Conrado Godoy
Es imposible, por lo menos de vez en cuando, sustraernos a una reflexión sobre lo que ocurre después que físicamente dejamos de existir. ¿Qué nos espera a los seres humanos después de exhalar el último suspiro? La respuesta a esta interrogante, a la que todos inexorablemente debemos enfrentarnos algún día y que constituye uno de los mayores misterios que inquietan nuestra efímera existencia, ha sido objeto de análisis desde el comienzo de la civilización por pensadores y estudiosos, que han empleado toneladas de tinta y papel en razonamientos metafísicos y teorías eruditas, tratando de lograr, sin éxito hasta ahora, al menos una aproximación, un argumento científico o filosófico razonablemente convincente.
Debido precisamente a la imposibilidad de dar una respuesta concreta al mayor enigma que enfrenta, la humanidad se ha dividido en dos grupos: aquellos que gracias a su fe religiosa, han creado el paraíso, ubicado más allá de las estrellas, donde amigos y familiares se reencuentran en la vida eterna junto a Dios y la celeste corte y quienes, como Lucrecio, piensan que todo termina en el sepulcro, que no existen más dioses que los que viven en las nubes, en el jardín de Epicuro, los que están muy ocupados en sus propios asuntos y jamás se entrometen en las cosas de los hombres.
“El alma y la mente —dice el célebre atomista— se desenvuelven junto con el cuerpo, crecen con su desarrollo, se nutren con sus alimentos y se acaban con la muerte”, y concluye: “ninguna otra cosa existe sino los átomos, el espacio y la ley; y la primera de todas las leyes es la de la evolución y la disolución en todas partes”.
Algunos se preguntarán, ¿qué importancia práctica tienen estas reflexiones que corresponden a la árida discusión de la filosofía epistemológica… sobre todo en una sociedad como la nuestra mayoritariamente creyente y devota? La respuesta podría ser que, no obstante su natural extroversión y debilidad por la fiesta pagana y el jolgorio, el nicaragüense vive temeroso de Dios y está generalmente dispuesto a cumplir con sus obligaciones religiosas, con el fin de ganarse el cielo, donde le esperan los seres amados que le precedieron en el viaje sin retorno.
En esto juega un papel crucial y es en verdad maravillosa la memoria, que nos permite remontar el tiempo y la historia y evocar el recuerdo de aquellos con quienes compartimos alegrías y sinsabores y hacer nuestra, la creencia —que Espinoza llamaría “ilusión antropológica”—, que al honrarlos nos acercamos más a ellos espiritual y materialmente.
En estos tiempos difíciles, de incertidumbre y angustia, en que los vicios, los excesos y la influencia de falsos profetas que nos hablan de valores espurios, trastocando el verdadero significado de nuestras vidas, especialmente en la juventud, es preciso fortalecer nuestros principios y nuestra fe, para evitar ser absorbidos por la vorágine del libertinaje y el desenfreno. Es bueno también no olvidar a nuestros seres queridos y al menos de vez en cuando, dedicar un pensamiento de amor a aquellos que han ido para siempre.
El autor es periodista