Cada vez que hay una campaña electoral la prensa libre se ve sometida a presiones más fuertes que en tiempo ordinario. No es casual por eso que se nos acuse de que decimos ser independientes pero en realidad de manera explícita o implícita apostamos por un partido o candidato determinado.
Sin embargo, por otro lado algunos candidatos que por distintas razones creen que estamos obligados a apoyarlos, nos acusan de que no les damos los espacios que merecen y que violamos “su” libertad de expresión, porque no publicamos sus artículos de opinión durante la campaña electoral.
En realidad, quien analice honestamente nuestras informaciones sobre la campaña electoral y los candidatos, fácilmente puede advertir que no hay en ellas favoritismo para nadie. La cobertura informativa que se da a todos los partidos y candidatos que participan en la campaña electoral se sujeta únicamente a criterios periodísticos profesionales.
Por supuesto que no es posible reportar todo lo que hacen y dicen los candidatos. Por la limitación de espacio únicamente se puede publicar lo que se considera más importante, tomando en cuenta las preferencias del público de conformidad con las encuestas. Es lógico y necesario hacerlo así. Sería absurdo darle igual o más cobertura a quien marca menos de dos por ciento de intención de voto, que a quienes superan el veinte por ciento.
Por otra parte, en nuestras páginas de Opinión la regla establecida es que durante la campaña electoral no publicamos escritos personales de ningún candidato. De esta manera evitamos que los candidatos escritores –quien quiera que sea— se aprovechen de estas páginas de opinión para echar agua al molino de su campaña proselitista, personal y de partido. Y le quitamos sentido a la percepción equivocada de que indirectamente o de manera encubierta favorecemos la campaña de algún candidato o partido.
Por supuesto que esta medida no viola el derecho de nadie a la libertad de expresión. La libertad de expresión significa que todas las personas tienen derecho de expresar sus ideas, en privado o en público por cualquier medio que sea posible. Lo cual no puede entenderse como que es obligatorio que las opiniones de todas las personas se deben publicar y difundir en todos y cada uno de los medios de comunicación. En todo caso, sólo los medios de comunicación del Estado podrían ser obligados, y únicamente mediante ley, a publicar los escritos de cualquier candidato. Y aún así sería prácticamente imposible publicarles a todos.
Algunos candidatos —a quienes de manera regular o esporádica les publicamos artículos de opinión—, nos han expresado su comprensión de esta medida. Claro, son personas auténticamente democráticas y por lo tanto comprenden que en el ejercicio de la función política necesariamente hay incompatibilidades que deben respetarse, para no causar conflictos de intereses ni violar la ética, la democracia y la libertad.
Pero no todos los candidatos son verdaderos demócratas, aunque pertenezcan a partidos democráticos. Algunos o muchos candidatos sólo se interesan por alcanzar altos cargos públicos que les proporcionen poder, ingresos económicos fáciles y cualquier clase de privilegios.
Pero aunque se molesten y nos denigren por eso tales candidatos —que son muy pocos por cierto—, la independencia, la credibilidad y el prestigio de LA PRENSA están por encima de todo y deben ser preservados y defendidos de cualquier presión o chantaje.
Cabe señalar, finalmente, que independencia de ninguna manera significa neutralidad. La independencia no significa renunciar al derecho y la obligación de defender los principios y los valores fundamentales que sustentamos: la libertad individual, el derecho de disidencia, la ética de la función pública, la economía, libre de mercado, el respeto a los derechos humanos, etc.
En este sentido debemos decir que no podemos ver con indiferencia la posibilidad de que gane las elecciones un partido que cuando ejerció todo el poder censuró y clausuró a LA PRENSA, y que no oculta su intención de volver a hacerlo. No podemos ser indiferentes ante la posibilidad de que gane un candidato que cuando fue Presidente atropelló los derechos humanos, la libertad y la democracia y destruyó la economía nacional. Y que sin duda volvería a hacer todo eso.
La indiferencia ante esa ominosa posibilidad no sería neutralidad, sino cobardía y claudicación.