Las críticas públicas que menudearon recientemente contra el VIII Censo de Población y IV de Vivienda (Censos Nacionales, 2005), cesaron a partir de que representantes de organismos internacionales y gobiernos de otros países que financiaron y/o asesoraron el diseño y la realización de dicho censo, lo avalaron y dieron fe de su veracidad y del profesionalismo con que fue hecho.
Las dudas de medios de comunicación y organismos y representantes de la sociedad civil fueron motivadas por la desaparición de casi cien mil boletas censales del Instituto Nicaragüense de Estadísticas y Censos (INEC), a lo que se sumó la excesiva tardanza del Gobierno para dar a conocer oficialmente los resultados de la encuesta nacional.
Cabe recordar que el dato del último censo nacional que más sorprendió, fue el de que el índice de crecimiento de la población había disminuido de 3.4 que fue en 1995 a 1.4 en 2005, con la consecuencia automática de que hay un aumento del ingreso por habitante que ahora debe pasar de los mil dólares anuales, por lo cual Nicaragua dejaría de ser un país muy pobre y sujeto preferencial de la ayuda humanitaria internacional.
Al respecto hemos dicho que si es verdad que se ha reducido el crecimiento de la población nicaragüense esto es una noticia muy buena, por múltiples razones. En realidad, independientemente de que sorprenda o no la información de los Censos Nacionales del año pasado, de que el crecimiento poblacional en Nicaragua bajó 2 puntos en el curso de la última década, lo cierto es que esto es algo que está ocurriendo en todos o casi todos los países de América Latina. Al respecto cabe señalar que el director del Departamento Administrativo Nacional de Estadísticas (Dane) de Colombia, Ernesto Rojas Morales, dio a conocer en un artículo de opinión recientemente publicado en el diario El Tiempo, de Bogotá, que el crecimiento poblacional colombiano es ahora apenas de 1.0 por ciento, el de México 1.16, el de Brasil 1.04 y el de Argentina 0.96.
De manera que al tenor de esas cifras que según el funcionario colombiano de estadísticas le fueron proporcionadas por la Oficina de Censos de Estados Unidos —una de las más confiables del mundo y la cual asesoró la realización de los Censos Nacionales nicaragüenses realizados el año pasado—, no tiene por qué causar asombro que en Nicaragua también se redujera el crecimiento poblacional y que bajara del 3.4 al 1.4 por ciento en el curso de los últimos diez años.
Las razones que explican la reducción en el índice de crecimiento poblacional están a la vista. En los últimos años, como parte de un fenómeno que tiene dimensión planetaria, el flujo de migración de nicaragüenses ha aumentado de manera considerable. Por otra parte, la tasa de natalidad se ha reducido como resultado del aumento de la educación sexual y la difusión de la cultura de la planificación familiar en la sociedad nicaragüense, no sólo en las ciudades sino que hasta en los últimos rincones rurales del país. Y además, la creciente incorporación de las mujeres de diversos estratos sociales a las actividades laborales fuera del hogar, ha contribuido también en gran medida a que se disminuya la tasa de embarazos, de natalidad y, por lo tanto, de crecimiento poblacional en el país.
Es bien conocido que uno de los principales problemas que enfrentan actualmente los países más desarrollados del mundo (Estados Unidos, Unión Europea, Japón y algunos otros asiáticos) es el de que sus poblaciones no crecen, al grado de que en un plazo no muy lejano se convertirán en naciones pobladas absolutamente por inmigrantes.
Pero en los países pobres, atrasados y subdesarrollados de Iberoamérica, África y Asia, el problema es al revés. Durante mucho tiempo los mejores índices de crecimiento económico en estos países se han malogrado por el acelerado y desmedido aumento de la población, el cual hizo a la gente más pobre por mucho que trabajara y que sus países recibieran la cooperación externa.
Ahora, con un aumento poblacional inferior a la tasa de crecimiento económico, las posibilidades de salir de la pobreza y de la dependencia externa son mejores. Siempre y cuando los políticos y demás personas que toman las decisiones, puedan y permitan aprovecharlas.