Una brecha más entre Occidente e Islam

Es evidentemente absurdo pensar que Benedicto XVI haya querido ofender de modo deliberado a los musulmanes, pero sus palabras, desafortunadamente, dañaron los avances del diálogo interreligioso de las últimas dos décadas, logros debidos a su ilustre antecesor, Juan Pablo II. En tres ocasiones al menos, ya sea personalmente o a través de su nuevo Secretario […]

Es evidentemente absurdo pensar que Benedicto XVI haya querido ofender de modo deliberado a los musulmanes, pero sus palabras, desafortunadamente, dañaron los avances del diálogo interreligioso de las últimas dos décadas, logros debidos a su ilustre antecesor, Juan Pablo II.

En tres ocasiones al menos, ya sea personalmente o a través de su nuevo Secretario de Estado vaticano, el Pontífice se ha disculpado o lamentado, o bien ha dejado claro su “profundo respeto” por el Islam y que no tenía idea de que fuese a causar las reacciones furibundas de creyentes islámicos, o actos bárbaros como los ataques a iglesias cristianas en territorios palestinos, o el asesinato de una inocente monja italiana.

En una larga disertación teológica —Joseph Ratzinger tiene la reputación de ser un refinado y consumado teólogo— en la Universidad de Ratisbona, la semana pasada, incluyó un pasaje en el que el emperador bizantino del siglo XIV, Manuel II Paleólogo, y un erudito persa discuten. El emperador emplaza a su interlocutor a que señale qué cosas nuevas ha aportado el profeta Mahoma, en vez de cosas “malas e inhumanas” como esparcir la fe que predicaba con la espada.

La cita era parte de una larga disertación, pero en una sociedad abierta, esas palabras no podían pasar inadvertidas. Las dijo el Papa. Y la alharaca se armó.

Sus intenciones eran atacar el vínculo que los extremistas quieren hacer entre la religión y la violencia, como una justificación de sus actos. Los terroristas islámicos invocan a menudo el concepto de “guerra santa” o “yijad” para respaldar sus bestiales actos de terror.

El Papa “estaba en un contexto de investigador, de experto, y él ha tenido una larga alocución sobre lo que llamó las enfermedades mortales de la religión y de la razón”, explica Henri Tincq, corresponsal del diario parisino Le Monde en Roma.

Agrega Tincq —según mi traducción del francés—: “Las enfermedades mortales de la religión son el integrismo, el fundamentalismo. Y la enfermedad mortal de la razón es racionalizarlo todo y perder el sentido de Dios, enfermedad que sufre Occidente, Europa en particular, que tiende a olvidar su cultura cristiana. Es lo que el Papa ha dicho. Dijo que para evitar el integrismo había que racionalizar la religión. Es lo esencial de su mensaje”.

Para Tincq, los medios simplificaron excesivamente una cita del siglo XIV en un contexto histórico muy polémico. Recordemos que en su larga historia, Bizancio, capital del imperio romano de Oriente, estuvo asediada muchas veces por fuerzas musulmanas. Constantinopla (su nombre más común) sucumbió finalmente en 1453 al embate de Mehmed II, el emperador turco otomano.

Fue el comienzo de la Edad Moderna. Este acontecimiento empujó los nuevos descubrimientos geográficos de Europa, la búsqueda de nuevas rutas comerciales. ¿Un buen ejemplo? El primer viaje de Colón.

Algunos vaticanistas fueron bastante críticos con el Papa.

“Mientras Juan Pablo II insistía sobre la necesidad de mantener el diálogo con el Islam basado en la fe en un único Dios y a través de ella luchar contra la violencia, Ratzinger adoptó una actitud de catedrático, explicando cómo hay que hacerlo”, escribió Marco Politi, uno de los más respetados vaticanistas y experto del diario italiano La Reppublica. “El Papa Karol Wojtyla construyó una estrategia de diálogo y quiso involucrar a las élites islámicas del mundo entero. Por ello se convirtió en el mundo musulmán en un líder espiritual respetado y escuchado”. Juan Pablo II ha sido el primer y único Papa en visitar una mezquita, así como una sinagoga.

“Durante la misa con la que se inauguró su pontificado, Benedicto XVI anuló toda referencia a las relaciones fraternales con el monoteísmo islámico”, recordó Politi. En julio pasado se cumplió el vigésimo aniversario del encuentro interreligioso de Asís, certamen fundado por Juan Pablo II.

Como prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, Ratzinger criticó esos encuentros como un camino al relativismo, como una puerta abierta a la igualdad de los credos, una tesis para él inaceptable. Ahora que es el líder de la Iglesia Católica, Benedicto XVI se guía por sus propios criterios.

La presencia militar de Estados Unidos en Arabia Saudita (custodio de los lugares santos del Islam), su apoyo total a Israel, la invasión a Irak: son algunos factores que influyen en el resentimiento musulmán hacia Occidente, según expertos como Richard Clarke, ex zar antiterrorismo de la Casa Blanca, o Michael Scheuer, ex jefe de la unidad concentrada en Osama Bin Laden de la CIA, autor de Imperial Hubris: Why the West is losing the war on terror.

En la cultura islámica, al contrario de la cultura occidental, no existe la estricta separación entre religión y Estado. Por lo tanto, cualquier declaración de la cabeza de una Iglesia cristiana es tomada prácticamente como algo oficial de Occidente. Además, está el peso de la historia: las cruzadas, la expansión árabe y otomana en Europa, el colonialismo europeo.

Quizás el punto bueno de toda esta polémica es que ha contribuido —a su modo— a un debate mayor que debe haber sobre las relaciones del resto del mundo con el Islam: la democratización de esos países, los derechos y la situación de la mujer, la violación de los derechos humanos, las libertades políticas, etc.

La peor amenaza de nuestros tiempos es el terrorismo. Las religiones deben y pueden aportar enormemente a neutralizarlo. Y las herramientas más importantes son el diálogo y el respeto mutuo, pese a involuntarios errores de cálculo.

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