La revolución perdida

La revolución presupone un cambio radical de relaciones económicas, sociales y políticas en busca de la igualdad, la fraternidad y la libertad. Si estas cosas no resultan es porque no hubo revolución sino un simple golpe de Estado, una violenta remoción de un gobierno por un grupo irregular.

En el caso de Nicaragua, muy pronto después del triunfo de la revolución confiscada por los comandantes sandinistas al pueblo, se hizo evidente que el antiguo juego entre opresores y oprimidos seguía siendo practicado; que la guerra por el poder y todos los vicios e intrigas que le acompañan, no había cesado; que la libertad y la igualdad seguían siendo mitos. El mal social no fue eliminado. Desde las estructuras que el poder confiere, los dirigentes revolucionarios hicieron y deshicieron sin tener que responder por sus actos ante la ley.

En realidad, la revolución se perdió después del 19 de julio de 1979. Por eso es incorrecto decir que esta fecha signifique lo mismo para todos. Para los sandinistas que fueron parte de la nomenclatura o de las estructuras del poder, es la celebración del día en que sus vidas personales cambiaron, como cambia la vida de alguien que se gana la lotería. ¿Acaso hay algún dirigente del FSLN, diputado o magistrado sandinista que viva al menos con discreta moderación?” ¿Los ideales de igualdad y solidaridad se quedaron colgados en los árboles de la plaza el 19 de julio de 1979. Para el resto de nicaragüenses —el 70 por ciento de la población adulta— el 19 de julio es el día en que el dictador Somoza fue derrocado y sustituido por otros nueve dictadores, cada uno de los cuales tenía debajo de sí un ejército de súbditos incondicionales mantenidos por diez años con el presupuesto nacional.

El pueblo nicaragüense luchó para tener acceso a lo que la dictadura somocista le había negado por muchos años: la libertad de expresar libremente sus ideas, de diferir, de escoger opciones políticas, de elegir libremente a su presidente, etc. Pero en términos económicos los nicaragüenses salieron perdiendo con el triunfo revolucionario, porque después del 19 de julio nunca volvieron a gozar del mismo nivel de vida que tuvieron en los últimos 20 años del somocismo (1959-1979). La revolución se perdió porque sus dirigentes después del triunfo no practicaban lo que predicaban: austeridad, sacrificio, honestidad, justicia. Mientras el pueblo sufría y se moría, ellos se enriquecían protegidos por un aparato represivo para callar a los disidentes. El abuso, la corrupción, el asesinato, el terror desde un Estado policía se convirtieron en el modus operandi del régimen sandinista. En vano se esperó la aparición del “hombre nuevo” del discurso politiquero.

Jürgen Baden tiene razón cuando dice que “la metamorfosis del individuo a base de ideas o ideologías es tan irrealizable como la de la sociedad”. Los revolucionarios pregonaban un cambio de afuera hacia adentro. Se suponía que si las condiciones externas cambiaban, cambiaría también la calidad humana de los individuos. Pero los mismos dirigentes, a pesar de un cambio total de sus circunstancias externas, no se convirtieron en mejores personas sino todo lo contrario. Ebrios de poder cayeron por el desfiladero de la descomposición. Los dirigentes revolucionarios congregados en la Plaza de la República en 1979 todavía sucios, despeinados y cargando todas sus pertenencias en mochilas, eran mejores hombres y mujeres de lo que son ahora. Precisamente por eso, hoy el sandinismo está dividido. Por eso habrá dos celebraciones: una en Managua, encabezada por el caudillo Daniel Ortega y otra en Masaya, organizada por el MRS.

El pueblo repudió a la dirigencia sandinista en las elecciones de 1990 y en todas las elecciones libres que se han celebrado desde entonces, y lo más probable es que también lo haga en noviembre próximo porque los nicaragüenses han entendido por experiencia propia que no vale la pena ninguna persona o partido que utiliza el poder y las instituciones para cometer delitos impunemente. En todo proceso social, la meta es tan importante como el camino para llegar a ella, y el camino más seguro para una sociedad justa es el de la democracia sobre la base de principios cristianos. Por este ideal murieron Pedro Joaquín Chamorro Cardenal y tantos otros miles de nicaragüenses.

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