A Julio Valle-Castillo
A mediados de febrero, un mes antes de la Semana Mayor, tres señoritas de la benemérita congregación de Hijas de María de la catedral metropolitana de Managua visitaron a Doña Mercedes Mendoza viuda de Ramírez con el propósito de solicitarle a su hija Merceditas, de unos 6 años, para que saliera de ángel en la carroza del Santo Entierro, el próximo Viernes Santo.
Este año, decía la presidenta, la procesión será un magno acontecimiento.
Solemnísima y más vistosa que la del año pasado, ratificaba la vicepresidenta de las congregantes.
24 ángeles custodiarán al sepulcro, abundaba la otra.
La viuda de Ramírez, abatida por un viento de melancolía, pero serena, aceptó complacida y halagada por el honor que le hacían a su hija. Ya a solas, uniendo fechas, se dijo a sí misma:
Este Viernes Santo coincidirá con el tercer aniversario de la muerte de mi marido. Él se pondría feliz de verla de ángel.
Desde aquel momento, la buena doña Mercedes se puso a pensar cómo convertiría en ángel a Merceditas. Planeaba y le daba vueltas al asunto: dar a hacer el vestido, la modista, las sandalias, el zapatero, encargar con anticipación las flores naturales que adornarían la cabeza de la niña, sobre todo, buscar unas alas, un par de alas abiertas y luminosas de ángel.
Poco después en compañía de su hija fue a casa de Edelmira, la mejor ornamentadora de la ciudad, única que hacía alas de ángel con alas de garzas del lago Xolotlán que le llevaban los cazadores o con plumas de pato y ganso.
Colmada de demandas de coronas fúnebres, Edelmira, para esta temporada del año, tejía además pelucas con cabellos humanos para las imágenes de vírgenes, nazarenos y santos; pintaba telones para los altares de Jueves Santo y elaboraba arcos y andas.
La ornamentadora tomó las medidas de la niña porque las alas debían estar acordes con su pequeña estatura. Colgadas de las paredes tenía alas nuevas de distintos tamaños y colores: unas blancas, su color natural, y otras teñidas en celeste y rosado para ángeles, querubines y serafines. Doña Mercedes escogió un par de alas muy bellas, traslúcidas de tan blancas, que estarían armadas en la Semana de Ramos, o sea, una semana antes de la procesión.
Durante La Cuaresma, las damas y damitas acostumbraban estrenar para cada acto litúrgico: vestido, mantillas de blonda española bordadas a mano, abanicos para aligerarse del clima tórrido, zapatos y cartera del mismo color. En las tiendas de los turcos podían encontrarse gran variedad de telas y adornos: rasos, tafetanes, satines, panas, terciopelos y encajes, organzas y tiras bordadas de Suiza y Francia. Para los angelitos se recomendaba el satín, porque a la vez de sencillo era brillante. Doña Mercedes adquirió el de mayor calidad.
La costurera familiar confeccionó una túnica larga de anchos pliegues, recogida en el cuello, sin mangas. El zapatero hormó unas sandalias plateadas que hacían juego con el atuendo celestial.
El Jueves Santo, a pesar de que no corrían los autos, ni los trenes, Doña Mercedes logró alquilar un coche de caballos, que accedió considerando la piadosa misión, para ir a buscar en persona las flores en el jardín de las afueras de la ciudad. Solamente en ese lugar encontraría los jazmines del cabo, tersos y de una intensa fragancia.
El viernes Santo amaneció soleado. Sonaba lúgubre la matraca de la Catedral. Día de luto. Ambiente de recogimiento. Lleno de memorias…
Como a las 10:00 a.m. la nana pintó las uñas de pies y manos de Merceditas. Almorzaron temprano y parcamente, sin carne roja por el ayuno y abstinencia. A las dos de la tarde, Doña Mercedes procedió a vestir y peinar a la niña. La cabellera en una cascada de rizados tirabuzones, coronada por una diadema de flores. Le sujetó las alas al tórax, con cintas de tela que no maltratarían la piel del ángel. Pintaron sus mejillas con colorete y su boca con un lápiz labial. La pequeña lucía radiante.
¡Se ve tan linda, como un ángel de verdad!, exclamaba Doña Mercedes, que había pasado esta fecha tan triste como atareada.
Cómo gozaría su padre, murmuraba la viuda Ramírez y levantándola en brazos, la llevó hasta el retrato del difunto.
Por tratarse de un ángel, las trasladaron en un coche hasta Catedral. En las calles y avenidas se precipitaban ríos de gente que deseaban estar puntuales a la salida de la procesión.
En la iglesia finalizaba el Sermón de las Siete Palabras y el Oficio de Tinieblas.
En el centro de la carroza colocaron la urna de vidrio con el Cristo yacente, semicubierto por un sudario, ensangrentado, coronado de espinas, descansando de un intenso dolor. Merceditas quedó en un puesto prominente.
Arrastrada por un motor invisible, precedida por los más altos jerarcas católicos, por el Alcalde de Managua, las Hijas de María y la Banda de los Supremos Poderes que interpretaba marchas fúnebres, la carroza inició su paso, lentamente.
Detrás, en andas, iba una Dolorosa de tamaño natural, vestida de negro, con siete puñales clavados en el pecho, tocada de tules blancos y con una tristísima expresión en el rostro.
La multitud se apretujaba en las aceras para luego sumarse al desfile. Los jóvenes aprovechaban la ocasión para cortejar a las muchachas, tirándoles papelillo: una suerte de confeti de todos los colores. Los veinticuatro ángeles iban silenciosos y con las manos juntas. Se respiraba un fuerte olor a incienso. Las madres y niñeras caminaban a la vera de la carroza. El Santo Entierro avanzaba en su recorrido. Doña Mercedes y la nana de Merceditas, cansadas por el trajín y las emociones de aquel Viernes Santo, fueron quedando rezagadas.
El Santo Sepulcro arribó a la Plaza de la República como a las ocho de la noche. Las luces de la carroza se habían encendido, mientras las dos torres de Catedral sonaban sus matracas y la Academia Militar hacía la tradicional parada; se disparaban los veintiún cañonazos que estremecían el espíritu devoto de la ciudad, bajo una luna llena, roja y límpida.
Descendido de la carroza, el féretro de cristal entró en hombros al templo. Inmediatamente, ingresó la Dolorosa. Las madres de los ángeles bajaron a sus hijas. Pese a haber apresurado el paso, la viuda de Ramírez y su sirvienta llegaron a la plaza y a la carroza, cuando el acompañamiento se dispersaba y ya no quedaba ángel alguno.
Sorprendidas se preguntaron por Merceditas y empezaron a buscarla, entre amigos, parientes y conocidos:
Tal vez alguna amiga se hizo cargo de ella, se consoló Doña Mercedes pero por ningún lado encontraron nadie.
Interrogaron al Padre Martínez y la s Hijas de María y nadie sabía del paradero del angelito. Recorrieron el interior de la iglesia y las calles aledañas. A las nueve, la catedral cerró sus puertas. Doña Mercedes, ya aterrorizada, le pidió al mismo cochero recorrer cuadra por cuadra. Fueron a distintos puntos. Nadie tenía noticias de la pequeña. Acudieron a los bomberos, a la Central de Policía. El mismo resultado. Las calles estaban desiertas. Era Viernes Santo.
Regresaron desconsoladas a la casa. Los caballos del coche quedaron exhaustos. Las dos mujeres se abrazaron llorando. Doña Mercedes no podía creer lo que estaba ocurriendo: su única hija perdida. El dolor era tan profundo que se quedó sin habla y con la mirada extraviada.
En la sala se desplomó en un sillón y tomándose la cabeza con las manos, empezó a gritar:
¡Mi niña, mi angelito!
Los lamentos se oían en dos manzanas a la redonda. La cocinera salió desde el fondo de la casa muy asustada:
Cálmese, Doña Mercedes, no llore, ¿qué es lo que le pasa?
Es que se perdió la niña, aclaró la nana. Desapareció de la carroza.
No, no, Doña Mercedes, cálmese, imploraba la cocinera. No, no puede ser. Y agregaba:
La niña entró hace rato, yo creí que ustedes venían detrás. Esta en su cuarto, vino muy cansada y se encuentra dormida en su camita.
Doña Mercedes tardó un momento en reaccionar y apenas creía lo que escuchaba, acudió presurosa a la habitación. Despertó con sacudidas a la criatura preguntándole a voces:
¿Cómo estás aquí? ¿Quién te trajo hasta aquí? La niña, semidormida, contestó dulcemente:
Él me trajo, él me bajó de la carroza, mientras señalaba con su manita el retrato de su padre. (1991)