El precio y el valor del voto duro

Los sandinistas y los liberales, que tienen el control de la mayoría de los poderes del Estado, aseguran que van a ganar la Presidencia de la República en las elecciones del 5 de noviembre de este año. Según ellos, el triunfo se los asegura de antemano el hecho de que tienen un alto nivel de representatividad política en las bases, el cual se va a manifestar en lo que ellos llaman su voto duro.

“Hay un alto porcentaje de la población que apoya a Daniel Ortega y a Arnoldo Alemán”, dijo un reconocido político aliado con Daniel Ortega en una entrevista de televisión hace unos días. “No se puede tapar el sol con un dedo. Se trata de una realidad. Por lo tanto, quienes no son ni danielistas ni arnoldistas van a tener que aguantarse y aceptar esta realidad, aunque no les guste”. Este razonamiento triunfalista pareciera convincente en la superficie, pero al examinarlo con detenimiento se puede ver que en realidad se trata de una falacia fatalista que pretende desanimar a los nicaragüenses que en su gran mayoría anhelan un cambio en la política nacional, porque rechazan el sistema de corrupción extremadamente vergonzoso que quieren perpetuar aquellos que han mantenido cautiva a Nicaragua en los últimos años.

Hay que decirlo tan claramente como para que lo entiendan hasta los niños de escuela primaria: ni Daniel Ortega ni Arnoldo Alemán son invencibles. La mayoría de los nicaragüenses ya venció dos dictaduras y la de ahora —aunque bicéfala— no será una excepción.

Es lógico que los dos caudillos de turno tengan numerosos seguidores coreando sus nombres. Para eso han pagado y siguen pagando; para ello han hecho concesiones, han tomado lo que no les pertenecía y lo han repartido sin ninguna vergüenza entre los que ahora llaman su “voto duro”. Pero esto no significa que representen a la mayoría de los nicaragüenses. Quienes los siguen son los que han conseguido algún beneficio de la corrupción y el caudillismo. ¿Cómo no van a votar por Ortega todos los que se beneficiaron de una u otra manera con la piñata sandinista? ¿Y cómo no van a seguir a Arnoldo Alemán quienes también fueron beneficiados por el corrupto y dispendioso gobierno que el caudillo liberal ejerció desde la Alcaldía de Managua y la Presidencia de la República ? ¿Cómo no van a votar por los partidos de estos señores quienes esperan comenzar a disfrutar o seguir participando del Estado botín?

Es necesario entender la esencia de lo que significa “el voto duro” sandinista y arnoldista para no ser confundidos. Este voto representa a gente comprometida no con un ideal de justicia sino con individuos que operan como los padrinos mafiosos de origen italiano, a principios del siglo XX en Estados Unidos. Cada voto “duro” tiene un favor o precio monetario: una casa, un terreno, un carro, un empleo, un salario jugoso, una cuenta bancaria, un condominio de lujo en Estados Unidos. Pero, por lo mismo, el valor del “voto duro” es relativo. Se va desgastando con el paso del tiempo y con el agotamiento de los bienes y favores recibidos. No se basa en criterios o convicciones enraizadas en la conciencia. El voto duro entonces se vuelve inestable e incierto; los caudillos lo saben y se apresuran a buscar los recursos necesarios para seguir comprando partidarios y a fin de reproducir y perpetuar el sistema. Estos recursos los encuentran en el control de los poderes del Estado. Y así se explican las actuales pugnas, luchas internas, exclusiones, dedazos, alianzas —algunas de ellas desconcertantes— y demás acontecimientos en el escenario político actual.

Pero ¿es esto algo bueno, algo que deba aplaudir la mayoría de la población? ¿Algo a lo que hay que conformarse? ¿Es a esto a lo que se reducen los ideales democráticos? ¿Se construirá así una sociedad próspera y modernizada? ¿Una sociedad de valores? Claro que no.

Ninguno de los caudillos ni los partidos del pacto deben ganar las elecciones nacionales de noviembre próximo. Los nicaragüenses honestos e idealistas que quieren enderezar el barco en la dirección correcta son la mayoría y tienen la gran oportunidad de impedirlo por medio del instrumento democrático por excelencia, que es el voto popular.

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