Fernando Centeno Chiong
Así ha denominado el Papa Benedicto XVI al amor entre el hombre y la mujer lo que los antiguos griegos llamaban “ eros “. Se trata de una nueva visión del amor por cuanto enfatiza que “ la fe cristiana ha considerado siempre al hombre como uno en cuerpo y alma, en el cual el espíritu y materia se compenetran recíprocamente adquiriendo ambos precisamente una nueva nobleza”.
El reto del “ eros” es lograr que el cuerpo y el alma se encuentren en perfecta armonía y completen el éxtasis, pero no como un momento de embriaguez sino como un escape del yo encerrado. Es buscar la felicidad del otro, es entregarse en cuerpo y alma y desear ser el uno para el otro y descubrir en el ágape la forma más excelsa de la expresión del amor.
La Iglesia ha demostrado con su reciente encíclica que la relación hombre-mujer no sólo se refiere a la procreación, sino que también al placer de la carne y remontarnos al éxtasis, pero en un “camino ascesis, renuncia purificación y recuperación” y en la medida que un ser se acerque a la otra persona debe buscar su felicidad “y ser para el otro, alcanzando en Jesucristo la forma más excelsa del amor”.
Que mejor ocasión que el mes de febrero cuando celebramos el amor y la amistad para reflexionar sobre este mensaje tan lleno de optimismo y analizar sus aspectos filosóficos y teológicos y esta nueva visión que nos entrega la Iglesia para tratar de rescatar la inmensidad de su significado ante los embates de la globalización, la tecnología, los desaires, las infidelidades, y los rencores que están colocando en retirada este profundo, eterno y hermoso sentimiento.
El amor de pareja, aún entre los que se dicen profundamente cristianos, no debe limitarse a las reuniones de salón, las visitas dominicales a la Iglesia, el apoyo económico, la mojigatería del beso social o las manos entrelazadas, porque detrás de ello a veces se esconde la falta de tolerancia, comprensión, fastidios y deslealtades .
El “eros” necesita disciplina, purificación y madurez como dice la Iglesia para evitar que el sexo se convierta en pura mercancía y nunca puede estar separado del “ágape”, palabra en un tiempo prohibida por la misma Iglesia y que el diccionario se encarga en darle una connotación aún más amplia al compararla con banquete, festín, agasajo, o el convite a degustar, saborear, paladear o apreciar en este caso los placeres del amor.
Por todo lo anterior, el amor de pareja va más allá de la mente y la carne, se fundamenta en el placer, en “eros y el ágape”, y como lo define el poeta Chichi Fernández, “hacer el amor es cumplir con el rito de la eucaristía, del martirio y del júbilo. Cumplir el secreto recóndito de la alquimia del alma y el cuerpo. El amor es una mesa servida de virtudes”.
El autor es periodista y docente universitario.