“Mi felicidad es el trabajo”, dice la profesora Venancia de Rivas. (FOTOS: LA PRENSA/ R. ORTEGA.)

Venancia feliz en el vértigo del trabajo

“Mi madre me ha enseñado que el trabajo no da frutos si no se riega con sudor, y siempre he puesto en práctica los sabios refranes que ella me recita desde que yo era una niña: el que madruga come pechuga, para ganarse la vida hay que hacer mil maromas, el que siembra su maíz […]

  • “Mi madre me ha enseñado que el trabajo no da frutos si no se riega con sudor, y siempre he puesto en práctica los sabios refranes que ella me recita desde que yo era una niña: el que madruga come pechuga, para ganarse la vida hay que hacer mil maromas, el que siembra su maíz que se coma su pinol y para comer pescado hay que mojarse el fundillo”
[doap_box title=»La familia se desgrana» box_color=»#336699″ class=»archivo-aside»]

Venancia relató la forma en que una gran familia se fue separando, producto del paso de los años y porque cuando se llega a grande, cada quien busca su camino.

Éramos nueve hermanos, seis varones y tres mujeres, todos se hicieron profesionales, se casaron, fueron haciendo su vida. Su hermano mayor vive con su esposa en la Colonia Centroamérica, en Managua. Después se casó mi hermana Margarita, quien se fue a hacer su servicio social a la Isla de Ometepe, ahí tuvo su primer hijo. Después se trasladó a Managua y hoy es profesora en el RUPAP (Recinto Universitario Pedro Arauz Palacios). Mi hermano que me antecede es ingeniero civil, mi hermano José vive aquí en Rivas, es soltero y vive en mi casa; otro hermano murió en un accidente en la Costa del Mar, después está Venancia, su servidora. Mi hermano menor vive allí al lado, junto a la casa de mi papá, él ya tiene 38 años.

Mi madre canta, baila, con algunas enfermedades, pero es una mujer tranquila. Mi padre tiene un molino donde muelen maíz y café. Es un hombre que mantiene la disciplina, un viejo roble que me enseñó a ser lo que soy. Porque todavía llegamos a pedirle permiso para hacer lo que tenemos que hacer.

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Venancia del Carmen Ibarra Silva es adversa a la frase “Dios proveerá”. Está feliz dentro del remolino de actividades que configuran su existencia, repudia la palabra “ocio” y aquello de confiar en “la buena suerte”. Su rostro se ilumina y sus ojos grandes, negros, se excitan cuando habla de tareas cumplidas y de aquellas que constantemente está incorporando a su superactiva vida.

Muchos en Rivas la conocen por su nombre, pero son más los que nos dieron referencias de ella por ser gestora de proyectos de beneficio social para diversos municipios del departamento. “Yo soy hechura de mi madre cuyos amores son: el trabajo, la tierra, la hospitalidad, la solidaridad y los niños”.

Con admiración habla de su padre, don Francisco Ibarra Espinosa, al que califica de “hombre increíble”. “Él es un humilde y esforzado agricultor de 80 años, pero tiene arrestos de joven, todavía usted lo ve subirse a los palos para podarlos. Mi madre, doña Norma Silva de Ibarra, tiene 76, hace unos nacatamales de chuparse los dedos y para ‘descansar’ vende repostería, queques y otras muchas cosas que ella confecciona”.

Habla con fervor del resto de la familia. “Resulta que mi madre fue madrina de muchos niños y niñas campesinas. De esos lazos tengo dos hermanos que vinieron a agregarse en calidad de adoptados a los siete que nacieron del matrimonio. Nunca hubo diferencias en el amor filial, mi papá y mi mamá nos quisieron a todos por igual, a todos nos dieron educación y entre nosotros hay una enorme fraternidad”.

TRABAJO Y ESTUDIO

¿Qué recuerdos tiene de su infancia?

Siempre sigo admirando el ejemplo de padre obligado de mi papá y en mi recuerdo está mi madre trabajando como modista, haciendo flores artificiales, vendiendo sopa, nacatamales y caramelos de leche de burra. Yo era la encargada de ir por las casas avisando que había sopa de queso, gallina, carne y mondongo. Con el producto de esos trabajos yo estudié primaria en el Colegio del Corazón de Jesús. Mi secundaria la hice en el Instituto Nacional Rosendo López, aquí en Rivas, después pasé a la Normal Franklin Delano Roosevelt de Jinotepe.

Estamos hablando de su niñez. ¿Cómo se divertía la niñez rivense de su tiempo?

Muy sanamente, con mis hermanas y amiguitas jugábamos a la cocinita, a la maestra en la que yo, como he sido bastante dominante, era la profesora. En el colegio aprendíamos artes manuales y en las vacaciones mi mamá nos enseñaba a tejer, bordar, cocinar, hacer flores y repostería.

Mi padre era de costumbres muy tradicionales. Para ese tiempo ya había televisión, pero él nos racionaba el papel de televidentes de acuerdo a la conducta que observáramos en el colegio. Recuerdo que nuestro primer televisor llegó cuando iba a cumplir 15 años. Era un aparato Caribe, hecho en Cuba, pero mi papá no nos dejaba ver novelas porque decía que con esos dramas las mujeres aprendían a traicionar a los hombres.

¿Salían al mar de vez en cuando?

Sí, íbamos, pero jamás en Semana Santa. Nos enseñaban muchos mitos, el Viernes Santo no podíamos correr ni escupir. En esos días no se encendía fuego, no se cocinaba, sólo nos daban tortilla dulce con tiste, almíbar, pinol, sardinas… Nada de baños públicos porque nos podíamos convertir en sirena, no podíamos correr ni saltar. Cuando concluía la Semana Santa mi papá, que aún tiene su Land Rover de 60 años, le pegaba un tráiler donde llevábamos lo que íbamos a comer en Brito, El Gigante o en otras playas de Tola. Sin embargo, ahí mi papá imponía un horario para el baño, para los tiempos de comida y demás actividades.

ALFABETIZANDO EN LA CRUZADA

¿Durante la guerra contra la dictadura qué paso con ustedes?

Todos mis hermanos se fueron a la lucha con el Frente Sandinista, yo servía como correo igual que mi madre. Hubo un tiempo que trabajé como maestra del Colegio de Fátima. Al triunfar la revolución me nombraron directora de la Escuela Santos Benito Cajina, hoy llamada Felipe del Palmar. Era una escuelita que apenas llegaba al segundo grado, yo la hice completa hasta llegar a sexto grado.

¿Participó en la Cruzada de Alfabetización?

Claro que sí. Esa fue la mejor experiencia de mi vida. Cómo deseo que volviera a realizarse para que mis hijos sepan lo que significó esa cruzada. En ese tiempo tenía a mis hijas muy pequeñitas, pero cuando me dijeron cruzada no me importó. Me importaba más llegar a los rincones de Nicaragua llevando enseñanza y amor. Le cuento de corazón que durante las primeras semanas lloraba porque se me hacía difícil enseñar a los mayores. La primera parte la empezamos en El Palmar, comarca de Tola, donde yo estaba de maestra, ese fue el primer territorio libre de analfabetismo del país. De ahí salimos a rescatar a las UBA de Los Sánchez, en Las Salinas, Salinas Uno y Salinas Dos. Se trataba de rescatar del analfabetismo a personas que se habían quedado a medias, yo andaba al mando de 16 brigadistas. Todavía guardo como una reliquia mi cotona de alfabetizadora, también una pizarrita que me dieron. Ahora se está impulsando de nuevo enseñar a leer y yo me presento siempre lista para esa tarea.

MUJER MULTIFACÉTICA

¿Qué pasó después de la Cruzada?

Estudié técnicas para la Educación en el Hogar y me gradué como maestra en Artes Industriales. Después en la Universidad saqué la licenciatura en Ciencias de la Educación con mención en Español.

Me retiré de toda actividad magisterial por problemas que tuve con mi voz, pero ahora estoy trabajando en el Comercio, soy transportista. Con mi esposo poco a poco hemos luchado para formar la Empresa Venancia-Auxiliadora, yo soy la vicepresidenta de la Cooperativa, fui por muchos años presidenta de la Cámara de Comercio de Rivas de la que ahora soy fiscal. Tengo una tienda que se llama Ilusiones Josel, donde vendo de todo un poco, ropas, zapatos, electrodomésticos, muebles, juguetes, etcétera.

Estoy trabajando en proyectos sociales de la Iglesia. Soy miembro de la Renovación Carismática y siento que Dios me ha regalado los mejores hijos porque lo que uno forma eso cosecha. La educación y la disciplina comienzan en el hogar, yo le digo a mi hijo de 27 años, “a las diez de la noche estás” y a esa hora llega.

¿Cuáles son sus actividades en estos momentos?

Trabajo con los sacerdotes en el apostolado de los enfermos en Rivas, yo camino pidiendo consultas, medicamentos, tengo en mi mente un proyecto para las mujeres. Sabe usted que hoy la mayor parte de las mujeres estamos muriendo de cáncer sin saberlo, la mujer campesina tiene pena de ir a un ginecólogo o el esposo es tan machista que no lo permite. Estamos metidas en ese proyecto de detección del cáncer en las mujeres. Trabajo de la mano con la directora de la Casa de la Mujer, Esperancita Núñez y en otros proyectos con jóvenes y niños.

De mi parte tengo un proyecto ya aprobado que está por inaugurarse, es el proyecto de agua potable para la comunidad de La Chocolata. Con mis propios recursos regalé el campo deportivo de ese lugar y también el proyecto de energía eólica de Altagracia, Isla de Ometepe, gestión del ingeniero Agustín Jarquín y de la Venancia Ibarra, ese ya es un proyecto piloto.

Lo que pasaba en La Chocolata era que el motor de agua tenía 25 años de uso, se había oxidado la tubería y esto constituía un problema gravísimo porque esa comunidad ha duplicado su población, yo amo ese lugar porque son muy religiosos. Recibimos ayuda de una ONG que nos mandó el motor, el cemento y la tubería. Nosotros hicimos una pila séptica que tuvo un costo muy alto, pero lo importante es que ya la gente de La Chocolata está tomando agua y que nosotros vamos a la conquista de otros proyectos.

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