En los boletines, informes y reportes de las instituciones nacionales encargadas de monitorear la economía, aparece muy a menudo el término “crecimiento económico”. Este término se refleja como la meta última de toda la gestión gubernamental.
Se presenta además como el criterio necesario y suficiente para medir la gestión de un gobierno y la eficacia de su política económica. Se lo oímos a menudo a los economistas tanto independientes como gubernamentales y también lo repite todo aquel que se refiere a la política del gobierno ya sea para alabarla o para reprocharla.
Por el contrario, el término “desarrollo económico” lo oímos mencionar muy poco. Irónicamente en Nicaragua, que es un país pobre y subdesarrollado, los que están más interesados en el desarrollo económico y que por ende lo mencionan más, no son los ciudadanos nicaragüenses ni los hacedores de políticas económicas del gobierno, sino los trabajadores de las organizaciones no gubernamentales extranjeras y las agrupaciones de los cooperantes, europeos principalmente, los que insisten en el término, casi como si estuvieran predicándonos que estamos en un error.
Un error que nos ha hecho confundir cuál es (o cuál debería de ser, hay que escribir) la verdadera meta que nuestra política económica debe intentar alcanzar.
Desarrollo económico no es lo mismo que crecimiento económico. Si bien es cierto puede existir el crecimiento económico sin que exista el desarrollo, no puede existir el desarrollo económico sin que exista el crecimiento. El desarrollo económico implica el crecimiento económico mas no viceversa.
A pesar de esta marcada diferencia usualmente se confunden los términos. Y no solamente los confunden aquellos que son ajenos a las ciencias económicas sino también aquellos que son muy doctos en éstas. Las razones de esta confusión son muy variadas pero la principal radica más en bases ideológicas que científicas.
El crecimiento económico se define dentro de la jerga económica, como un aumento en el valor real de la producción de bienes y servicios finales de una economía. La forma usual de medirlo es a través de las variaciones porcentuales del Producto Interno Bruto a precios constantes, también denominado PIB-Real.
Nótese sin embargo, que lo que se mide es el incremento absoluto de los bienes y servicios producidos, no se dice nada de cómo se distribuyen esos bienes. No se dice nada tampoco sobre quién los produce, cómo los produce ni para quién los produce.
En el caso específico de Nicaragua, citando el calificativo que le hacen algunos medios de comunicación, el gobierno ha sido un “buen alumno” al incentivar el crecimiento económico. Nicaragua creció en 2001, 3.0 por ciento. En 2002, 0.8 por ciento. 2.3 por ciento en el 2003. Y finalmente 5.1 y 4.0 en el 2004 y 2005, respectivamente.
Esto puede perfectamente interpretarse como una victoria, muy modesta, pero victoria al fin en la gestión gubernamental de la política económica. Aunque muchos economistas afirman que el crecimiento se está desacelerando y pronostican un 3.7 por ciento para este año.
Desafortunadamente el desarrollo económico, que se define como un aumento en el nivel de vida general de la población, no puede ser considerado dentro de los legados de este gobierno.
Según el informe 2005 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Nicaragua se ubica en el lugar 112 de 177 en la medición del Índice de Desarrollo Humano (IDH). Algo que no es para sentirse orgullosos. Únicamente estamos mejor que 65 países, la mayoría de éstos son africanos. Peor es, si consideramos que en el 2001 Nicaragua estaba en la posición 106. Claramente hubo un retroceso en la gestión del desarrollo
Para que exista desarrollo económico es necesario reducir la tasa de desigualdad en la distribución del producto social, asegurar mejores servicios de salud, educación y recreación para los más pobres. Garantizar una nutrición adecuada para todos los miembros de la población sin excepciones.
Y crear oportunidades para la correcta ubicación de los desocupados en empleos acordes a su nivel de calificación y no forzarlos a caer en el subempleo, donde, al no haber mejores oportunidades de ubicación, deben trabajar en labores muy inferiores que para las que están preparados. Demás estaría mencionar a los que caen en el sector informal, sin goce de prestaciones sociales y estabilidad laboral.
Lo que ha sucedido es que se han implementado políticas económicas basadas en teorías provenientes de la ortodoxia de la ciencia económica. Estas teorías, que han sido principalmente desarrolladas en los Estados Unidos y Europa Occidental, están cargadas de un gran peso ideológico disfrazado de un andamiaje técnico en aras de preservar su aire de cientificidad.
En las páginas del libro de texto, el modelo de crecimiento de Solow tiene mucho sentido. Y cuando se le han presentado dificultades que el modelo no ha podido resolver se le han puesto parches como el del modelo de Ramsey-Cass-Koopman o el modelo Diamond. Inclusive, se ha derivado de estos modelos la teoría de la convergencia que afirma que tarde o temprano, con las políticas correctas, los países pobres “convergerán” con los países ricos. Algo que, tal como lo afirma Debraj Ray autor del libro “Development Economics” y profesor de economía en la universidad de Nueva York, va incluso contra el mismo sentido común.
La realidad sin embargo nos muestra otra cosa. Y la realidad nicaragüense más específicamente, nos muestra que la mayor parte del beneficio que se obtiene del crecimiento económico queda concentrado en muy pocas manos que reinvierten una proporción muy pequeña en comparación con lo que reciben.
La enorme desigualdad en la propiedad de las fuerzas productivas es lo que los elegantes modelos macroeconómicos de crecimiento no toman en cuenta. Al no ser distribuidos este crecimiento económico equitativamente, el país fracasa al generar el capital necesario para impulsar el desarrollo. Sumémosle a esto las exenciones fiscales para “incentivar” la inversión que privan al gobierno de fondos que podrían usarse en gastos sociales.
Es necesario desarrollar políticas cuya meta principal sea el desarrollo económico. Debemos alejarnos de aquellas políticas cuya meta sea únicamente el crecimiento económico por si mismo y se deje el desarrollo económico como un subproducto o un fenómeno consecuente del crecimiento económico. Nuestras políticas económicas deben de estar encaminadas a reducir la enorme desigualdad del ingreso que existe en nuestro país. Y para eso, debemos asegurarnos que los que ganan más efectivamente paguen más. Mucho cuidado hay que tener con las exenciones fiscales bajo la etiqueta de “incentivo” u otras parecidas que son muy frecuentes en nuestra vida económica.
Las próximas elecciones que tendremos en Nicaragua, se muestran como una excelente oportunidad para poner a debate las políticas económicas de los candidatos y sus objetivos. Debemos tener cuidado no obstante, con lo que le preguntemos a nuestros candidatos. No debemos hacerles preguntas generales cuyas respuestas serán de seguro muy parecidas. Debemos hacerles preguntas puntuales y específicas sobre los objetivos de sus políticas. Si depositarán su fe en el crecimiento económico como fin en si mismo solamente o si su verdadero patrón a seguir serán las políticas que encaminen a nuestro país hacia un desarrollo económico sostenible y a largo plazo.