El espejo mexicano

La votación presidencial de México del recién pasado domingo 2 de julio, contrastó notablemente con la que hubo el 28 de mayo del año corriente en Colombia. Como se recordará, en la mencionada elección presidencial colombiana la ventaja del vencedor sobre el candidato que quedó en segundo lugar, resultó tan contundente que no admitió dudas de ninguna clase. En cambio, en México tuvieron que pasar cuatro días para que el organismo electoral del Estado anunciara que el vencedor fue el candidato de centro derecha Felipe Calderón. Y aún así la incertidumbre electoral persiste en México, porque el candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador se resiste a reconocer su derrota.

Sin embargo, la diferencia más significativa que hubo entre las elecciones de Colombia y México fue la eficiencia impresionante que demostró la institución colombiana encargada de la organización electoral (Registraduría Nacional del Estado Civil), que ya a las 6 de la tarde del mismo día de la elección informó quien era el vencedor, sin que nadie se atreviera a ponerlo en duda.

Ese fuerte contraste entre ambos casos electorales se debe, a nuestro juicio, a que en Colombia hay una democracia política institucionalizada y arraigada, a pesar de la grave situación de violencia y criminalidad que sufre el país por culpa de la guerrilla narco-comunista, en tanto que en México la democracia es todavía muy frágil, pues apenas hace seis años que se emprendió el camino de la democratización, con la organización de un proceso electoral limpio y confiable que ganó el actual presidente de centro derecha, Vicente Fox.

Según los analistas mexicanos y los observadores extranjeros, el Instituto Federal Electoral (IFE) de México, que es el órgano estatal encargado de organizar las elecciones, está integrado por funcionarios muy profesionales e independientes de los partidos políticos, y por lo tanto goza de un alto grado de credibilidad política y social. Sin embargo, en la clase política mexicana todavía quedan muchos resabios de autoritarismo y corrupción. Por eso, al presentarse un resultado electoral muy parejo, como fue el de la elección presidencial del domingo recién pasado, de inmediato uno de los contendientes se resiste a aceptar el triunfo del otro, denuncia fraude y cualquier otra clase de irregularidades y, lo que es peor, amenaza con la violencia.

El eminente escritor mexicano Carlos Fuentes asegura que “lo que estamos viendo en los últimos días son accidentes de la vida democrática que no me alarman. No ponen en entredicho el ejercicio democrático… El entredicho se resolverá por la vía institucional electoral y el tribunal respectivo, no pasará de eso. A nadie le interesa en México que haya violencia. Tenemos una historia muy violenta y hemos ganado la paz. Estamos básicamente en una etapa constructiva, no conflictiva”.

No obstante, el candidato izquierdista Andrés Manuel López Obrador —quien durante otro conflicto electoral, por la gobernatura del estado de Tabasco, en 1995, acuñó la frase de que “la movilización es más importante que la elección”— advirtió que en este proceso electoral “está en juego la estabilidad del país”, insinuando que si no lo reconocen a él como el triunfador en la elección del domingo pasado, el país podría derrumbarse hacia una situación de violencia.

Nosotros esperamos que el escritor Carlos Fuentes tenga razón y que al próximo Presidente de México lo hayan escogido en buena ley, como resultado de un conteo honesto de los votos, sin sesgos obligados por la amenaza o cualquier otro factor ajeno a la voluntad popular. La solución pacífica y democrática de este “entredicho” electoral, es en beneficio del proceso democrático mexicano y de toda América Latina.

Pero independientemente del desenlace que tenga este drama político mexicano, es bueno y necesario que los nicaragüenses nos veamos en ese espejo. Aquí el órgano electoral del Estado no es tan confiable como el mexicano, según lo que indican las encuestas. Aquí, un resultado tan parejo de las votaciones —como el de México o los recientes casos de Costa Rica, Perú y Estados Unidos—, con la institución electoral dominada por los pactistas y considerando que uno de los partidos principales tiene una arraigada tradición y vocación de violencia —al grado de que le erige un monumento al crimen político—, podría crear una tremenda crisis de imprevisibles consecuencias.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí