- Con una sorda disputa por liderazgo y una institucionalidad extremadamente débil, Sudamérica retrocede hacia la fragmentación
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Buenos Aires
Ni siquiera el torrente furioso de las Cataratas de Iguazú fue suficiente para apagar el fuego. Después de casi cuatro horas de debate, la cumbre presidencial de Puerto Iguazú —convocada de urgencia tras la nacionalización de los hidrocarburos en Bolivia— no resultó ser el bálsamo esperado, más allá de las obvias buenas intenciones que los comunicados de las cancillerías insisten en repetir.
El presidente boliviano Evo Morales no rectificó su calificación de “chantaje” a la anulación de inversiones en su país, anunciada por la estatal brasileña Petrobras. Su par brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, quien había apoyado al líder cocalero en las elecciones bolivianas, intentó un equilibro imposible entre aquel respaldo y su tibio apoyo a Petrobras en sus negociaciones con Morales y su decisión de llevar el conflicto a un arbitraje internacional.
Por detrás de esas posturas, la zanja abierta entre Lula y el venezolano Hugo Chávez, a quien los analistas señalan como el verdadero respaldo de la decisión de Morales, se ensanchó aún más. No es el único conflicto abierto por el líder bolivariano en los últimos días. A mediados de abril Venezuela, que el año pasado registró un intercambio comercial con el mercado estadounidense de 40,300 millones de dólares, un 102 por ciento más que en 2003, decidió retirarse de la Comunidad Andina de Naciones (CAN) en respuesta a la firma de tratados de libre comercio de Perú y Colombia con EE.UU. Peor aún, Chávez retiró al embajador venezolano de Lima luego de que Perú ordenara la salida de su representante en Caracas por las intromisiones del comandante en el proceso electoral peruano.
Pero si la CAN es un volcán en erupción, no lo es menos el Mercosur. Los dardos cruzados entre el presidente argentino Néstor Kirchner y su colega uruguayo, Tabaré Vázquez, son cada vez más filosos a raíz de la crisis por la instalación de dos plantas de celulosa en Uruguay. A tanto llegan las divergencias que mientras Kirchner asistía al cónclave de Iguazú, Vázquez se reunía en Washington con George Bush con la declarada intención de profundizar los lazos comerciales y con otra algo más implícita: degradar su adscripción a mero miembro asociado en el Mercosur.
No es el único socio en retirada: el gobierno paraguayo señaló que el Mercosur no es el proyecto que su país desea y dio a entender que no descarta salir de ese bloque si no son contempladas las demandas de las economías menores.
Bienvenidos a la selva sudamericana, en la que la tan declamada integración fue reemplazada por una pugna cruzada de todos contra todos. “Mientras el mundo camina hacia la integración de grandes bloques políticos y comerciales, Sudamérica avanza hacia la desintegración”, dice el analista político brasileño Walder de Goes, en Brasília. El problema es que esa mayor fragmentación, el retorno de los nacionalismos y la creciente inestabilidad en las reglas del juego no serán una cuenta gratis para la región. Son nuevas mochilas que se suman a la ya pesada carga que soporta Sudamérica y que le hace perder terreno a la hora de captar más y mejores inversiones y de insertarse con éxito en la economía global.
Con todo, habrá que resignarse. Por lo menos, mientras no haya instituciones supranacionales que moderen los personalismos presidenciales. “Se necesitan más y mejores instituciones que estén por encima de las diferencias de países y estilos de liderazgos”, dice Antonio Ortiz Mena, director de la división de Estudios Internacionales del Centro de Investigaciones y Docencia Económica, en Ciudad de México. “Sin eso, no veo cómo un gobierno como el de Álvaro Uribe pueda sentarse con el de Chávez a negociar una política conjunta”.
ACUERDO DE PAPEL
El fracaso del Mercosur es otra prueba evidente. Amén de las eternas discusiones comerciales entre Argentina y Brasil, el conflicto ambiental por la instalación de dos plantas de celulosa en Uruguay detonó una crisis en apariencia terminal para el bloque del Cono Sur.
A la presunta violación uruguaya del Tratado binacional del Río Uruguay, le siguieron los piquetes —si no alentados, al menos permitidos por el gobierno de Kirchner— que cortaron el paso de personas y mercaderías desde Argentina rumbo a Uruguay. Ante eso, las instituciones del Mercosur fueron inútiles para solucionar esas controversias. De hecho, el gobierno argentino terminó por iniciar una demanda contra Uruguay en la Corte Internacional de Justicia de La Haya, mientras el uruguayo presentó un documento a la Organización de Estados Americanos (OEA) como queja por el bloqueo del tránsito internacional. Créase o no, hasta hace sólo un par de años los líderes del Cono Sur decían soñar con una moneda y un Parlamento común.
El problema es que, a falta de instituciones fuertes, la inestabilidad política de los países y los caudillismos están arrasando los esfuerzos de integración realizados hasta ahora. Y hasta la CAN, el bloque regional que más había avanzado en su institucionalidad, fue derrumbada de un golpe. “Es claro que Chávez ha elegido el momento para producir la crisis del grupo, utilizándolo políticamente para afianzar su liderazgo regional”, dice Rosendo Fraga, director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría, en Buenos Aires. “Eso, más la unión de Bolivia al proyecto del Alba (Alternativa Bolivariana para la América) y su creciente influencia en el Mercosur pese a que Venezuela todavía no es miembro pleno, ha desarticulado la Unión Sudamericana de Naciones impulsada por Brasil”.
A río revuelto, los petrodólares de Chávez están marcando cada vez más el ritmo del tipo de integración que asoma en la región. Y en la sorda disputa por el liderazgo sudamericano, el bolivariano sigue anotándose triunfos frente a Lula. “Ninguna de las políticas de Lula en materia internacional fueron exitosas, excepto una: la del cultivo de su imagen personal en el exterior”, dice De Goes. “El resultado es bueno para Lula, pero malo para Brasil”. Servidos como bocados en bandeja para la oposición en vísperas electorales, los errores y fracasos de Lula en su política exterior ya conforman una larga lista. Primero, intentó revitalizar el Mercosur y no lo logró. Luego, apostó por el llamado, bajo su liderazgo, a una Unión Sudamericana de Naciones, un proyecto que nunca terminó de madurar y hoy yace moribundo. Ahora, sufre por las decisiones de Evo Morales, un aliado regional hasta que cumplió su promesa electoral de nacionalizar los hidrocarburos.
Chile tampoco supo traducir su ejemplar comportamiento económico a la hora de ejercer liderazgo regional. A pesar de su influencia, Ricardo Lagos no logró convencer al resto de la región sobre las bondades del modelo chileno, algo que es poco probable que consiga su sucesora, Michelle Bachelet, de menor perfil que el primero.
Mientras Chávez parece avanzar con los dólares cayéndose de sus bolsillos. Si bien hasta ahora —además de Fidel Castro— sólo ha logrado sumar al Alba explícitamente a Morales, esa lista puede crecer si el ultranacionalista Ollanta Humala triunfa en la segunda vuelta presidencial del 4 de junio próximo en Perú y si el líder sandinista Daniel Ortega vence en las elecciones presidenciales de Nicaragua en noviembre próximo. Con Ortega, por ejemplo, Chávez acordó la constitución de una empresa venezolano-nicaragüense que importará, distribuirá y comercializará petróleo venezolano en Nicaragua.
LA POLÍTICA DE LA NO POLÍTICA
Sin embargo, la cosecha de Chávez no podrá crecer mucho más. A esta altura está claro que el Presidente venezolano tiene mayor capacidad de hacer daño —por ejemplo, dinamitar la Unión Sudamericana de Naciones impulsada por Lula o amenazar con romper el G3, integrado también por México y Colombia— que de liderar una integración latinoamericana con perfil antiglobalización.
En contrapartida, hay una fracción que sigue creciendo en la región. Es la integrada por los países que apuestan por afianzar sus vínculos con Washington. Además de México y Chile, los países de América Central y República Dominicana se sumaron ahora Colombia y Perú. Ecuador está en un impasse luego del levantamiento indígena de marzo pasado, mientras sigue el coqueteo de Uruguay y Paraguay.
“Tienen mucho más sentido las salidas individuales, como las que siguieron los países que pactaron acuerdos con Estados Unidos, que esperar una integración regional imposible de lograr por la falta de una infraestructura institucional básica”, dice Sergio Berensztein, analista político y director de Poliarquía Consultores, en Buenos Aires. “Hubiera sido mejor tener más volumen para negociar con Estados Unidos, pero es mejor tener estos acuerdos a no tener nada”.
En todo caso, ¿es esto un triunfo de la política de Bush en América Latina? No lo parece. “Estados Unidos puede decir que tiene acuerdos o los está negociando con la mitad de América Latina y ello es cierto, pero también lo es que no encuentra una política concreta para neutralizar la creciente influencia regional de Chávez, que se pone en evidencia tanto en las dificultades del ALCA como en su apoyo a diversos candidatos en las elecciones presidenciales de la región”, dice Rosendo Fraga.
Con el Mercosur y la CAN en crisis, con Chávez pateando el tablero, pero sin capacidad para aglutinar a buena parte de la región en su postura antiglobalización y Brasil sin terminar de asumir su liderazgo natural, la integración latinoamericana parece hoy más que nunca una quimera.