Eduardo Translateur
La izquierda no es homogénea, como tampoco lo es la derecha. Hay al menos dos tendencias, importantes de especificar: una, la solista radical, que defiende un Estado de estructura centralizada que gira alrededor del Poder Ejecutivo, sin verdadero control horizontal por otros poderes como el Legislativo y el Judicial y dominado por un partido único y finalmente, por un caudillo. Allí no hay pluralismo sino una dictadura que se reviste de democracia, pero una democracia en la que no hay competencia entre los partidos ni Poder Electoral independiente del Poder Ejecutivo. De hecho, se persigue a los disidentes y violan los derechos humanos en nombre de la defensa del sistema. Esta tendencia aplica la estatalización de los principales medios de producción y planifica la economía.
Es el modelo socialista en extinción de la antigua Unión Soviética, apenas vigente hoy en Cuba y que está transitando en Venezuela. Otra es la tendencia socialdemócrata, que acoge las reglas de juegos de las democracias plurales. Participa en el juego electoral junto con otros partidos que reconocen toda la gama ideológica, desde la izquierda hasta la derecha; respeta la división de poderes y el control horizontal. En el plano económico, defiende la economía de mercado, es decir, la propiedad privada y el capitalismo, con intervención estatal para evitar las iniquidades sociales y general equidad en la distribución de la riqueza social, y es defensora de los Derechos Humanos y de la pluralística diversidad. Es el caso de Chile, Brasil, Uruguay y, de alguna manera, Argentina.
Éstas dos tendencias son incompatibles. La socialdemocracia no es tolerada dentro de un estado socialista y, en cambio, puede coexistir, dentro de un estado democrático, con la derecha legal, con la cual puede llegar, incluso, a acuerdos de gobernabilidad en casos de necesidad. Es el caso de Israel, por ejemplo, y ha sido el caso de España (el Partido Nacionalista Vasco y el Partido Socialista de los Trabajadores), Francia (la cohabitación entre gaullistas y socialistas) y Colombia (por ejemplo, en el Frente Nacional, en los gobiernos de Lleras Restrepo y Belisario Betancourt).
Esto tiene consecuencias a nivel internacional, en el que, además, se atraviesa el concepto de interés nacional. Por muy izquierdista que sea Lula, el interés nacional de Brasil le impide someterse al liderazgo de Chávez. Tabaré Vásquez, Presidente de Uruguay, procede de una tradición socialista de más pergaminos que la de Néstor Kirchner, de Argentina, y se supone que la cooperación entre esos dos países, que además son miembros del Mercosur, iba a ser muy fluida, pero ya vemos que tiene dificultades resultantes de distintos intereses nacionales. Argentina no apoyó la aspiración de Brasil de ser un miembro permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, a propósito de la reforma de la composición de ese organismo. Chile, por su parte, es un buen aliado de Estados Unidos y los venezolanos ni siquiera consideran a esos gobiernos como la izquierda.
Las posibles alianzas entre los países del abanico de la izquierda latinoamericana se basan en el interés nacional: Brasil es un país grande y poderoso y quiere convertirse en una potencia regional, por lo que lidera la Comunidad Suramericana de Naciones y le conviene, entonces, tomar distancias de un posible Tratado de Libre Comercio de las Américas, pero no llevará su posición hasta agudizar su enfrentamiento con Estados Unidos, que es un importante socio comercial. Le conviene el proyecto de gas venezolano para el cono sur, pero eso no significará que se vuelva chavista.
Uruguay tampoco recorrerá el camino del chavismo porque su interés nacional es sacar el mayor partido posible del Mercosur y tener un flujo comercial importante con los Estados Unidos, hasta el punto de que ya habló de firmar un posible Tratado de Libre Comercio con ese país. Bolivia es una incógnita. El presidente Evo Morales fue a China a elogiar al presidente Mao Tse-tung, que es precisamente la antítesis de lo que son los actuales gobernantes chinos. Es un país muy pobre y polarizado entre una provincia de Santa Cruz rica y un altiplano paupérrimo, contradicción que puede hacer inviable ese Estado. Si la influencia de Chávez allí llega a ser definitiva, lo cual está por verse, no influirá especialmente en la correlación de fuerzas del subcontinente suramericano. El candidato chavista peruano comenzó a declinar y los ecuatorianos están negociando con los Estados Unidos un Tratado de Libre Comercio contra la ortodoxia chavista. Pero el Ecuador es inestable, frágil y bastante impredecible. No obstante, el resumen es claro: una cosa es Cuba y Venezuela y una otra, Brasil, Uruguay, Chile, Argentina. Y si en México gana la izquierda, no será precisamente del tipo chavista, sino del chileno.
El autor es ingeniero agrónomo, MBA.