- El compañero llegó a trabajar con un pelado todo “chomporoco”, tijeretazos por aquí, chirriones de pelo por allá. Y comenzaron las puyas de los compañeros: “Ese pelado es made in constabularia, mejores los vi en la GN. ¿Te dormiste en la silla? ¿fuiste a La Navaja de Oro? ¿te pelaron en la Guacal Barber Shop? Y uno por allá aventuró: yo creo que te peló Tata Toño, el centenario de Nandaime”.
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Era la tercera ocasión que oíamos el nombre de Tata Toño y no permitiríamos que se mencionara por cuarta vez. Así que emprendimos camino hacia Nandaime para platicar con don José Antonio Acevedo Rueda, el barbero más viejo de Nicaragua que, si ha abandonado el peine y la navaja, ha sido para supervisar a los pericos y demás rapabarbas de su taller.
El tiempo que inclemente castiga a moros y cristianos tiene a don Toño caminando con un andarivel, pero así, pasito a pasito, sale por la puerta de su casa y se encamina a su barbería, tres casas más abajo. Se acomoda en un taburete para estar al tanto del trabajo y de su sueldo como maestro supervisor.
Ya su voz es cascada, poco legible —son 104 años los que carga—, pero la memoria se mantiene lúcida. Es, al parecer, hombre de pocas palabras y en eso se diferencia del “Fígaro” común, locuaz, curioso, chismoso e insidioso como el que pinta Rossini en El Barbero de Sevilla» o Washington Irving en El Legado del Moro de sus Cuentos de la Alhambra.
Fue alto y fibroso, pero ahora camina un tanto encorvado, lo que no le resta prestancia y venerabilidad. El rostro pequeño aceitunado (legítimo granadino), es coronado por una cabeza pequeña, de cabello cano, cortado casi al rape.
Los ojillos ya muy apagados pretenden hablar y visualizar un pasado que para él siempre fue mejor.
Nandaimeño prestado
Le veo muy pensativo… ¿Le preocupa mucho la vejez?
Claro que me preocupa.
¿Por qué le preocupa?
Ideay… Porque ya estoy más cerca de la muerte. Los viejos tenemos que morirnos.
Pero… ¿Usted le tiene miedo a la muerte?
Claro que sí. No es fácil morirse, nadie quiere morirse.
¿Y cómo dicen que los nandaimeños no le tienen miedo a nada?
Je, je, je… No le tienen miedo a nada, pero a la muerte sí.
Recabamos más información. Colegimos que don José Antonio le tiene miedo a la muerte porque no es nandaimeño autóctono, es nandaimeño adoptado, ya que nació en la hacienda La Fundadora, en Matagalpa, que administraba su padre, don Toño Acevedo, y donde su madre, doña Rosa Rueda, ayudaba al mantenimiento del hogar haciendo oficios varios.
“Tuve cinco hermanos… (entrecierra los ojos para recordar) fueron Adán, Hernaldo, la Alpina, que todavía viven. También la Catarina y Alfonso que ya son difuntos”.
Era chapín, chonetes al aire
“La familia mía era pobre, y yo comencé el oficio de barbero cuando tenía veinte años. Hagamos cuenta: si ahora tengo 104 años, quiere decir que comencé hace 84 años, ¿verdad? Para ese tiempo andaba descalzo. Era un joven descalzo. Mi primer par de zapatos los compré con mi primer pago como barbero. Con otros pagos ya pude comprar dos pantaloncitos y así fui trabajando, ayudando a mis viejitos y ayudándome yo. Desde aquel tiempo no volví a ser descalzo, ‘chapín’ como le decían a los que andaban con los chonetes al aire.
“Buscando mejores horizonte un día me vine a Managua. Llegué abriendo la boca, asombrado de todo. Aquí vine a conocer los carros, eran unos pocos y la gente se trasladaba de un lado a otro en coches de caballo. Cuando llegó el primer carro los chavalos andaban a la carrera detrás del chunche, y yo corría con ellos… ¡La gran novedad!”
¿Me imagino que se trajo sus instrumentos de barbería?
Sí, eran tijeras, navaja y un trapo. Al cliente se le acomodaba en cualquiera taburete. Eso fue en los años veinte cuando todavía se viajaba en coche por los caminos y los caballos levantaban una gran polvareda que uno llegaba chele chele de tierra a su destino.
Los barberos tienen fama de ser platicones. ¿Así era usted?
Me gustaba platicar, es cierto. Pero eso depende también del cliente, pues hay clientes que apenas se sientan se duermen y se caen del banco. Otros llegan muy serios, con cara para amenizar entierros, pero hay muchos que llegan para hacer chismes, comentar la política y destrozar al prójimo. Pero le digo, yo fui un barbero muy honrado, nunca bebí guaro… ni guaro, ni cigarro.
De carpintero a barbero
¿Y de faldas? ¿Cómo fue con las faldas? Porque hay hombres que hacen de las mujeres un vicio.
Es normal que el hombre se sienta atraído por las mujeres. Pero yo era muy honrado, siempre el respeto a la señora, a la esposa mía, yo nunca, nunca…
¿Dónde aprendió lo de barbero?
Es que primero fui carpintero y después de las cinco que salía de la carpintería me quedaba donde mi amigo el barbero, aprendiendo el nuevo oficio. Después puse mi taller de carpintería y mi barbería. Llegué a tener unas sillas de lujo, sillas de esas buenas de barbería.
¿Quiere decir que usted vivió en Managua?
Sí, porque mi hermana alquilaba unas piezas y me hospedaba con todo y barbería. Mi hermana vendía oro, era joyera, un día me regaló una vaca brahman.
¿Dónde instaló su barbería?
Cerca de la Carnicería Modelo, en la Calle 15 de Septiembre. Ahí en la barbería vivía yo, la barbería era mía.
Estamos hablando de una época anterior al terremoto de 1931.
Sí, ahí me agarró el primer terremoto. Ese terremoto me desbarató toda la barbería. Sólo una silla pude sacar. Cuando quise sacar la otra silla una viga cayó sobre ella y por nada me aplasta. Con esa silla anduve de la Seca a la Meca. Después de eso me vine a Nandaime cargando la silla.
De tú a tú con Somoza
¿Cómo era Nandaime en ese tiempo?
Eran varias casas de paja, ranchitos. Eran raras las casas viejas de taquezal, de aleros grandes; pero todas descascaradas. No había pavimento ni adoquinado, las calles eran pedregosas y el edificio más viejo era la Iglesia. La gente era muy sencilla, te saludaba con el buenos días, las buenas tardes y las buenas noches. Era una gente muy formal, no robaban nada, no cogían nada, la gente era muy humilde.
¿Y habían bailes en ese tiempo?
Sí, eso era lo que me gustaba a mí. Se bailaba con conjunto de guitarras, se bailaba con marimba y armónica de boca. Fue una novedad cuando vino el primer radio, pero no recuerdo fecha. Yo tuve un radio en la barbería y fue que me lo regalaron.
¿Quién ha sido su mejor cliente?
Aquí, Alfonso Zavala.
A cada rato lo pelaba.
Ah, sí, a cada rato lo pelaba, es un buen amigo.
Es cierto que los barberos están al tanto de todo lo que acontece en la vida.
Casi de todas las babosadas se dan cuenta.
¿Le gusta hablar de política?
Pues no, ni de religión. Pero yo fui liberal toda la vida, pero los conservadores no me miraban mal, el general Somoza me tenía mucha confianza. Me decía Somoza: “Dele riales a los pobres de lo que le sobre”, y yo lo hacía. Eso le gustaba a Somoza, yo era el más atrasado, pero Somoza sólo en mí creía. Él me mandaba a llamar y conversaba conmigo.
La Purísima propició el amor
¿Quiénes fueron sus ayudantes de barbería?
Uhhh, muchos… Si recibí hasta barberos. Hace más de diez años dejé de pelar, aparte de eso he sido un trabajador normal, yo no vivo con vicios, no sé qué gusto tiene el cigarro o el guaro.
¿Y no le pesa no haber tomado guaro ni fumar ni mujerear?
No me gustaba eso porque veía la grosería que le hacían a la gente bola, y también que yo era muy tímido.
¿Y cómo hizo para enamorar a su esposa?
En un paseo… En una Purísima fue… Ella estaba cantado y me gustó la muchacha, ve, y entonces le pregunté a mi amigo que a dónde vivía y me dijo allí vive en esa casa y ya de ahí me llevó mi amigo a esa casa.
Me imagino que siendo tímido le dio miedo declararse.
Pues sí, pero le hice ganas. Me casé a los veinte años.
¿Cuál era el nombre de ella?
Alicia. Tres hijos tuve con ella. Ahora están bien empleados, uno en Puerto Libre del Aeropuerto de Estados Unidos, él es el que me manda riales.
Pero todavía vigila la barbería y gana sus chambulines…
Es que como dicen “al ojo del amo engorda el caballo”.
Dicen que usted vio a la cegua aquí en Nandaime.
Vine aquí cuando no había luz y las casas y calles se alumbraban con candiles y lámparas de carburo. Se hablaba aquí de ceguas, cadejos y duendes.
¿Su abuelito le contaba cuentos a usted?
Sí, decían que asustaban en la Iglesia de la Cruz, pero es que estaba en ruinas y ahí se metían hasta los animales.
¿Cuánto cobraba usted por pelar en su barbería?
Como un real. No era caro.