Humberto Cuadra
En marzo de 1948, la Asamblea Legislativa de Costa Rica declaró la nulidad de las elecciones presidenciales. Otilio Ulate Blanco fue el supuesto ganador y, Rafael Ángel Calderón Guardia, el perdedor. Esta anulación provocó un alzamiento en armas que fue liderado por José Figueres Ferrer, quien se alzó con la victoria al término de 44 días de guerra civil. Figueres asumió la jefatura de la Junta de Gobierno provisional, que se encargó, al año siguiente, de investir a Otilio Ulate como nuevo Presidente de la República. No obstante, previamente a la disolución de la Junta, Figueres aprovechó el momento para tomar medidas que tuvieron gran trascendencia histórica para el país, entre las que destaca la abolición del Ejército. Por su parte, los ex combatientes hicieron lo suyo al acordar entre ellos evitar heredar el germen de la guerra a sus descendientes.
Mientras estudié en Costa Rica, por algún tiempo viví con una familia de ticos. El jefe de familia había participado en la mencionada guerra del 48, junto a José Figueres. En una ocasión me contó, en ausencia de sus hijos, que las fuerzas militares llegaron a un acuerdo verbal una vez que terminó la guerra. A este acuerdo ellos lo llamaron el Pacto del Silencio, que consistía en que ninguno de los ex combatientes hablaría con sus hijos sobre sus hazañas bélicas, con la intención de evitar que las nuevas generaciones recurrieran a la guerra como medio para resolver sus diferencias políticas.
Producto de esta actitud madura, la juventud de ese país heredó una cultura civilista que ha perdurado hasta la fecha y que ha contribuido inobjetablemente al entendimiento ciudadano. Esto les permitió construir y mantener una democracia que es considerada como una de las más sólidas de América Latina. Actualmente Costa Rica posee un desarrollo económico y social sin igual en Centroamérica.
Cuando regresé a Nicaragua, en 1990, tuve la oportunidad de platicar con un niño de 10 años, hijo de un ex compañero de clases. Éste, orgullosamente me contó que su papá había combatido en la guerra para liberar a Nicaragua de Somoza. Al decirle que yo había permanecido en el exilio, censuró mi actitud de no haber seguido los pasos de su padre. Inmediatamente recordé la historia del Pacto del Silencio. Pensé en el odioso contraste que existe entre una cultura de paz como la tica y una de guerra como la nica.
Pero, tal parece que no nos ha bastado con contarle a nuestros hijos sobre las guerras pasadas, sino que también pretendemos que ellos hereden nuestra cultura belicosa. Actualmente la Alcaldía de Managua está construyendo un monumento a Rigoberto López Pérez, autor del atentado que segó la vida de Anastasio Somoza García, en 1956. Después de tanto luto sufrido por Nicaragua, no logro comprender el afán de algunos de hacer un homenaje a un personaje que participó en un atentado, utilizando la violencia como medio para la solución de problemas políticos, como que si esto fuera un ejemplo a imitar. Considero totalmente contraproducente construir un monumento que aplaude la violencia, cuando lo que verdaderamente necesita el país es consolidar la paz alcanzada. ¿Acaso no sería mejor edificar monumentos que resalten los valores de entendimiento y de armonía nacional?
Mientras no cesemos de transmitir odio a nuestros descendientes, será imposible inculcar a la juventud el respeto que se merecen las ideas de los demás y nuestra necesidad de adoptar la coexistencia pacífica como una condición fundamental de progreso. Pienso urgimos de olvidarnos completamente de nuestro violento pasado y un monumento de este tipo no ayuda para nada a este propósito.
Finalmente, considero reprochable edificar un monumento a Rigoberto López Pérez en Nicaragua, como edificar uno para cualquiera que haya participado en un atentado, sea éste israelita, palestino o chileno; en cada caso, siempre habrá alguna persona que justificará la acción como necesaria para la colectividad.
Dejemos que Rigoberto López Pérez descanse en paz y enrumbemos al país hacia la adopción de nuevas formas de pensar que nos permitan garantizar la paz que tanto nos ha costado alcanzar.
El autor es ingeniero civil