tres hijas, yo soy la última, soy la cumiche. Imagínese que ya soy una señora y cuente qué edad tendrá ella. Las otras dos hijas ya son viejitas. Yo soy la que la cuido, toda la vida ha vivido conmigo.
(Vuelvo con doña María de Jesús) ¿Fue devota de algún santo en particular?
No hijo. Todos los santos que pasaban por el camino yo los recibía y daba lo que podía. Por estos caminos pasan muchos “peregrinos” cargando santitos. Hay que dar.
Doña María, ¿a qué atribuye sus muchos años de vida?
Dicen que uno vive mucho según lo que come. Yo lo dudo porque a veces comíamos bonito y a veces no.
¿Qué comía usted, cuál era su dieta?
Se comía cuando se podía. Yo mataba chanchos, de modo que esa carne era la que comíamos cocinada con manteca del mismo animal. Creo que en mis tiempos la comida era más nutritiva.